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Desde las emociones: Una nueva construcción de democracia

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Cómo construir democracia o una nueva democracia que empatice con “lo nuevo”, entendido esto como la instalación de esperanzas  y sueños en el imaginario colectivo nacional, es el desafío pendiente de Chile. Actualmente,  ambos aspectos parecieran estar muy alejados de aquello que se considera como un modelo de convivencia político-social adecuado, en donde el objetivo central se sustenta en un marco teórico-práctico que sitúa al ”individuo” como un componente más de un sistema productivo.

La situación descrita empuja al despojo, o a lo menos intenta, de aquello que le es propio a las personas en tanto sujetos portadores de identidad, pues les aleja de los aspectos de la emocionalidad que ponen en valor su pasado, su presente y por cierto sus expectativas de futuro. Es en esto en lo que debemos reparar; entendiendo y valorando las emociones como vitales en la superación y crecimiento de un individuo con respecto a la sociedad y de ésta como conjunto (emociones colectivas). Aquello nos permite acercarnos, proponer y resolver desde  las percepciones de la realidad que no están presentes explícitamente en la lógica de construcción de política pública, pero que sin embargo, y en forma creciente, se constituyen en una nueva e inevitable demanda de bienestar social.

Internalizar lo indicado nos sitúa y tensiona a reflexionar sobre una realidad que no necesariamente habla de un salario justo o del acceso equitativo a los bienes y servicios de nuestra sociedad (entre otras demandas sociales de la agenda actual); más bien nos pone frente al desafío de pensar en aquellas claves que se basan en el sentido de pertenencia. Dicho de otra manera, el desafío es qué hacer como sociedad con aquellos cuyo único vinculo social-identitario común es ser chilenos, pero que en definitiva se encuentran “ausentes” de un relato que los integre.

Un debate político programático que oriente un nuevo gobierno debe necesaria y urgentemente enfrentar la fragmentación social que hoy vive el país, en donde el asistencialismo, muchas veces orientado desde el desconocimiento de las necesidades intrínsecas, inhibe o dilata en el tiempo el necesario y real objetivo de un buen gobierno, que es escuchar, entender, contener e integrar. Lo señalado, es la herramienta base para iniciar un proceso general de nivelación social, entendida ésta como la valoración de nuestras diferencias, creando nuevas  “claves” para un desarrollo con equidad.

Así, la política pública como instrumento soporte de este nuevo desafío debiese pensarse o articularse no sólo desde el conocimiento objetivo de la realidad, sino que además desde el conocimiento y análisis de la subjetividad de ésta, pues es en esta última esfera donde subyacen la percepciones emocionales del ambiente en que nos desenvolvemos, las que finalmente dan cuenta del estado de ánimo de una sociedad.

No basta pensar e implementar una determinada política pública desde la generalización de las necesidades de una comunidad, ya que esto carece de especificidad y conciencia de la diversidad. Es imperativo reconocer el conjunto de aspiraciones de un pueblo, pues es ahí donde nos encontramos con la prevalencia de la persona por sobre el individuo. 

A modo de ejemplo, cabe preguntarse a quién le pertenece actualmente el paisaje de nuestras ciudades; contraponer el valor de cambio del suelo urbano actual (mercado) a el valor de uso social de éste, es materia ineludible a debatir como respuesta a esta encrucijada.

El desarraigo y la segregación socio espacial que en la actualidad vive nuestro país en el ámbito ciudad, pareciera no ser vinculante con una reflexión que sitúe en el centro del debate político nacional el concepto de calidad de vida, entendida también desde los requerimientos supra materiales, como forma de aproximación  a una sociedad que incorpora la felicidad como primer motor de su desarrollo. Dónde han quedado nuestros barrios, donde nos saludábamos por el nombre y compartíamos nuestra vida por años, construyendo colectivamente identidad de lugar.

Esta indiferencia a la emocionalidad, entre otros, en la actual dinámica de nuestras ciudades, que valida y promueve una serie de obras indiferentes al bienestar espiritual, entendido como la experimentación del disfrute, la paz y la armonía con nuestro entorno. Y, en donde, lamentablemente, se constata una clara y desproporcionada  supremacía de la rentabilidad económica por sobre la rentabilidad social, a la hora de “hacer”, anulando la solidaridad de conjunto, como impronta de construcción de ciudad.

Observamos cómo la economía se dinamiza a través de la construcción de viviendas para los dos marcados estratos sociales de nuestro país, soslayando aspectos esenciales como los descritos, profundizando la polarización territorial entre aquellos que tienen menos en un extremo y aquellos que tienen más en el otro, desdibujando y atentando contra la integración social. Un dato: mientras la comuna de Vitacura posee cerca de 18 metros cuadrados de áreas verde por habitante, la comuna Pedro Aguirre Cerda alcanza tan solo 1,2 metros cuadrados por habitante, muy por debajo de los 9 metros cuadrados que postula la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los 15 por habitante que indica las Naciones Unidas.

Lo señalado agudiza fuertemente el sentimiento de abandono y de injusticia de los más desposeídos como contrapartida a la indiferencia, por emplazamiento y dotación de aquellos que no corren la misma suerte. Situación similar ocurre con los espacios públicos, cuya valoración es inconsistente a la hora de entender éstos, como un escenario alternativo que aporta a “la mitigación” de los deterioros  y carencias existentes en los espacios del habitar privado y en donde desde un concierto amplio de construcción ciudadana, se profundiza nuestra democracia.

Una adecuada reflexión sobre las inconsistencias planteadas, paradigma de muchas otras, por cierto, nos permite constatar la “desafectividad” (ausencia de afecto) del Estado y del modelo para con nuestra sociedad y particularmente con los más desposeídos de ésta. La tristeza, la desolación, la angustia y el abatimiento, son emociones que se instalan en el sentir de un pueblo, conjugando peligrosamente el sentimiento de resentimiento como amenaza a la paz social de nuestro país. De ahí la importancia y la urgente necesidad de propender a vincular ciudadanía y política desde  los  afectos.

Mirar desde esta nueva perspectiva nuestro futuro, indudablemente nos puede llevar a recrear un país más justo, solidario y democrático… ese es el desafío final que conlleva la instalación de la esperanza y los sueños de un mejor mañana, donde por cierto las emociones vinculadas a los afectos, deben de cumplir un rol protagónico.

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14 de agosto

Uff… Menos mal que lo dijiste… Con todo ese cantinfleo me queda claro lo que se debe hacer, pero, la duda que me queda es si acaso todo lo que dijiste ¿quiere decir que necesitas un amigo o acaso cariño de parte del Estado?…

Disculpa que bromee, pero, lo que has dicho resulta difícil de comprender si suponemos que todo ello se debe traducir en la creación de determinadas políticas, por lo tanto, mi pregunta es, para reflexionar un poco más en el tema, ¿qué políticas crees tú que deben ser emprendidas de forma de satisfacer la visión que presentas?…

solopol

15 de agosto

Ah o sea todo tiene que venir del estado, el estado tiene que implementar politicas, o sea no se puede hacer una columna de opinion para hacernos pensar o reflexionar, entonces la democracia no es una construccion de todos sino del estado, creo que hay mas tematicas que simplemente la economia o lo monetario, para eso hay cientos de columnas, no creo que adam smith haya sido tan terriblemente mal conversador como sus defensores.

17 de agosto

Que pregunte por “las políticas que pudiera proponer una persona”, supone, implica o entraña que es un planteamiento de una parte de la ciudadanía, no del Estado…

Por lo demás, la democracia no puede ser “una construcción de todos”, porque no tenemos democracia en el país, sino que una dictadura de los partidos políticos que conforman la mafia política y económica, separada en cada una de sus sectas de derecha, tales como la derecha socialista, la derecha democratica, la ultra derecha, la derecha radical, la derecha cristiana, la derecha comunista, la derecha progresista, la derecha de renovación, la derecha demócrata popular, etcétera, las que puedes reconocer por sus ridículas banderas añejas e inútiles y que no sirven para más cosa que señalar donde terminar las aspiraciones de poder de unos y comienzan las de los otros…

solopol

17 de agosto

Es interesante esta columna porque básicamente la economia y la politica se lo han comido todo, especialmente la politica concebida como una lucha por el poder. Y porque pienso que definitivamente hace muchos años no se habla de otra cosa, antes se podia hablar del ser humano o de lo social sin necesariamente tener que parcializarse por una opcion politica. Hoy es todo lo contrario, es como que tienes que pedirle permiso o a la politica o a la ciencia economica para opinar. Tienes que “estar informado”, que es como decir que para opinar del primer hombre en la luna tienes que saber de cohetes espaciales. Las tematicas se han perdido, nos hemos vuelto una sociedad agresiva y monotemática, mucho más de lo que siempre fuimos.

Tatiana

20 de agosto

Parto por entender, de la lectura del texto, que el Estado y las políticas públicas, son sin duda protagónicos al hablar de lo que queremos como país. Agrego además, que no son entes autónomos, ni figuras omnipresentes, son más bien, o así debieran serlo, reflejo de las necesidades y las formas que toma cada sociedad. En ese contexto, comprendo que uno (y no el único, pues en ninguna parte así lo dice) de los enfoques para pensar el mundo es perfectamente la política. No es cariño por parte del Estado lo que necesitamos sino que éste se haga responsable de lo que le corresponde como tal y para ello, su estructura debe humanizarse y por qué no, emocionarse.
Para aprovechar la instancia de debate, aprovecho de comentarle a R.A. que cuando asevera que “no tenemos democracia en este país” de un modo u otro, hay coincidencia con lo planteado en el texto, pues al volver a mirar el inicio del documento, se dará cuenta que la base argumentativa de éste, invita a revisar la democracia o incluso pone en cuestión su existencia. Esta es la única manera de que se genere un plexo de paradigmas nuevos, donde las personas entendidas como colectivo social vivo, estén sobre los individuos, entendidos como una suma partes que no logra constituir un todo sino más bien una diáspora de intereses particulares que van mutando y transformándose hacia el bien individual.
Para mí es muy claro que la democracia es una construcción de todos, así como la paz, la solidaridad, la justicia y todos aquellos universales tan esquivos hoy en día. Si no estamos todos, no hay forma de adhesión, ni aceptación, ni adscripción simplemente nos volvemos observadores, críticos y escépticos. En este punto rescato sobre todo lo emocional, enfatizado y ejemplificado en el documento. Son los sentimientos y los compromisos, más allá de lo que está escrito o inscrito normativamente, los que nos encaminan hacia una nueva forma de vivir y convivir. Es por eso que me atreví a aceptar la invitación del autor, a reflexionar desde un prisma distinto el país en que vivimos.

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