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El desafío de la desigualdad

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El pasado 18 de enero, la ONG internacional Oxfam Intermón publicó un nuevo informe sobre la desigualdad bajo el contundente título Una economía al servicio del 1%. Este informe toma como punto de partida el principal hallazgo del último Global Wealth Report: el 1% de la población mundial acumula más riqueza que el 99% restante. Nos encontramos ante una crisis de desigualdad sin precedentes, así de claro y duro. En 2015, sólo 62 personas poseían la misma riqueza que 3.600 millones (la mitad más pobre de la humanidad), cuando, no hace mucho, en 2010, este número era de 388 personas. La riqueza de estas 62 personas se ha incrementado algo más de medio billón de dólares desde 2010 (un aumento del 44%), mientras que la de la mitad más pobre se ha reducido en más de un billón de dólares (una caída del 41%). Y un dato aún más crudo: los ingresos medios anuales del 10% más pobre de la población mundial han aumentado menos de tres dólares al año en casi un cuarto de siglo. La brecha social aumenta, menos ricos se vuelven más ricos y más pobres se vuelven más pobres.


Hay que ir en busca, primero, de un compromiso colectivo real; que la desigualdad se reconozca como desafío global es necesario, pero no suficiente. Es tiempo de actuar y tomar decisiones… globales, regionales y locales; de corto, medio y largo plazo, de emergencia y estructurales.

El informe de Oxfam fue lanzado estratégicamente unos días antes del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), la cita a la que acuden todos los años los principales líderes empresariales, políticos e intelectuales para analizar y discutir los problemas globales y, en consecuencia, desarrollar agendas de acción colaborativa. Precisamente, la desigualdad, y la necesidad de lograr un crecimiento económico inclusivo, ha sido uno de los 10 desafíos globales de este año. Incluso el papa Francisco, en el mensaje inaugural que dirigió a los organizadores y participantes del WEF, pidió: «¡No se olviden de los pobres! Este es el principal desafío que tienen ustedes, como líderes en el mundo de los negocios».

La distribución de la riqueza es también el tema central de uno de los libros de economía más brillantes y exitosos de los últimos tiempos: El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty, el cual ya lleva vendidos 2,3 millones ejemplares. Con su texto, el autor francés logró reubicar el tema de la desigualdad en el centro del análisis económico y replantear buena parte de las teorías propuestas a lo largo de los siglos XIX y XX. Aunque, vale decir, que él no es ni ha sido el único que lo ha intentado en los últimos tiempos. El nobel Joseph Stiglitz, por ejemplo, lo ha hecho con El precio de la desigualdad (2012) y con su recientemente publicado La Gran Brecha. Qué hacer con las sociedades desiguales (2015). Después de años de silencio y omisiones, los grandes economistas de la actualidad (hay que sumar a Paul Krugman, Tony Atkinson, James Galbraith, entre otros) se están ocupando de colocar a la desigualdad en el tope de la agenda política, donde debería haber estado siempre.

En su libro, Piketty, tras estudiar 250 años de historia económica en más de 30 países (merece la pena echar un vistazo la World Top Incomes Database), descubre que «desde la década de 1970 la desigualdad creció significativamente en los países ricos, sobre todo en los Estados Unidos, donde en la década de 2000-2010 la concentración de los ingresos recuperó ―incluso rebasó ligeramente― el nivel récord de la década de 1910-1920…». Los países emergentes no corrieron mejor suerte. Tal es así que América Latina, a pesar del crecimiento de la última década y de la aplicación de eficientes políticas redistributivas, sigue siendo la segunda región más desigual del planeta (52,9% en el índice de Gini), sólo superada por África subsahariana (56,5%). Leonardo Gasparini, director del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (CEDLAS) lo explicaba de la siguiente manera: «América Latina es muy desigual desde la colonia. Parte de las brechas actuales tienen su raíz en una larga historia de sociedades elitistas, con sistemas políticos poco democráticos y modelos económicos excluyentes. Los avances que se lograron a partir de 2000 sólo han compensado la profundización de la desigualdad en la década de los 80 y 90». Los avances y esfuerzos de la última década ―incluida una reducción de la pobreza del 30 % y un descenso del coeficiente de Gini de 0,54 a 0,5— fueron, pues, insuficientes.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cómo es que hemos creado un modelo económico que beneficia sólo al 1% de la población mundial? Una de las causas más directas de esta crisis de desigualdad es el aumento del rendimiento del capital frente al trabajo. El capitalismo concentra la riqueza, cada vez, en menos manos; o lo mismo en un lenguaje más técnico: la tasa de retorno del capital supera a la tasa de crecimiento del ingreso, por lo que la participación del capital en el producto total tiende a incrementarse (el programa Efecto Naím lo explica en un sencillo vídeo de 19 segundos). En prácticamente todos los países, la participación de los trabajadores en la renta nacional se ha ido reduciendo, mientras que la de los dueños del capital (propiedades, acciones, inversiones…) ha ido creciendo de forma exponencial y constante.

Además, el fenómeno de la evasión y elusión fiscal empeora las cosas. Según el economista francés Gabriel Zucman, autor de un estudio titulado Taxing across Borders: Tracking Personal Wealth and Corporate Profits, la riqueza escondida por las personas físicas en los paraísos fiscales del mundo asciende a 7,6 billones de dólares ―una cifra que es mayor al PIB de Alemania y Reino Unido—. La fuga descontrolada de capital causa ingentes pérdidas de ingresos a los sistemas fiscales nacionales; y así, los más ricos, al pagar menos impuestos, hacen que aumenten las desigualdades, entre países y dentro de ellos.

Pero el verdadero germen de esta crisis de desigualdad es otro, bastante más sencillo: nos lo creímos. El pensamiento económico hegemónico, los líderes políticos y gran parte de la sociedad creyeron, durante décadas, que la desigualdad era parte del modelo y que era condición de posibilidad para el progreso y desarrollo económico del planeta. Es el supuesto carácter autoequilibrado del crecimiento, lo que se conoce como la curva de Kuznets y se basa en la idea de que la desigualdad económica aumenta con la industrialización y el desarrollo para luego disminuir con la madurez económica. Una idea que Piketty critica especialmente en su libro: «la mágica teoría de la curva de Kunetz fue formulada en gran medida por malas razones, y su fundamento empírico es muy frágil». Así, la pregunta con la que tituló Zygmunt Bauman uno de sus últimos libros (¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?) hoy parece que tiene una única respuesta, indudable, irrebatible, obvia… pero durante años fue la creencia (o la promesa) dominante.

El sistema y la situación actual son fruto de decisiones políticas deliberadas, de una agenda que durante años estuvo demasiado influenciada por lo que George Soros
—incluso siendo un reconocido partidario del liberalismo económico— llamó fundamentalismo de mercado. Vivimos las secuelas de una excesiva confianza que se depositó, durante décadas, en el mercado. Y si la política es parte del problema, también lo será de la solución. En una imprescindible y reciente entrevista de Moisés Naím a Thomas Piketty, el francés sostiene que «necesitamos mejores instituciones democráticas, fiscales, sociales, educativas. Necesitamos instituciones más fuertes para asegurar que el poder del capitalismo y las fuerzas del mercado trabajen para el bien común».

Hay que ir en busca, primero, de un compromiso colectivo real; que la desigualdad se reconozca como desafío global es necesario, pero no suficiente. Es tiempo de actuar y tomar decisiones… globales, regionales y locales; de corto, medio y largo plazo, de emergencia y estructurales.

TAGS: #Desigualdad Brecha Social Concentración de la riqueza

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Comentarios

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peon

02 de marzo

La existencia del problema
es una industria.

Entre otras cosas, me parece que te da trabajo a ti. Así también mueve muchos recursos.

Me pareció curioso un día que te interesaras por el concepto disrupción.
Si lo piensas un poco, aplicarlo requiere una metodología, una solución,
similar a encontrar la hebra de la madeja que desenreda el enredo, o que resuelve el problema.

Sin embargo, a pesar de ser esta una industria con millones de personas involucrada en ella,
no hay todavía humo blanco o solución;
metodología, modelo o prototipo

porque la hebra no se pilla.

SI RESUMIMOS EL PROBLEMA … :

1% de la pob. posee el 99% de la riqueza y está hoy aumentando su riqueza.

Cuánta riqueza existe, se puede describir como funciones que aportan al total de ella, de manera que la suma de sus aportes hagan ese 99%

Luego, para bajarles la escala, ese 99%, a un número menor, se deben aplicar funciones al sistema

las mismas se representan como acciones por ejecutar. Acciones específicas y disruptivas.

Debe ser una cadena de ellas. Su conjunto por comprensión sería:

Introduzca democracia en su nación
Introduzca la función de creación de riqueza en el pueblo

Y listo. Fin del Algoritmo.

Una versión distinta podría ser:

Organícese y tome el poder
Introduzca la función de creación de riqueza en el pueblo.
Fin del algoritmo.

peon

02 de marzo

Y claro, puede haber un gran debate acerca de cómo se introduce o cuál podría ser esa función de creación de riqueza en el pueblo.

Que exista, si es preciso.

Yo presento una solución sencilla y al alcance sólo de democracias, ósea, hoy, de ningún país en todo el mundo…

Debe ser democracia, porque debe ser de sentido y bien común enriquecer al pueblo de alguna forma, creándole riqueza y la forma más simple de hacerlo que tienen una nación

es

utilizar el Presupuesto Nacional para hacerlo

Crea un banco de dinero que sea propiedad de todos en el país por igual. Le asigna los recursos del Presupuesto ya decidido (10% anual)…

El sistema así financiado, creo que es terreno fñertil para la imaginación de los economistas y otros millones d personas en el mundo.

Pero, hay que llegar a esa tierra, hay que labrar el presupuesto de una nación, para convertir sus montos en soluciones, en razones, en justicias, etcétera.

Se-puede-hacer

Pero, como digo, no existe democracia ante le planeta que lo permita, porque existe la dictadura que ese 99% de la acumulación dela riqueza provoca y que en algunos países se torna las dictaduras de los partidos políticos

financiados a más no poder

para ejercer el mandato dictatorial de ese 99% de la riqueza que decide qué se hace y que no en un país.

Sin embargo, la organización digital ciudadana puede producir el acceso al poder en una nación y ello traerle democracia y la intervención del uso del PPto

peon

02 de marzo

Para mí, que no soy muy docto, existe solución, pero,

no existe voluntad por parte de las personas que se alimentan del sistema

para resolver el problema, porque el sistema y el problema son su trabajo

son su pan de cada día,

son los lujos que puedan lograr, o qué se yo…

_______ Es decir, me cuesta creerle a alguien que conoce el problema, pero, no trabaja en el prototipo de su solución…

peon

02 de marzo

Es decir, y mil perdones por la extensión, no existe desafío de la desigualdad

sino que desafío de la consecuencia humana, esto es, de su integridad…

Del grado de comprensión del sentido de la justicia y de la razón que deben tener, que lleva a la misericordia.

y estas cosas no existen en abundancia. Contrario a ellas, existe ambición y avaricia y maldad en la mayoría de las personas.

Contra esto se lucha, en realidad. Se lucha contra huestes que promueven la maldad entre las personas y ellas, seducidas por su atractivo, se alejan de la razón y del sentido de la justicia.

Y la gente va mal vestida para la ocasión. Y eso es grave, porque la gente muere en el campo de batalla sin armadura, porque no conoce la realidad, porque el conocimiento fundamental no quieren atesorarlo, sino que la vanidad los inunda y los consume.

La mayoría son simples e ignorantes y muchos caminan por el sendero que lleva al buey al matadero.

_____________________________________
Ciertamente no es la democracia plena la que debe gobernar, la de la simple mayoría, sino que debe gobernar el ejercicio de la razón, pero, esta primero debe ser establecida y para hacerlo se requiere conocimiento para identificarla…

Saludos

Servallas

03 de marzo

Quizás en todo esto hay un problema de impuestos, la solución debería ser fácil, contra más ganas, tienes, ostentas y acumulas, más pagas y punto.

07 de marzo

Creo que el tema es un poco mas complejo que eso.
Pero, en el respecto, sería muy interesante plantear cuales son los límites propuestos para la desigualdad, y no solo quedarse con el concepto cualitativo de “es mas desigual”; lo que habría que ver es cuanta desigualdad entonces sería aceptable, y luego plantear como se llega a eso, y todo lo que eso implique, bueno o malo.
Cuando se cree que la desigualdad se elimina poniendo mil impuestos mas, lo que se hace es engrosar el arca fiscal, pero si le cargan la mata a un grupo social, y este tiene el resorte para hacer crecer los sueldos de las capas inferiores, es un problema circular. Si le ponen un impuesto de 60 o 70% a los mas ricos, los sueldos de los mas pobres va a crecer 0. Y el Estado, durante un rato se va a llevar ese 70%, del cual se va a “perder en el camino” un 40%, y el 30% restante se entregará en forma de bonos o subvenciones clientelistas (=votos), pero en el mediano plazo ese 60 o 70% será sobre un pozo pequeño, pues las utilidades a repartir serán bajas, el Estado tendrá muchos compromisos y poca plata, y empezaremos con ciclos inflacionarios (=todos mas pobres) y vuelta a lo mismo ya conocido.
Por lo tanto, hay definiciones anteriores a hacer y a enfrentar.
Saludos

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