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¿Hacia dónde vamos?

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Posiblemente las lecciones del período de la Unidad Popular siguen siendo válidas, en términos de buscar (en lo económico) las tres áreas: social, mixta y privada. En lo social, avanzar en los derechos básicos: Educación, Salud, Trabajo; respetando que haya educación, hospitales y empresas, públicas, privadas y mixtas.

Mientras pasan los días y nos acercamos a las multi elecciones (presidente, senadores, diputados, cores),  a los 40 años del golpe militar que mató la democracia en nuestro país, en una especie de surrealismo político hemos recordado cómo se asfixió al gobierno de Allende desde EE.UU. y desde la alta burguesía chilena, al mismo tiempo que algunas fuerzas políticas de su propia coalición le quitaban el piso y lo hacían avanzar hasta el borde del precipicio. Otras fuerzas, haciendo equilibrio entre la burguesía y los trabajadores no se decidían a apoyar la realización de un plebiscito propuesto por Allende.

Después de las lecciones aprendidas en más de 20 años de democracia “negociada” entre quienes fueron mentores del golpe y quienes espantados por sus errores decidieron después buscar una salida “dentro de lo posible”, hemos llegado ahora a la mayor cantidad de candidatos que nunca haya habido, para tratar de instalar otra democracia, que ni siquiera se han atrevido a definir los integrantes del  5% de la población que se llaman a sí mismos partidos políticos.

Antes que nada, no podría sanearse nuestra convivencia sin la verdad y la justicia para todos los casos de violaciones de derechos humanos, que recientemente han sido puestos en mayor evidencia con los reconocimientos de asesinatos, desapariciones, fondeo de cadáveres y otras atrocidades. Mientras ello no ocurra las legítimas protestas conmemorativas seguirán sucediéndose año a año.

Obviamente la mayoría de la población quiere salir del régimen de libertinaje existente, donde todo se subordina al lucro de los capitalistas (de dentro y fuera del país), muchos creemos que el camino es modificando la Constitución o haciendo una totalmente nueva, pero seguimos sin definir qué es lo que  queremos construir, ni cómo, ni cuándo.

Por otro lado, la minoría de la alta burguesía capitalista (industrial ya ni queda), busca desesperadamente detener el alud indefinido que se le viene encima, sin encontrar otra solución más que las fotos sonrientes, las promesas vacías  y candidaturas huecas, apoyadas por un sinfín de plata que nadie dice de dónde proviene.

Ya no basta con denunciar desde las organizaciones de la sociedad civil que tal o cual ministerio no cumple con sus obligaciones de normar, fiscalizar o investigar, porque cual más cual menos están todos preparándose para que “el último apague la luz”. Las autoridades municipales se encuentran como el jamón del sanguche, entre las exigencias de los pobladores (llámeseles vecinos o usuarios) y la falta de recursos.

Algunas “políticas” de gobierno son escritas a última hora y pretenden establecer bases para 10 o 20 años más. ¿Con que patudez, si ni siquiera se han seguido los trámites regulares para aprobarlas, ni tampoco se ha intentado coordinarlas con las de otros ministerios?

Desde los escalones de más abajo, algunos CORES echan mano a los últimos recursos de sus desconocidos presupuestos regionales, a fin de impulsar alguna pavimentación  u otra reparación menor.

¿Con qué institucionalidad será recibido el nuevo Gobierno que rija este apolillado Estado?

Algunos buenos amigos definen a la democracia del siglo XXI como la democracia de los “derechos”, pero olvidan que también debe ser la de los “deberes”. Sin estos deberes y derechos ninguna democracia podría sostenerse.

Ante las legítimas reivindicaciones del presente, patotas de vociferantes, destrozadores de infraestructura pública y enlodadores de manifestaciones limpias, se levantan como agitadores posibles de crear un entorno anárquico que favorezca la intervención de las fuerzas del orden, o de los que fueron alguna vez llamados “garantes de la nacionalidad”. Son una ínfima minoría, pero es lo único caótico a lo cual podrían invocar los posibles nuevos golpistas del siglo XXI. Sin represión policial, pero sí con mano fuerte desde los propios sindicatos u organizaciones estudiantiles, debe coartarse los intentos de esos agitadores sin destino.

La disciplina orgánica, propia de los trabajadores y de los estudiantes conscientes de la defensa de sus derechos y de la necesidad de sus deberes, debe ser garantía para todos, convirtiéndose ellos mismos en los garantes del nuevo siglo.
Creación de milicias políticas, tales como fueron en el pasado los camisas pardas, negras, de acero o rojas, no son ni siquiera imaginables, cuando los actuales partidos ni siquiera han definido su existencia. En la forma empresarial actual de hablar, ni siquiera han definido su misión ni su visión. En la forma antigua no han definido sus programas, sino que los están escribiendo apresuradamente al calor de la pluma. En la propaganda electoral, se saben tan desacreditados que la mayoría ni siquiera ponen los nombres de los partidos.

Supongamos que se impone la derecha y su actual modelo neoliberal se perpetúa. ¿Creemos que ocurrirá algo sensacional para el pueblo? Posiblemente nada más que un par de bonos al año y nuevos préstamos bancarios y de multi tiendas para seguir adelante con el consumismo. La sobreexplotación de los recursos naturales, ahora privatizados en su totalidad, continuaría.

Si, en cambio, en segunda vuelta, gana una mezcla de Nueva Mayoría, PRO, PRI, etc., qué vamos a construir o vamos a  destruir, sin definir qué queremos realmente hacer, cómo lo vamos a implementar, cuándo daremos cada paso.

Posiblemente será una democracia participativa, pero de transición hacia algo que nadie se atreve a definir, simplemente porque impera el pragmatismo y la incapacidad de definir ideologías.

Posiblemente las lecciones del período de la Unidad Popular siguen siendo válidas, en términos de buscar (en lo económico) las tres áreas: social, mixta y privada. En lo social, avanzar en los derechos básicos: Educación, Salud, Trabajo; respetando que haya educación, hospitales y empresas, públicas, privadas y mixtas.

Nadie ha cuestionado que el rol del Estado es importante en defensa nacional, que sigue siendo tarea del Estado y no se nos ha contagiado la costumbre actual en otras partes del mundo de privatizar las fuerzas armadas, municipalizar las policías o depender de pactos militares que permitan la creación de bases extranjeras en nuestro territorio. Alguna candidatura de la actual oposición, ¿ha dicho algo sobre este tema, o los uniformados seguirán siendo meros peones de las fuerzas que realmente mueven al país, para bien o para mal? Si el Estado debe reconocer su rol prioritario en defensa, educación, salud y trabajo, debemos explicitarlo claramente.

Debemos jugarnos por hacer las correcciones de fondo que se necesitan, pero con orden, disciplina y organización. Los políticos profesionales llamados a sí mismos “representativos” deberían comprometerse con cumplir un mandato en las cámaras que sea revocatorio y no eterno. Deberemos seguir actuando con un pie en las calles y el otro en los espacios que se nos abran en los salones del poder. Queremos libertad, pero no libertinaje. Queremos fortalecer la democracia participativa, pero ejerciendo nuestros derechos y deberes.

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Comentarios

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FELIPE MARTINEZ RIOS

13 de septiembre

Muy interesante Enrique!

servallas

18 de septiembre

Muy buena pregunta, y de muy dificil respuesta. Creo que vamos a la deriva igual que el resto del mundo, a veces en escenarios más capitalistas, a veces en escenarios más socialistas, vamos bamboleándonos, faltan mentes claras que piensen más sobre el hombre contemporáneo, pero esta vez con cariño, con amor natural, con pensamiento constructivo, quizás hasta con un concepto nuevo de humanidad. Tal vez sería bueno dejar atrás las viejas ideologías y su reguero de sangre inocente a través del mundo.

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