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Golborne y el caso del ornitorrinco

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En los tiempos que corren, pareciera que lo insustancial o lo vacuo es una virtud. Al menos es lo que pensaría un sector de la derecha si seguimos el razonamiento del profesor de la Universidad Adolfo Ibáñez, Gonzalo Bustamante, a propósito de la eventual candidatura presidencial del Ministro Golborne.

En una reciente columna, el académico analiza las similitudes entre Golborne y Sarkozy, arribando a la conclusión de que, tanto el presidente francés como el ubicuo ministro chileno, presentan carencias notables. Entre ellas se destacarían la falta de cultura y la tendencia a la frivolidad que, según el autor, se intentaría compensar con un marketing potente que supla la falta de contenidos y un eximio consejero en las sombras que le de pauta al candidato. La crítica no solo pone dudas sobre las reales capacidades de Golborne, sino que advierte de una tendencia de la derecha a despreciar la política y adherir con demasiada facilidad al “management”. Un punto curioso, considerando el desastroso experimento gerencial del actual gobierno que, se supone, podría haber desilusionado a buena parte de la derecha. Al parecer, el autor nos quiere indicar que Golborne sería el candidato idóneo de los poderes fácticos, como si Allamand y Longueira fueran menos influenciables o representativos de esos intereses.

Aunque la critica puede ser interpretada como un apronte de la competencia interna de la derecha, en especial tomando en cuenta la coincidencia que Allamand estuvo largo tiempo cobijado en la misma casa de estudios del mencionado profesor, la nota nos lleva a preguntas interesantes: ¿es suficiente el marketing para «vender» al candidato Golborne? ¿Hasta dónde es posible manipular los atributos que la gente le adjudica a un candidato, en especial a uno aparentemente elusivo y difícil de clasificar?

Aventurar una respuesta no es fácil, pero podemos recurrir a una vuelta filosófica que nos da algunas luces. En un extenso y profundo análisis sobre percepciones y significado, el escritor italiano Umberto Eco, ilustra la dificultad de esta relación mediante un relato verídico y curioso (“Kant y el Ornitorrinco”, ed. Lumen); se trata de la reacción científica a la vista del primer ejemplar de ornitorrinco que arribó al British Museo en 1778. El animal, que venía disecado desde Australia, generó el escepticismo de los expertos que pensaron, en primera instancia, en un fraude salido de las perversas mentes de hábiles taxidermistas chinos, los que acostumbraban comerciar hacia occidente falsas sirenas y otras criaturas mitológicas destinadas a engañar a los incautos.

El extraño animal, con cuerpo y pelaje de castor, pico de pato, patas palmípedas pero con garras, de reproducción ovípara y un potente espolón trasero cargado de veneno, se resistía a cualquier definición posible e incluso se le motejó, por un tiempo, de inclasificable. ¿Como podía siquiera existir un animal con rasgos de pez, pájaro y cuadrúpedo? De hecho, el debate científico se complicó aún más cuando, en 1824, un anatomista alemán descubrió que el ornitorrinco tenía glándulas mamarias pero carecía de pezones, lo que alteraba lo conocido hasta entonces en la morfología de los mamíferos.

El filósofo italiano indica que pasaron ochenta y seis años de intensa disputa para que la comunidad científica acordara que el ornitorrinco, perteneciente a los “monotremas”, era un “mamífero ovíparo”. La solución zanjaba una polémica en la que, como advierte el autor, no prevalecieron los sectores que reivindicaban una característica excluyendo las otras. Tampoco fue una salida de consenso, pues no satisfacía a ninguna tendencia en particular. Lo que se impuso fue el sentido común. La moraleja que destaca Umberto Eco es simple:”…en última instancia, los hechos vencen a las teorías”.

La advertencia, extrapolando el caso al ámbito político, es que la rareza de un candidato no debiera ser un impedimento para alcanzar su definición. La tendencia natural en cualquier ejercicio cognitivo es clasificar la cosa dentro de las categorías conocidas y, si no calza, tendemos a pensar en el fraude o el engaño. Los especialistas en marketing podrán enfatizar un aspecto sobre otro, como que es mejor decir que es un pato porque pone huevos y omitir que vive bajo el agua o aguijonea con veneno. En el juego de la política eso es posible, pero en el caso de Golborne hay al menos tres cosas que dificultan ese mercadeo: por un lado, los ataques provenientes de su propio sector y que ya comienzan a manifestarse; por otro, su pasado gerencial, que lo identifica estrechamente con el mundo empresarial y que es antagónico a su imagen populista; por último, el riesgo de convertirse en el heredero natural o favorito de Piñera, como ya deslizan algunos medios, y que le impone la difícil tarea de generar mayor distancia con un gobierno al que ha servido en múltiples carteras y del cual él mismo, en tanto candidato, es un claro producto.

El cúmulo de contradicciones y detractores que debe enfrentar Golborne lleva a una conclusión extrañamente obvia: el candidato no solo es intrínsecamente de derecha, sino que probablemente es el más afín a este gobierno. Lo que por analogía equivale a que el ornitorrinco es un mamífero ovíparo y no es pato ni castor, como quisieran algunos, en especial aquellos que desearían que el ministro nadara con más gracia y estilo en las aguas de la política…o bailara ballet, como insinuó la Ministra Matthei. La buena noticia es que le ahorramos a Golborne una inminente crisis de identidad y, además, no tenemos que esperar más de ochenta años para darle una clasificación. Ya se sabe, por muy escurridizo que se nos presente…la realidad se impone a la teoría.

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