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Democracia y política: políticos en crisis

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Tengo la impresión de que la calle real y virtual ha hablado y lo ha hecho con elocuencia. Ahora es el turno de que la clase política se ponga los pantalones –o las faldas si ese es el caso– y se atreva a representar a quienes quiere representar.

Don Ricardo Lagos habló en su última columna en El Quinto Poder de un descrédito de la democracia y la política. Creo que es necesaria una precisión hecha desde abajo, desde ese ciudadano medio informado por los medios, las nuevas tecnologías y las viejas bibliotecas. No es que se haya dejado de creer en la democracia, sino más bien que hemos dejado de creer que vivimos en una democracia.

Dejar de creer en la democracia implicaría que estaríamos dispuestos a cederle el poder autócratas tales como el dictador Pinochet y que habría gritos tales como “mano dura” o algún otro que se me escapa de la década de los ochenta –y que tal vez mi memoria ha elegido no reproducir. Sin embargo, no es eso lo que está ocurriendo, sino exactamente lo contrario: la calle en pleno pidiendo participación ciudadana en temas tales como la educación y la salud. Eso no es una crisis de la democracia, sino que es democracia en pleno ejercicio.

Me imagino que el ex-presidente se refiere, entre otras cosas, a los enormes grados de abstención que se registran en Chile y en muchas democracias occidentales –en Estados Unidos históricamente solo vota entre el veinticinco y el treinta por ciento de la población con derecho a voto. Esto último puede deberse a que simplemente las opciones en competencia no representan los intereses de los electores.

Hablar de la política es hablar de algo demasiado amplio, especialmente fuera del aula. El descrédito no es simplemente de las instituciones, sino principalmente de una clase política que parece pactar, negociar y discutir acerca de cuestiones que no representan al electorado o que llega a firmar acuerdos aún en contra de los intereses del pueblo. Lo dicho no es una presuposición de mala fe, pero aparentemente las cuestiones planteadas por la así llamada real politik no tienen nada de real para el ciudadano de a pie.

El ciudadano de a pie ve como se ceden los recursos naturales, las franquicias comerciales y los privilegios tributarios a grandes empresas nacionales o extranjeras. Quien quiera que haya sido PYME alguna vez en su vida sabe como el Servicio de Impuestos Internos le timbra las facturas de a cinco, obligándolo a pegarse horribles plantones de varias horas para timbrar. La explicación del servicio es que el contribuyente puede hacer mal uso de las facturas, con lo que confiesa que nos trata a priori como a delincuentes, al mismo tiempo que los verdaderos grandes infractores –como Johnson’s– reciben perdonazos obscenos por parte de la autoridad.

Es imposible que el ciudadano común y corriente crea que tales instituciones representan sus mejores intereses. Contrario a la opinión de los personeros que, por ejemplo, mintieron descaradamente en el censo, la gente no es tan estúpida como ellos creen. Todo ciudadano sabe que después de que los políticos consiguieron los votos de la gente, no volverá a verlos hasta poco antes de la próxima elección y que no recibirá ninguna explicación acerca de sus acciones en el marco institucional. Eso no es democracia visto desde abajo y eso no motiva a participar.

El paso para una nueva participación del electorado chileno pasa por derogar las instituciones de la dictadura como el sistema binominal y la constitución de Pinochet. Es el sistema binominal el que “obliga a lograr consensos parlamentarios” en los que la élite política genera un entendimiento que excluye al resto de los ciudadanos. El triunfo de Sebastián Piñera no se explica por un súbito vuelco a la derecha del pueblo chileno, sino porque las líneas entre la derecha y la izquierda se diluyeron y todo se vio igual.

Afortunadamente, ha sido la propia derecha la que se ha encargado de volver a demarcar la línea y mostrarnos su verdadero rostro clasista, racista, sexista, supersticioso, exclusivo y excluyente. La negativa al aborto terapéutico por razones supersticiosas –o religiosas, lo que para el caso es exactamente lo mismo–, el recetario de Lavín, los “sueldos reguleques”, su horror ante el matrimonio igualitario, su apego dogmático al lucro y otras acciones y declaraciones los han retratado tal como son. Al otro lado de esa línea, sin embargo, no aparece la antigua Concertación, sino grupos de ciudadanos en plena calle a quienes al parecer nadie de los partidos hegemónicos de la Concertación se atreve a liderar ni satisfacer, mientras que Carabineros les lanza chorros de agua, balines de pintura y bombas lacrimógenas prohibidas en las democracias desarrolladas.

Son grupos, partidos y líderes minoritarios los que recogen las demandas del pueblo –decir ‘la gente’ es demasiado neutral y aséptico– pero tales grupos no parecen tener una verdadera oportunidad de llegar a la Moneda, sino que son candidatos que simplemente se postulan para “proponer temas” mientras que aquellos que cuentan con los medios y el apoyo para ganar se muestran cautelosos frente a los poderes fácticos en su juego de real politik–un juego que desde abajo se ve feo.

Desde aquí abajo, no es que no creamos en una democracia, sino que simplemente no vivimos en una. La autoridad parece representar constantemente a otras personas mientras que nosotros tenemos que rascarnos con nuestras uñas, luchando incluso contra esas instituciones del Estado que se supone que están para servirnos, pero que en cambio no hacen más que llenarnos de trabas burocráticas que nos hacen la vida aún más difícil.

Tengo la impresión de que la calle real y virtual ha hablado y lo ha hecho con elocuencia. Ahora es el turno de que la clase política se ponga los pantalones –o las faldas si ese es el caso– y se atreva a representar a quienes quiere representar. El primer paso es la eliminación de la institucionalidad pinochetista que nunca tuvo por objeto representar a nadie más que la clase dominante de este país. Tal vez así Chile vuelva a transformarse en nuestro país y tal vez así participar por canales oficiales como el sufragio vuelva a parecernos con sentido.

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