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El político ideal

pericles

En vista que por ahora soñar es gratis, decidí hacerlo y pensar en cómo sería el político ideal, para que si por casualidad me lo encuentro, vote por él o ella. Por lo menos, desde mi punto de vista, para ser el político ideal se requiere lo siguiente:

1. Saber Administrar: Creo que cualquiera de nosotros si fuera dueño de una empresa y se la entregara a una persona para que la gestionara, se preocuparía de que esa persona fuera un buen administrador, para asegurar la viabilidad de la empresa en el tiempo. Del mismo modo, nadie de nosotros en su sano juicio se la entregaría a una persona que no tiene conocimientos de administración. Sin embargo, en el ámbito público constantemente les entregamos la facultad de administrar a personas que no tienen ni la más pálida idea cómo gestionar recursos, y se nota bastante en la calidad de las decisiones que toman y en la efectividad de éstas. En cualquier empresa habríamos despedido hace bastante tiempo a un administrador que tuviera el desempeño de nuestros políticos electos. Siempre me he preguntado por qué a los candidatos electos no los preparan para desempeñar su puesto. Creo que lo más sano sería elegirlos al menos con un año de anticipación y que durante ese año se dedicaran a aprender herramientas que le permitieran desempeñar mejor su trabajo de gestión de recursos, y que pudiera asumir solo si tenemos la seguridad que no lapidará NUESTRO dinero.

2. Competencia Técnica: Me encantaría ver candidatos con conocimiento (real) de algo, porque eso demostraría inteligencia. Hay verdaderos monumentos a la ignorancia ganando millones gracias a una lengua larga, y el gran problema es que la ignorancia es realmente PELIGROSA, más aún cuando esa ignorancia se plasma en presupuestos nacionales, leyes y tantas otras cosas. Muchas malas decisiones son fruto de la ignorancia y creo que bastaría hacer un estudio que demostrara la cantidad de dinero público que se pierde debido a esta como para que nos enfurezcamos como sociedad (más de lo que ya lo estamos). Por ejemplo, la importancia de la información para hacer una correcta gestión es fundamental, pero en las instituciones públicas en gran medida no hay sistemas bien desarrollados, y en muchos casos, simplemente no los hay. En situaciones donde necesitamos sistemas de información complejos e integrados, con suerte hay registros en papel y alguna planillita Excel. Un buen sistema de información, por ejemplo, habría evitado todo el lío del municipio de Arica, y a esta altura realmente creo que la falta de procesos y sistemas en la administración pública es a propósito, para que no se note la incompetencia o los fraudes. Claro está, para gestionar la información se necesita conocimiento, y no es simple, y por lo mismo está bastante más allá de las capacidades de nuestros políticos actuales (y de todos los familiares y amigos sin talento que contratan cuando salen electos).

3. Honestidad: Nos horrorizamos con el escándalo de la Polar, pero aceptamos los robos que los partidos políticos nos han hecho como país por décadas. Nos horrorizamos del escándalo del municipio de Arica, pero ¿realmente creemos que eso no ocurre en nuestros municipios? Me parece curioso, por ejemplo, que la concesión de las obras municipales en tantos casos recaiga justo en algún familiar o amigo del alcalde. Es chico el mundo, pero no tanto. Y vuelvo a lo que mencioné en el punto anterior: sin procesos claros o sistemas, se puede robar por todas partes. Lamentablemente es casi contraproducente ser candidato y ser honesto, porque para ser candidato se debe normalmente desear poder, es decir, ser ambicioso, y la gente ambiciosa con facilidad se vuelve codiciosa, y la codicia lleva a la deshonestidad. Confiaría mil veces más en alguien que no quiere tener un cargo público y lo debe hacer, a confiar en una persona que por años lo ha tratado de alcanzar.

4. Capacidad para reconocer las limitaciones personales: Nadie es perfecto, a menos que sea un candidato político. Por algún motivo siempre se presentan como libres de debilidades, y eso es imposible que sea cierto. Todos necesitamos ayuda eventualmente, pero la soberbia de muchos de nuestros políticos es tal que siempre se consideran autosuficientes, conocedores de la verdad absoluta del universo. Ejemplo: La aprobación de HidroAysén, tomada completamente por personas que ni siquiera podrían describir lo que es la electricidad (vale como ejemplo también para la competencia técnica). Me encantaría ver un político que supiera pedir ayuda a los expertos de cada tema cuando corresponde, y aceptar sus consejos sin tratar de meter sus ideas desinformadas a la decisión. Otro ejemplo: Transantiago. ¿Les parece malo? Transantiago se adelantó 3 años en su implementación por intereses políticos, sin tener ninguna posibilidad de éxito en tales condiciones. Quizás lo único bueno de ser ignorante, es que se pueden tomar decisiones horribles y uno nunca siente miedo, porque no sabe realmente lo que está haciendo. Me encantaría ver un político que sabe hacerse a un lado cuando no tiene nada que aportar.

Entiendo que la democracia se basa en dar la posibilidad a todos de opinar, pero me parece peligroso darles a todos (en teoría) el mismo poder (ser electos y tener recursos a su disposición). Como padres, por mucho que amemos a nuestros hijos, nunca les daríamos el presupuesto familiar, porque sabemos que no tienen la capacidad de gestionarlo, y no tiene nada que ver con que no queramos lo mejor para ellos, sino que solamente es sensato dejar los recursos en las manos más preparadas para ello. Y este parece ser el lío fundamental: por asegurar que todos sean representados, suboptimizamos las posibilidades del país al dejar nuestros millones en manos de cualquiera. Debemos encontrar algún sistema mejor, y con mucha probabilidad ese sistema tiene que ver más con la idea de “comunidad” y bastante poco con la idea de “jerarquía”. Mi congreso ideal sería como una universidad, donde el poder y el conocimiento para hacer lo mejor estén en las mismas manos.

Hoy en la teoría moderna de la administración se reconoce como un buen líder al que logra ser un catalizador para los demás, es decir, el que logra sacar lo mejor de otros. Un buen líder no es el que hace el trabajo, ni el que da las órdenes, ni el que toma las decisiones (nada de superhéroes), sino el que logra que las personas a su cargo usen lo que saben para lograr los objetivos y resolver problemas y lo hagan con pasión, energía y excelencia. Esos son los políticos que me gustaría tener, y no las personas mínimas que tenemos hoy.

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Foto: Kaptain Kobold / Licencia CC

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