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Entretiempo en el partido por la educación

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Estamos próximos al término del primer tiempo y al descanso. El árbitro mira su reloj, dentro de un par de minutos hará sonar su silbato. Los jugadores irán a los camarines a recobrar el aliento, los del público por un café o al baño. A estirar las piernas, a comentar alguna incidencia del primer tiempo que tiene al equipo visitante en ventaja.

Sí, en una ventaja tan nítida como inesperada. Muchos se preguntan de dónde salió ese tremendo equipo a desafiar con insolencia al equipo local, que con sus abundantes medios y avezados jugadores, debía ser el lógico triunfador. Se me vienen a la mente algunas frases clásicas del fútbol, como que el partido termina a los noventa minutos, que siempre ofrece sorpresas, que nada está decidido, por muy clara que parezca la ventaja en el marcador.

Es verdad, el fútbol es como la vida, imprevisible, regido por una lógica que escapa a la nuestra, donde todo es posible y la justicia juega un papel secundario. Otra frase: Los partidos se ganan con goles, no con méritos.

La situación del conflicto estudiantil tiene mucho parecido con este partido imaginario. Estamos a pocos minutos del entretiempo. Los estudiantes han obtenido un triunfo parcial inobjetable. Están registrados en el marcador algunos logros que al pitazo inicial no se sospechaban y el local ha debido aceptar algunos aspectos que antes de las manifestaciones eran anatema. Ya no lo son la desmunicipalización, los cobros abusivos de intereses al crédito universitario, la comprobación de la calidad de la enseñanza entregada, su democratización y algunos otros. En cambio, los locales no han cedido al tema del lucro de privados financiado con medios públicos. Tanto es así que el entrenador del equipo se enorgullece de tener en su equipo a ministros que han fundado universidades y ganado mucho dinero con ello.

El entretiempo servirá para, además de recuperar fuerzas, elaborar la estrategia de juego para el segundo  tiempo. El entrenador ha estado tomando apuntes y los usará para dar instrucciones a sus jugadores: Tienes que jugar más adelante, tú  cuidarás el sector derecho, tú marcarás a tal jugador, tú entras a reemplazar a fulano. Esto ocurre, desde luego, en ambos camarines. Diseñar una estrategia para el segundo tiempo es fundamental. La última ocasión para enmendar errores, exigir nuevos esfuerzos, explotar mejor alguna ventaja observada en el primer tiempo. Efectuar los cambios que la situación aconseja, reemplazar jugadores que no han funcionado bien en esta ocasión. Bueno, al menos en el equipo que va perdiendo, esto último ya se ha realizado, sin grandes resultados.

El equipo de los estudiantes puede y debe reconocer que en el primer tiempo ha obtenido buen resultado. Mejor de lo esperado. De alguna manera ha capitalizado la experiencia de antiguas derrotas. Ya en otras ocasiones se recuerda a sus integrantes levantando las manos al cielo celebrando un acuerdo que nunca fue tal. Plagado de triunfos morales que luego fueron postergados por secretaría y no se plasmaron en mejoras reales. Tal vez, esa experiencia es ahora un lastre demasiado cercano de la desconfianza y del escepticismo. Por ningún motivo quieren caer nuevamente en esa situación y es comprensible.

Pero también es cierto que este partido no se puede comparar con el anterior. Algunos aspectos  del actual son muchísimo más sólidos. La dirigencia ha sacado buenas conclusiones y muestra un mayor grado de madurez. La organización es ejemplar, las bases participan de manera plenamente democrática. Ninguna decisión es inconsulta. El apoyo de la ciudadanía, de apoderados, padres y profesores es total. El país entero ha hecho suyas las justas demandas de sus estudiantes. Se respira una atmósfera de descontento, de frustración, de desprecio por el sistema que nos rige y hace posibles la colusión, la estafa, el lucro desmedido, la perversa política crediticia, la desigualdad que se torna intolerable. Los estudiantes en su movimiento apuntaron muy alto y tenían razón. Necesitamos más equidad, una más justa distribución de la carga impositiva y, sobre todo, una educación de mayor calidad y más asequible para todos.

El árbitro avisa que en cinco minutos sonará el pitazo que dé inicio al segundo tiempo. En el camarín visitante, el entrenador da término a sus instrucciones: El segundo tiempo se jugará en otro ritmo. Habrá menos espontaneidad y más método. Debemos demostrar que no solo somos inspiración y voluntad, sino que tenemos también serenidad y sabiduría. El segundo tiempo se jugará en la cancha política. Nos guste o no nos guste, las leyes se hacen en el parlamento y ése hay que elegirlo. Si no nos preocupamos de participar, perderemos el partido. Nuestra voz debe escucharse.

Entonces, mis queridos jugadores, no caigamos en la trampa. La inscripción automática es un verdadero off side. Meteremos un gol y el árbitro lo anulará porque "el línea" tiene la bandera levantada. Tendremos la razón y la fuerza para sacar a cientos de miles de personas a la calle, y no obstante perderemos la batalla de la educación y todas las demás. Así de brutal, así de sencillo.

En cambio, con un millón de inscripciones nuevas o más, estaremos en la mejor de las posiciones para meter los goles que necesitamos. Nuestro voto joven no será por partidos, será por compromiso con las medidas que exigimos. Votaremos por quien esté claramente del lado de las reformas. Sacaremos del parlamento a los obstruccionistas que quieren dejar todo igual. Los sacaremos como logramos sacar al dictador.

Esa es la estrategia que concretará el triunfo anunciado en el desempeño del primer tiempo. La movilización, además de apurar las tibias reformas prometidas y de fiscalizar los acuerdos que logremos, debe dirigirse a hacer millones  de nuevos ciudadanos. Capaces de reformar no solo la educación, sino la Constitución, el sistema perverso del binominal y las reformas políticas.  Que  pongan fin a las inequidades de la salud y la previsión,  al abuso de las farmacias, el retail, la banca. Una nueva ciudadanía consciente de las debilidades de la política actual y dispuesta a remediarlas. No podemos esperar que la política cambie para inscribirnos. Al revés, debemos inscribirnos para que la política cambie.

Cuando se extinga el último arpegio de las arpas dieciocheras, sonará el pitazo que dé comienzo al segundo tiempo. Y ahora: ¡A la cancha!

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Foto: pangal1 / Licencia CC

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