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El huérfano

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Me imagino que, en más de alguna oportunidad, usted se ha preguntado por qué en la repartición pública en la que está esperando por un servicio, se tardan tanto en atenderle; o por qué el lugar luce tan desmejorado; o por qué las personas que deben tomar decisiones lucen no tan capaces de efectivamente decidir.


¿Qué ocurre con la experiencia acumulada de esos funcionarios que, sin ser parte de un espacio decisorio de confianza, son removidos como si lo fueran? ¿Qué ocurre con los recursos invertidos en su capacitación y perfeccionamiento para desarrollar de mejor forma su trabajo? ¿Qué hay con el tiempo invertido, las horas/hombre, destinado a estimular esa curva de experiencia que va fortaleciendo en forma directamente proporcional el desempeño de un colaborador al enfrentarse a sus obligaciones diariamente?

Esas preguntas tienen una respuesta bastante sencilla, aunque lamentablemente no siempre igual de visible. Se trata de la infinita rotación de funcionarios –profesionales, técnicos, administrativos y personas cercanas a los espacios de poder de una institución no siempre respaldados por un título, aunque sí por una cercanía política o por relaciones de confianza-, que se repite en forma ininterrumpida con cada nueva administración sin importar, cómo se le ocurre a usted semejante idea, la calificación profesional de los desafectados, ni la evaluación que de su trabajo se ha hecho en los períodos previos a su desvinculación.

Comencemos por los, así llamados, asesores de la autoridad. Los hay preparados técnicamente, respaldados por un título universitario y con experiencia; gente joven y a veces no tanto. Por otra parte, están los que llegan a esas posiciones sostenidos sólo por la confianza con la que cuentan de parte de la autoridad en un área específica y, en una no menor cantidad de ocasiones, por la experiencia que ostentan en ella u otra área.

No es difícil digerir que tanto unos y otros no reciban la renovación de sus contratos cuando, al cambiar de gobierno, incluso cuando el traspaso de poder se hace entre gobiernos del mismo sector político, llegan nuevas autoridades a la cabeza de las diferentes instituciones. Naturalmente, una autoridad necesita y debe trabajar con gente cercana, de su confianza e idealmente preparada. He sido testigo de cómo la confianza es un elemento fundamental, anterior incluso a la preparación. No obstante, estoy cierto que a usted no le parece extraño que ante una nueva autoridad, se renueve también la línea de colaboradores directos. Es incluso deseable que así sea, pues una institución requiere de un grupo humano cohesionado para dirigirla; ése grupo de personas son la autoridad y su gente, sus colaboradores más estrechos.

El ruido que escucho cuando enfrento este tema, en cambio, proviene de la desvinculación de colaboradores que pertenecen a áreas por lejos fuera del círculo más cercano a la dirección de un ministerio, subsecretaría, intendencia o servicio. ¿Por qué un profesional de apoyo, técnico o administrativo, que presta funciones, por ejemplo, en un departamento, subdepartamento, unidad, sección u oficina, debe resignarse a perder su fuente laboral cuando llega una nueva autoridad, sea en forma inmediata o al cabo de un año, si no es de confianza? ¿Y más aún, cuando sus calificaciones avalan su desempeño? ¿Y más aún, cuando teniendo posición política, deja sus actividades partidistas fuera del horario en que presta servicios?

¿Por qué incluso una jefatura, digamos un jefe de departamento, debe asumir que perderá su fuente laboral cuando cambie ya sea el color político del gobierno o el testimonio del poder sea traspasado entre aliados políticos?

El problema es que esta dinámica continúa hasta llegar hasta a quien llamaremos Juan Pérez, técnico informático de, por ejemplo, una unidad que llamaremos de “respaldo y repositorio informático”. El problema, como decía, es que antes de llegar a Juan, esta dinámica –necesaria, como dije, para que la autoridad se rodee de colaboradores cercanos y en los que pueda confiar- pasa también por el jefe de departamento, subdepartamento y un cuánto hay de la estructura jerárquica y organizacional de la institución, hasta presentarse, como pájaro de mal agüero, en el escritorio de Juan.

Insisto, ¿Por qué? ¿No debiera ser la Jefatura de División el área donde cierre o termine la renovación por criterios políticos? Porque eso es lo que es esta “renovación”: un diagnóstico que identifica, cual enfermedad, a todos aquellos miembros de la institución que deben ser desvinculados porque o no comparten el color político del gobierno, o porque desafortunadamente para ellos no coinciden con algún criterio “difícil de ignorar” del encargado de algún ámbito o área en el que lo encontró el recambio.

Y me pregunto, ¿Qué ocurre con la experiencia acumulada de esos funcionarios que, sin ser parte de un espacio decisorio de confianza, son removidos como si lo fueran? ¿Qué ocurre con los recursos invertidos en su capacitación y perfeccionamiento para desarrollar de mejor forma su trabajo? ¿Qué hay con el tiempo invertido, las horas/hombre, destinado a estimular esa curva de experiencia que va fortaleciendo en forma directamente proporcional el desempeño de un colaborador al enfrentarse a sus obligaciones diariamente?

Podría entender las razones de un empresario. ¿Legales? Bueno, necesidades de la empresa, no importa que sea la excusa utilizada en la mayoría de las ocasiones para simplemente despedir; ¿Financieras? Bueno, las condiciones de mercado actuales “hacen necesario tomar decisiones dolorosas”, aunque lo sean sólo para el dependiente; no vaya a pensar usted que como alternativa la empresa hará un estudio para evitar desvincular a nadie “porque su capital humano es su capital más importante”. En fin, podría entender las razones de un Errázuriz (hay que esforzarse si empiezas con sólo pollitos), o de un Paulmann (ya sabes, la utilidad lo es todo), pero no las entiendo en la esfera de lo público.

Permítame ayudarle a entender, querido lector. Juan es el recurso desechable, el número descartable, para hacer espacio y “meter” al amigo sin pega, al amigo del amigo sin pega; al conocido del amigo, “un buen gallo”,  cesante; a la prima, a la sobrina, al hermano, al hijo. ¿Le suena conocido?

Bueno, pero volvamos al principio. ¿Hace cuánto me decía usted que lleva esperando?

TAGS: Funcionarios Públicos meritocracia

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Comentarios

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22 de marzo

Estimado.
Tengo problemas encontrando la relación entre la deteriorada atención a público de las reparticiones públicas y la descripción que hace de los ciclos de permanencia y la inestabilidad laboral de muchos “funcionarios públicos”, asociados a las variaciones de los poderes políticos propias de la democracia. Sin duda deben haber muchos Juanes y Juanas, pero no estoy seguro que se encuentre allí la causa del problema. Es probable que sea una de las causas.
Interesante sería realizar una investigación al respecto, seguro se encontraría una serie de dinámicas, procedimientos, incentivos errados (PMG?) y de aspectos culturales/institucionales.
Saludos,

22 de marzo

Mauro, primero que todo le haré una pregunta que no agotará mi respuesta, pero que es necesario hacer: ¿ha trabajado usted en el ámbito público?

Respondiendo ahora directamente: cuando el funcionariado aquilata el riesgo que corre su fuente laboral, esencialmente inestable, frágil, ambos estados que tienen como origen la omisión que de la ley hace la propia autoridad, puede usted apreciar en ello el punto de partida del problema; la guinda de la torta la instala la dependencia o imposibilidad de evitar verse sometido al vaivén político que además de descabezar desde jefaturas de departamento hacia abajo -hasta “Juan”- (lo visible, digamos), provoca una anulación de la creatividad, de la iniciativa del servidor, que al ver que las desvinculaciones se instalan sin importar en absoluto las calificaciones y desempeño formalmente evaluado, retrotraen su participación en sus tareas cotidianas a la mínima expresión, con pies de plomo, actuando como si de cada acción dependiera su fuente laboral (lo menos visible, pero que impacta definitivamente en su impronta de servicio al ciudadano). Ello, podrá usted coincidir conmigo, destruye la posibilidad de que la ciudadanía reciba una atención ágil, contundente, oportuna y de calidad. No abundaré en la mala calidad de la planificación del trabajo que implementan los protagonistas de estos amiguismos a los que me refiero en el artículo, porque creo que con mi respuesta sus dudas reciben bastante luz.

Finalmente, las dinámicas, procedimientos e incentivos espurios a los que usted refiere son justamente los que he descrito.
PMG´s y medios de comprobación de proyecciones anuales de trabajo, son elementos de autorregulación internos de las instituciones públicas en lo referido a planificación de trabajo para un período (planes, programas, metas, objetivos, acciones, tareas), y que no influyen necesariamente en la poco feliz percepción usuaria en los espacios de atención de las diferentes instituciones. Al menos no en el plano en el que he planteado el artículo.

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