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El camino de Luis Corvalán: la vía pacífica y la vía chilena al socialismo

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La muerte de protagonistas de otros tiempos, como las efemérides, convocan a la reflexión. Son momentos únicos desde los cuales construir y reconstruir nuevos sentidos acerca de nuestro pasado reciente. Nuestra propia historia y nuestro presente, además, demandan una comprensión más acabada de nuestro devenir, por lo que, desde el oficio de historiador, aportar con elementos de análisis al debate social constituye un imperativo ético y, más aún, la razón misma de nuestra función.

En la mañana del 21 de julio de 2010, dejó de existir Luis Corvalán, quizás el dirigente más destacado del Partido Comunista de Chile. Profesor primario y periodista, ingresó al PC en 1933, desempeñándose principalmente en los periódicos comunistas de la época. Integró el Comité Central en 1950, y ya en 1958, tras la muerte de Galo González, fue electo Secretario General, cargo que ejercería hasta 1989. Desde 1961 hasta el golpe militar de 1973, además, ocupó un escaño senatorial, transformándose en el principal polemista de su colectividad y uno de los líderes más influyentes de la vieja democracia chilena.

El pensamiento político y el legado histórico de Corvalán están íntimamente imbricados con una de las principales fuerzas ideológicas de la política chilena. El Partido Comunista de Chile, nacido junto con el proceso de modernización social, política y económica del país en el siglo XX, representó y encauzó las aspiraciones de cambio social de un significativo sector de la sociedad chilena, adscribiendo al mismo tiempo a la ideología revolucionaria más relevante de la centuria. Tanto Corvalán como el PC, en ese sentido, son producto de ese doble movimiento: su arraigo efectivo en los sectores populares locales y su conexión siempre explícita con un modelo global específico: el comunismo soviético. Mucho se discutió, y aún se sigue haciendo, sobre esta relación no necesariamente contradictoria. Su naturaleza está dada por los avatares del siglo pasado, es decir, por aquella progresiva -y conflictiva- integración ideológica a escala mundial, expresada de distintas formas en las múltiples realidades locales.

El comunismo chileno y Corvalán, a lo largo de su historia, supieron convivir con esa situación. Aceptaron y defendieron el discurso ideológico soviético, y aún sus políticas revolucionarias, tanto al interior del país como en su proyección hacia el mundo. Se transformaron en los paladines de la Revolución de Octubre en Chile, basando en ese referente originario su acción política y sus perspectivas futuras. El marxismo soviético, hilo conductor de su práctica y saber legitimador de su propia existencia, fue asumido como un conjunto de principios inalterables, según los cuales debía moverse tanto el Partido como la “historia”, hacia la supresión final de las diferencias de clase y la explotación del hombre por el hombre. Corvalán fue, por ende, un revolucionario. Y ello implicaba asumir una postura antisistema, en donde la realidad existente era considerada susceptible de una modificación radical.

Ello no significó, sin embargo, la marginación del PC de la vida político-institucional chilena, por más que otras fuerzas políticas lo hayan intentado. De hecho, la historia del comunismo chileno puede leerse como el continuo intento de integración al sistema democrático en la perspectiva de cambios revolucionarios futuros. Por supuesto, no fue fácil. Acosado en sus primeros años por las autoridades estatales y aún por organizaciones civiles (como las Ligas Patrióticas), el PC sufrió tempranamente su primera clandestinidad durante los años del autoritarismo ibañista. Durante los treinta, fraguó la alianza del Frente Popular junto a socialistas y radicales, aún cuando no era un partido reconocido legalmente. Sin participar en el gabinete de Aguirre Cerda, concentró sus energías en el cumplimiento del programa de gobierno, hasta que los vaivenes de la política chilena y global destruyeron la coalición. En la segunda posguerra lo volvieron a intentar, esta vez con Gabriel González Videla, a quien contribuyeron decisivamente a instalar en la Moneda y a cuyo primer gabinete se incorporaron El crecimiento electoral del PC, la agudización de las rivalidades partidarias, el despuntar de la Guerra Fría y el viraje del propio González Videla hacia el anticomunismo, terminaron con la presencia comunista en el gobierno, primero, y con su propia existencia legal, después. La Ley de Defensa Permanente de la Democracia proscribió al PC por diez años, hasta que en 1958 una mayoría de partidos de centro-izquierda, junto con transparentar el sistema electoral, derogó dicha ley.

Corvalán se hizo cargo del PC en esa última coyuntura. Fue, también, el momento en que la izquierda marxista se rearticuló y unificó, construyendo la base política y programática desde la cual aspirar autónomamente al poder. Junto al Partido Socialista y otras colectividades menores –aglutinados en el Frente de Acción Popular- el PC animó la vida política chilena durante la convulsa década de los sesenta. No es menor el hecho de que en los años de mayor profundización democrática de la historia republicana chilena (1958-1973) el PC haya asumido un rol protagónico en la vida política nacional. Hay, en ese sentido, una correlación evidente entre democratización y surgimiento de distintas propuestas de cambio social, una de las cuales se identificaba con un tránsito revolucionario hacia formas socialistas de convivencia. El PC extendió en esos años sus redes hacia distintas esferas de la realidad nacional. Tuvo una presencia parlamentaria imponente, contaba con medios de comunicación de masas influyentes, fueron mayoría continua en el mundo sindical y contaron entre sus filas con destacados intelectuales y artistas nacionales.

A pesar de los resquemores de sus opositores, Corvalán y el PC no abogaron por un asalto violento al poder. De hecho, Corvalán fue el principal defensor de lo que entonces se conoció como “vía pacífica”. En 1971 publicó Camino de victoria, una compilación de ensayos escritos durante los sesenta en torno a esta idea. En síntesis, podría decirse que Corvalán pensó posible un tránsito pacífico, institucional y gradual del capitalismo al socialismo gracias al alto desarrollo democrático e institucional de Chile. El Estado, si bien entendido como una manifestación del dominio de clase, fue concebido también como una estructura permeable y posible de controlar por medios democráticos, desde la cual se podían impulsar los cambios sociales anhelados por los sectores populares. Este conjunto de ideas se entroncó, no sin discusiones, con las desarrolladas entonces por Salvador Allende y parte del socialismo chileno. Fue esa la materia prima de lo que después se conocería como la “vía chilena al socialismo”, nombre dado al proyecto revolucionario que animó al gobierno de la Unidad Popular entre 1970 hasta su derrocamiento en 1973.

El golpe militar significó una profunda derrota de estas concepciones. No solamente porque el experimento revolucionario acabó abruptamente, envuelto en querellas internas, crisis económica e intentos sediciosos de la oposición. La derrota tampoco acaba en la instalación de una férrea dictadura militar y el inicio de una represión exterminista en contra de las colectividades de izquierda y sus adherentes, si bien esa es su cara más trágica y condenable. También ese 11 de septiembre se destruyó la concepción de la “vía pacífica”, aquella posibilidad aún no experimentada de cambios revolucionarios en democracia. Corvalán fue capturado y conducido a los centros de reclusión del régimen, hasta que en 1976 fue canjeado por un disidente soviético y enviado a Moscú. Mientras tanto, el PC asumió la interpretación soviética sobre el golpe chileno, criticando la falta de medios militares para defender la revolución y el exceso de confianza en la institucionalidad “burguesa”. La dureza de la dictadura -que hizo del anticomunismo el fundamento de sus políticas represivas- la destrucción del tejido social y los cambios en la misma composición del PC, entre otros factores, provocaron el viraje de la colectividad hacia formas armadas de lucha, contraviniendo su desarrollo histórico e hipotecando sus posibilidades futuras de integración política. La rigidez ideológica y la ambigua posición mostrada ante el proceso de transición a la democracia, sumadas a los intentos explícitos de exclusión del PC por parte de las fuerzas de centro y derecha, terminaron por sumir al comunismo en una posición de marginalidad durante los gobiernos de Concertación, a pesar de que hizo suyas banderas muy sentidas por la mayoría social, como la equidad, la profundización democrática y la defensa de los Derechos Humanos. Corvalán fue testigo y actor también de estos procesos, aunque quizás no con el protagonismo de otras épocas. Fiel a sus principios de obediencia partidaria, apoyó el “cambio de línea” y, desde Moscú, defendió la ortodoxia ideológica de la colectividad. La “vía pacífica” había muerto.

La vuelta al Parlamento del Partido Comunista a finales del 2009 parece implicar una nueva etapa en su ya casi centenaria vida. Luis Corvalán, ya retirado, alcanzó a observar con alegría ese suceso. El fin de la exclusión puede ser, también, la vuelta del péndulo hacia aquella constante histórica del PC interrumpida por la dictadura y sus consecuencias: bregar por la transformación profunda y progresiva de la sociedad a través de la integración en la institucionalidad democrática.

 

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