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El cambio ¿en la medida de lo posible?

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Aunque existe claridad y consenso en las fuerzas opositoras respecto de la necesidad de los cambios, subsisten divergencias importantes sobre la oportunidad, alcance y profundidad de los mismos. La razón es obvia: la mayoría de los cambios requeridos tocan aspectos sensibles del modelo de desarrollo vigente y afectarán poderosos intereses políticos y económicos existentes.

En todas las elecciones presidenciales pasadas, el tema del cambio o de los cambios ha sido un invitado de honor. Ha marcado presencia y su representación ha sido asumida alternadamente por moros y cristianos. En algunas elecciones la derecha tuvo la capacidad de apropiarse y representar la idea del cambio que históricamente había sido, desde el retorno de la democracia, una noción matriz de la centroizquierda. Viva el cambio fue el eslogan de campaña de Lavín el 1999-2000.Por su parte el 2009-2010, Piñera presentó su oferta de cambio poniendo el acento en una forma distinta de gobernar, en el cambio de la concertación por la alianza.

En las elecciones presidenciales del presente año nuevamente el paradigma del cambio tendrá un sitial importante. Claro que con particularidades y diferencias sustantivas respecto al pasado. Todo parece indicar que esta representación del cambio será asumida de nuevo por la centro izquierda, que se reconciliará con el seductor concepto. El progresismo volverá a nadar en aguas conocidas pero con mucho mayor oleaje, porque el Chile de hoy es distinto y más exigente que el de años anteriores. Nuestra sociedad reclama con urgencia la realización de importantes transformaciones en lo económico-social y en lo político-institucional. Es una característica –fuerza del nuevo ciclo. En los hechos, el trabajo de elaboración programática de los partidos de la concertación y de la oposición intenta rendir cuenta de esta realidad. Aunque existe claridad y consenso en las fuerzas opositoras respecto de la necesidad de los cambios, subsisten divergencias importantes sobre la oportunidad, alcance y profundidad de los mismos. La razón es obvia: la mayoría de los cambios requeridos tocan aspectos sensibles del modelo de desarrollo vigente y afectarán poderosos intereses políticos y económicos existentes.

La idea de una asamblea constituyente, por ejemplo, recibió en su momento de parte del senador Escalona la respuesta conocida de que no había que fumar opio. La propuesta, lejos de hacerse humo, sigue latente en el corazón y en la cabeza de varios de los partidos opositores. La declaración de Escalona no fue fortuita. Desde hace más de un ano que asumió el complejo rol de contención respecto de una concertación propensa a la dispersión y a la izquierdización de algunos de sus integrantes. Su discurso, dirigido a distintos tipos de auditorio, presenta, sin embargo, una constante. Alude a la estabilidad y a la auto disciplina. A los empresarios les dijo que “Bachelet es la única que puede garantizar los cambios que se necesitan, preservando la estabilidad del país“.

En reciente entrevista a La Tercera (3 de marzo) dirige su mensaje a la izquierda del conglomerado: “hay que hacer reformas necesarias sin caer en la aventura. Chile necesita cambios con estabilidad, si nosotros levantamos banderas o consignas maximalistas nos vamos a aislar, que es el viejo error de la izquierda. Luego agrega, refiriéndose a los programas, que “no se puede pensar que aquí cada cual va a hacer lo que quiera, que esto va a ser como una fiesta de disfraces en que cada cual va a llegar con el que mejor le gusta y tener las conductas que le viene en gana. Chile necesita una alternativa responsable de gobierno.” (El Mostrador 4 de marzo). Más allá del tono pintoresco, las palabras del Senador revelan la existencia de percepciones distintas en las filas opositoras respecto del estándar de los cambios en el programa del futuro gobierno. Cuales son necesarios e impostergables y cuales son posibles. El tema no es menor.

¿Cómo resolverán este dilema las fuerzas opositoras? No cabe duda de que los partidos opositores harán un esfuerzo de identidad común en torno alineamientos programáticos realistas y realizables (los cinco ejes). En este sentido, el acuerdo que se logre respecto de los cambios ya estará  morigerado, en primera instancia por la duración del periodo presidencial y en aras de la convivencia pacífica de las visiones de izquierda; del centro político y liberales progresistas que integran el conglomerado opositor. No es descartable, entonces, que la definición final del programa del nuevo gobierno trascienda a los partidos y se traslade a la candidata (pasando por el debate en las primarias).Hay indicios al respecto. El equipo cercano a Bachelet está recogiendo ideas, sugerencias y propuestas programáticas de otros actores, individuales e institucionales que no son los partidos. La propia candidata continuará el proceso cuando regrese al país. Es positivo porque Chile no son solo los partidos políticos y porque en el Chile de hoy la ciudadanía tiene mucho que decir en materia de cambios. Entonces el camino de formulación programática tendrá inevitablemente distintas fases, acentos y protagonistas. Habrá programas (de los partidos y candidatos en las primarias) y habrá un programa final (de la candidatura) que recogerá el aporte de los partidos, pero también de otros actores. Solo en ese programa final quedará definido el carácter y el alcance de los cambios. No antes.

Entre tanto persistirá interrogante. Hasta donde las consideraciones de gobernabilidad y de expectativas condicionaran un programa de cambios en la medida de lo posible. Parodiando a Escalona, tal vez la fiesta no será de disfraces y estará prohibido fumar.

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14 de marzo

Algunos puntos:

1) Llamar oposición sólo a la concertación ampliada (PCCh y una supuesta izquierda ciudadana) es censurar apriori a una parte importante de la izquierda que se está reordenando en un proyecto popular, como un Marcel Claude; Roxana Miranda, del partido Igualdad, y Gustavo Ruz de Defensa del Cobre.

2) Visto lo obrado por la Concertación en sus veinte años de gestión en el Estado, llamarla de centro izquierda me parece “demasiado”, ya que sin presentar gráficos ni nada, puedo decir sin ninguna duda que esos veinte años fueron los más capitalistas en extremo, superior a la dictadura miliar, que Chile ha vivido.

3) La Concertación, cabeza de la oposición institucional, no está capacitada en ningún aspecto como para asignarse el rótulo de “oposición” y menos para hacer los cambios radicales que este injusto país necesita con urgencia. Si no tuvieron asco en desnacionalizar la riqueza número uno de este país, EL COBRE, cómo harán para devolver la dignidad a ellos mismos, primero, y a la ciudadanía después, que en los noventa puso las manos al fuego por ellos y nos quemamos.

La Concertación está amarrada a los grupos económicos. Durante 20 años fue creando un monopolio empresarial que sólo trajo a la población pobre y media de este país ¡más pobreza! Mató la competencia, que tanto se jactan los capitalistas, para crear una verdadera dictadura totalitaria del mercado. Fueron de a poco eliminando los brazos del Estado, más todavía a lo obrado por la dictadura de Pinochet, y convertirlo en puente perfecta de la clase dominante para ejercer hegemonía: ¡El Estado Empresarial!

4) Citaré a Jorge González, músico chileno, las palabras que le indicó a Michelle Bachelet en un evento de música: “si sale presidenta y no cambia la Constitución; si sale presidenta y manda a matar a los mapuches, no se moleste, quédese donde está…”

Existe oposición que se organiza fuera de la concerta, fuera de Bachelet, fuera de toda la ralea social demócrata chilena que es neoliberal, con PCCh incluido y que pretende hacer lo que la Concertación nunca llevó a cabo en sus veinte años: JUSTICIA SOCIAL y empezar el camino de la igualdad social.

El país no resistirá otra chantaje “en la medida de lo posible”.

Saludos cordiales.

17 de marzo

Asamblea Constituyente

A estas alturas de la mascarada de una falsa democracia aliancertacionista en la que hemos vivido engañados y excluidos desde 1990, o sea, al menos desde la derrota de Eduardo Frei por Sebastián Piñera en las elecciones de 2009-2010 y que, para mí, representaron la última esperanza concertacionista de cambio político en serio, estoy convencido de que la única salida democrática y posible de la farsa en que vivimos, es la clara explicitación del desprecio ciudadano por las actuales coaliciones y la apuesta nacional por una Asamblea Constituyente.
En etapas previas a la actual, me parecía perfectamente legítimo y deseable el sometimiento a la ratificación ciudadana en un referéndum de una nueva Constitución que no necesariamente fuera redactada en una Asamblea Constituyente, pero tan avanzada ya y a pasos cada vez más acelerados nuestra decadencia cívica, en relación con nuestra propia historia, me parece que no cabe otra salida que la Asamblea Constituyente, sin perjuicio de que la propuesta constitucional que de ella provenga, también deba ser sometida al veredicto popular.

Asimismo, creo que deben darse ciertos requisitos, como que quienes integren la mentada Asamblea estén, por ese solo hecho, imposibilitados de postular a escaños parlamentarios en la primera legislatura del nuevo Parlamento que se cree, como también considero que si los actuales congresista tuvieran verdadera vocación de servicio público, como tanto proclaman a diestra y siniestra, debieran, por propia iniciativa, abstenerse de participar como candidatos de la próxima elección legislativa, dejando, así, espacio a caras nuevas, de la edad que sea, en vez de optar por la actitud cínica, mediocrizante e ineficaz, de poner límites a la reelección de los legisladores. Lo que debe existir en una democracia, no son límites, sino auténtica competencia, de modo que lo ineptos, que actualmente abundan, salgan a la primera de cambio y, por el contrario, aquellos que se destaquen en su labor de legisladores, puedan permanecer en el Parlamento todo el tiempo que el electorado les otorgue su confianza (Winston Churchill fue un buen ejemplo de este sistema meritocrático), pero sin fraudes electorales de por medio, como este verdadero sistema de cuoteo y empate forzado (33%=66%) que representa el antidemocrático sistema binominal.

17 de marzo

Yo creo que la clave para hacer más presentable, atractiva e imbatible la candidatura presidencial de Michelle Bachelet, estriba en que se presente con la misión y el mandato explícito de renunciar a la conducción del gobierno y reservarse para ostentar sólo la jefatura del Estado como presidenta de la república en un régimen de gobierno parlamentario, o sea, que la clave de su programa consista en el compromiso de cambiar nuestro régimen político, poniendo fin al presidencialismo actual. Si no, más vale que no se presente.

En los países con sistema de gobierno parlamentario, que representa el canon de la democracia occidental con expresión en los cinco continentes y la sola excepción de Estados Unidos y su patio trasero, el gobierno es ejercido por un primer ministro y su gabinete, que surgen del Parlamento y ante el cual permanecen responsables, de modo que si pierden la confianza de la mayoría parlamentaria, cae el gabinete gobernante y se forma otro con la nueva mayoría que se haya conformado en un Parlamento proporcionalmente representativo de la voluntad soberana.

De este modo, el gobierno dura lo mismo que la legislatura de 4 ó 5 años, sin perjuicio de que pueda repetirse en una nueva legislatura o bien haya de renovarse durante la misma. En otras palabras, el gobierno dura lo que dura la confianza que en él deposita la mayoría parlamentaria y, por tanto, siempre tiene mayoría para legislar conforme a su programa, sin empates artificiales y fraudulentos como los que provoca el binominal ni los consensos espurios a que conduce.

17 de marzo

El planteamiento reiterativo del senador Camilo Escalona en contra de la posibilidad de una Asamblea Constituyente, así como de cambiar nuestro régimen político presidencialista por un sistema parlamentario o semipresidencial, en el que el presidente de la república sólo conserva la jefatura del Estado, quedando el gobierno de la nación bajo la responsabilidad de un primer ministro y su gabinete, responsables ambos ante el Parlamento de la nación, se basa en una premisa falsa, cual es, afirmar el fracaso del régimen parlamentario que habría imperado en Chile entre la Revolución de 1891 y la Constitución de 1925.

Al margen de que nuestra historiografía haya maldenominado “Parlamentario” a tal período histórico, la verdad es que se trata de un denominación totalmente equivocada, pues lo que entonces se dio, no fue un sistema parlamentario, con un gobierno responsable ante un Parlamento y los mecanismos del voto de censura y voto de confianza, para ver ratificada o revocada la confianza de dicho Parlamento, depositario de la soberanía popular, en el gobierno en funciones. Lo que existió en Chile entre 1981 y 1925 no fue un sistema parlamentario, sino un régimen de asamblea, cuya mala fama ha servido para desprestigiar el sistema parlamentario de gobierno por una mera cuestión de denominación errada.

En derecho existe un conocido aforismo que dice, “Las cosas son lo que son y no lo que se dice que son” y lo cierto es que los chilenos jamás hemos gozado de un sistema de gobierno parlamentario. Nuestro mal llamado “Período Parlamentario” tenía tanto de tal como de democrática la desaparecida República Democrática Alemana, donde vivió el senador Escalona, quien, con su descalificación de un supuesto sistema parlamentario que nunca existió, parece haberlo imbuido la nostalgia por el asentimiento ciego a la autoridad (en este caso, de nuestros historiadores) y la falta de crítica que allí imperaba.

Hay que destacar que el sistema de gobierno parlamentario constituye el canon de la democracia occidental, sin perjuicio de que se extiende y funciona en los cinco continentes, con ejemplos que van desde Canadá a Japón o desde Israel a la India, pasando por toda Europa y las excolonias británicas. Nuestro presidencialismo latinoamericano, constituye la excepción en el concierto de las democracias del mundo, con la sola excepción de Estados Unidos y sólo se explica por nuestra condición de “patio trasero”. Como bien señaló al respecto don Andrés Bello, nuestro presidencialismo, afirmaba, constituía “una mala copia de Estados Unidos”.

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