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El espíritu de la política

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Richard Rorty (Estados Unidos, 1931-2007) fue uno de los grandes filósofos norteamericanos. Poco antes de su muerte, escribió un breve y sugerente ensayo, “Una ética para laicos”, en el que reivindicaba una ética que no estuviera subordinada a la religión, sino que tuviera una autonomía constituyente del rearme moral de nuestra sociedad y fuera un importante recurso para garantizar el futuro espiritual de la humanidad.

Cada vez es más evidente que una de las causas más profundas de la crisis de la política (y, en particular, de la política transformadora) es la desconexión entre praxis política y moral política. Una causa a la que no se dedica, lamentablemente, el tiempo y el coraje necesarios para abordar un debate imprescindible y urgente sobre el rearme moral en el proceso de renovación y reformulación de una nueva política de orientación progresista.

La política se está quedando huérfana de filósofos en un inexorable y preocupante éxodo del discurso moral. Sin ellos, desvariamos desnortados en una cartografía que desdibuja la política en gestión. Casi sin darnos cuenta, la política ha ido perdiendo (o expulsando) a sus más brillantes pensadores, renunciando a hacerse preguntas profundas, para ofrecer respuestas superficiales, de manual. Sin sentido. Eso es lo que nos aleja del sentimiento de las personas, la ausencia de sentido y profundidad de muchas prácticas y políticas públicas que parecen incapaces de comprender la complejidad y el vacío que provoca una política sin espíritu. Se impone una triple reacción: más meditación, más espiritualidad y más filosofía.

La política meditada

La praxis política sublima la acción como el paradigma definitivo de la política e ignora  y desprecia, por ejemplo, la meditación y el cuidado del espíritu como estructura medular del carácter de nuestros representantes. El absolutismo de la gestión se ha convertido en el indicador de referencia. Les valoramos por lo que hacen, no por lo que son, ni por lo que sienten en su interior.

Pero algo está cambiando y muy rápidamente. Esta crisis está poniendo a cada uno en su lugar. Y afloran, más que nunca, las debilidades estructurales de muchos líderes políticos. Hoy la observancia democrática y ciudadana se fija en la talla moral y ética de nuestros representantes y crece la convicción de que la riqueza espiritual e intelectual de nuestros líderes es condición indispensable para su eficacia en la gestión. Además, aumenta la certeza de que la mayoría de las repuestas que debemos dar a los retos del planeta no se pueden gobernar o abordar únicamente desde los instrumentos de la política (demasiado limitada y condicionada), sino que se necesitan cambios de conducta y comportamientos individuales para diseñar futuros compartidos.

La política, con sus ritmos mediáticos y su inmediatez táctica, aleja a nuestros representantes, demasiadas veces, de la ponderación y la distancia imprescindibles. Nadie reclama, por ejemplo, tiempo para evaluar la respuesta adecuada, para estudiar una propuesta, para pensarla con calma. Es como si la distancia cautelar que tantas veces debería guiar la actuación pública, fuera un demérito o un defecto. Todo lo contrario.

Hay un nuevo espacio para la política meditada. La ciudadanía lo está pidiendo a gritos. La meditación, el silencio, el retiro, el estudio, deben estar presentes en la vida política y en nuestros líderes. Necesitamos políticos con mayor capacidad de escuchar su interior y de compartir experiencias de profunda e intensa concentración personal. Una espiritualidad humana, profundamente humanista, como base de otra política.

Necesitamos líderes reflexivos, capaces de meditar, de buscar en su equilibrio personal la fuerza y las ideas que guíen su actividad. Puede situarse en una dimensión religiosa, pero no necesariamente. Debemos fomentar las prácticas que buscan el equilibrio y la armonía y acercarnos a ellas con una nueva naturalidad. Un gestor público debe ser una persona de densidad moral y ética y, para ello, es imprescindible una actitud reflexiva y pausada, una vida interior rica y equilibrada.

La dimensión espiritual de las personas. La política progresista debe mirar la dimensión espiritual del ser humano como una nueva fuente revitalizante de la moral y ética políticas.

La política progresista sigue prisionera de bastantes tópicos y prejuicios hacia la espiritualidad (en su amplia pluralidad), ya que considera que el desarrollo de la vida interior de las personas es una dimensión refractaria a la ideología o al pensamiento político. Craso error. Aceptada, a regañadientes, la inteligencia emocional como un concepto imprescindible para una renovada política más sensible y próxima, se debe iniciar un debate a fondo sobre la inteligencia espiritual, como una disciplina (un comportamiento, una actitud vital) que da profundidad y sentido a la vida, mejorando la capacidad autónoma de las personas, favoreciendo su distancia crítica respecto a la realidad y ayudándolas a convertir sus vidas en proyectos personales con mayor fundamento y equilibrio.

Hasta ahora, la izquierda se ha movido con un reduccionismo simplista considerando lo espiritual como un fenómeno meramente religioso. Lo espiritual, entendido como el sentido que le damos a las cosas y a nuestra vida, permite residenciar en valores y principios los verdaderos reguladores de nuestro comportamiento. Y ahí radica su potencial para la política.

La dimensión espiritual de la persona no puede ser ignorada desde la izquierda renovadora y, mucho menos, desde el socialismo democrático, que tiene una base electoral y sociológica de cultura católica muy amplia y un anclaje histórico con las comunidades de base cristianas y los sectores renovadores de la jerarquía. Pero no estamos hablando de religión ni de iglesias. Se deben multiplicar los gestos hacia las comunidades laicas y creyentes comprometidas con la acción social, sí; pero también acercarse con respeto e interés hacia otros espacios de trascendencia espiritual no específicamente religiosa.

Por una nueva filosofía política… y de la política

“El derrumbe del marxismo, escribía Richard Rorty, nos ayudó a comprender por qué la política no debería intentar ser redentora (como la religión). Los hombres necesitan que se los haga más felices, no que se los redima, porque no son seres degradados, almas inmateriales apresadas en cuerpos materiales, almas inocentes corrompidas por el pecado original. Son, tal como sostenía Friedrich Nietzsche, animales inteligentes, que a diferencia de otros animales, aprendieron a colaborar unos con los otros para del mejor modo hacer realidad sus deseos”.

Creo que hay que “volver a pensar”, en el sentido más profundo del término, si queremos que la política transforme liberando, no redimiendo. Pensar en la vida y en las personas. En cómo vamos a buscar su felicidad.

¿Dónde están, hoy, los filósofos en la política? Estamos huérfanos sin José Luis Aranguren y Alfonso Comín, añoramos a Victoria Camps, mal leemos a Daniel Innerarity y desconocemos a Adela Cortina. La ignorancia de buena parte de la política se maquilla por el ejercicio del poder, la prepotencia ideológica y la banalidad de la mayoría de sus presencias y retóricas públicas.

Hay que volver lo andado, quizás, para recuperar el espíritu de la política, releyendo y recuperando en un ejercicio crítico de actualización a los clásicos de todos los tiempos, sin los cuales no es posible ninguna modernización. Pero no lo conseguiremos si la política formal no se esfuerza con determinación en buscar una nueva alianza con la filosofía y la espiritualidad para renovar y rearmar la dimensión moral y ética de la acción política. Para rebelarnos contra el determinismo histórico. Para hacer posible lo urgente y lo necesario.

Acabo con una cita imprescindible de Albert Camus cincuenta años después de su muerte: “Ya que no podemos vivir tiempos  revolucionarios aprendamos, al menos, a vivir el tiempo de los rebeldes. Saber decir no, esforzarse cada uno desde su puesto, crear los valores vitales de los que ninguna renovación podrá prescindir, mantener lo que merece la pena, preparar lo que merece vivirse y practicar la felicidad para que se dulcifique el terrible sabor de la justicia… Todos ellos son motivos de renovación y  esperanza”.

 

Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor en comunicación

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Foto: Three Monkeys – HikingArtist / Licencia CC

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Comentarios

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30 de julio

En nuestros tiempos, hablar de ética y de política como elementos complementarios parece ser algo absurdo porque actualmente, vemos que la ética, como motor de la acción política ha sido abandonada en forma descarada y totalizante.

Esa dicotomía entre ética y política viene desde Maquiavelo, cuando planteó, desde lo subjetivo del ex parte principis (la razón de Estado), la autonomía de la política –que era la decisión del príncipe- con respecto a los principios de la moral.

Tal autonomía reconoce normas propias para el ejercicio del poder, distintas y ajenas a los postulados éticos. El rey debía actuar según resultados y no según principios.

La ética de resultados, adoptada por los políticos desde la época Moderna, es la que defiende la Gran Cose dictada por Maquiavelo. Aquella que propugna el bien colectivo (ex parte principis) y no los principios del individuo justo (ex parte populis). El rey impone sin contrapeso “su” ética sobre el resto.

Pero con el establecimiento de gobiernos republicanos, la democracia moderna y el triunfo del individualismo -junto con el fin del despotismo monárquico- surge la tensión entre la ética y política. Esto porque se establecen límites al poder del soberano y se reconoce el espacio de autonomía de los súbditos. La ética de resultados no debe pasar a llevar la ética de principios de los ciudadanos.

En cierto modo, lo que ocurre actualmente es un retorno a la lógica de la ética de resultados por sobre la de principios. Donde los ciudadanos parecen incapaces de defender sus principios y los resultados no son la Gran Cose, sino ganancias personales.

Tomando en cuenta esto, me parece que tu planteamiento presenta una dualidad.

Por un lado sigue siendo elitista en cuanto a que sigue la misma pregunta de siempre – ¿Quiénes deben gobernar?- partiendo también del supuesto que hay gentes virtuosas totalmente o que podrían existir éstas. En ningún caso se toma en cuenta qué instituciones nos protegen más de gobernantes carentes de virtud.

Por otro, y la cita de Camus en cierto modo lo recalca, plantea que la virtud debería ser una cuestión individual generalizada y no una cualidad esperada por parte de los gobernantes.

Saludos y disculpa la extensión.

02 de agosto

“Creo que hay que “volver a pensar”, en el sentido más profundo del término, si queremos que la política transforme liberando, no redimiendo. Pensar en la vida y en las personas. En cómo vamos a buscar su felicidad.”

Estado de derecho, seguridad jurídica, igualdad ante la ley, etc. deben ser resabios del pasado, ahora resulta que la labor del político es buscar la felicidad de las personas, desarmandolas ante el estado a través de su infantilización. Ya veo que ni siquiera en Chile uno está a salvo de las embestidas de la progresía catalana.

En este mundo postmoderno que nos ha tocado vivir una de las penitencias debe que un asesor de la Generalitad de Cataluña y opinólogo de Público, El País, El periódico de Cataluña y de la SER hable de moral.

03 de agosto

Gracias Jorge por tu comentario. Es extenso pero realmente interesante tu punto de vista. Efectivamente, la ética y la política hace tiempo que no son términos sinónimos. Las ideas que Maquiavelo expresaba se han prolongado en el tiempo, pero no porque las inventara él (solo escribió lo que veía) sino porque son condición humana. A pesar de ello, defiendo que se intente encontrar un equilibrio, y por ello propongo volver a la sensatez a través de la reflexión, del carisma de un líder que sabe de lo que habla, que reflexiona pros y contras, que seduce a través de sus palabras.
En ningún momento entro en el tema de quien debe gobernar, sino que demando una reflexión en las actuaciones políticas para conseguir más relación entre ética y política, y por tanto, más liderazgo y más reconocimiento.

Murray, la búsqueda de felicidad es una metáfora, obviamente. Acaso no es búsqueda de la felicidad el Estado de derecho, la seguridad jurídica, la igualdad ante la ley, etc.? Por otro lado, no creo que mi lugar de nacimiento, donde escribo o para quien trabajo sea motivo de crítica. Más bien invalida tus argumentos.

04 de agosto

Claramente, Maquiavelo sólo hizo constatación de una generalidad histórica y ese es el foco de mi argumento,

Concuerdo contigo en que se debe fomentar una acción política más ética, sin embargo, por esa misma generalidad planteada por el italiano, no creo que ese equilibrio radique en el carisma de un líder que seduce, sino por el contrario en desconfiar de aquello y tener presente que no existe un líder infalible.

Por qué, porque esa concesión al líder no sólo implica una servidumbre voluntaria, sino que lleva el riesgo de dejar en sus manos la conjunción de lo ético y lo político. Y eso, ha llevado a la muerte a millones durante siglos.

Saludos

04 de agosto

Estimado Antoni,

Yo en ningún momento interpreto su comentario sobre la búsqueda de la felicidad en el sentido jeffersoniano de capacidad de decisión, de la búsqueda del propio camino, donde el Estado de derecho, la seguridad jurídica y la igualdad ante la ley son indispensables. La cita de Rorty que usted menciona sobre que la misión de la política es hacer a los hombres más felices es clara muestra de lo contrario, como si la felicidad fuese un concepto objetivo sobre el que hubiese un consenso. Le recuerdo que las metáforas las carga el diablo.

Por otro lado, en ningún momento lo critiqué por su lugar de nacimiento, sino por su asociación con medios de comunicación que tienen abiertamente comportamientos inmorales, usan la mentira como herramienta y pastorean el poder político de izquierdas para su mutuo beneficio, o acaso me va a negar los vínculos de Polanco y Roures con el PSOE o la del Periodico de Cataluña con el PSC. Sobre la Generalidad, qué quiere que le diga, paga muy bien los estudios de todo tipo. Volviendo al refranero castellano, dime con quien vas y te diré quién eres.

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