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Del voto duro al voto programático

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Un votante disciplinado a todo evento tiene grandes posibilidades de no ser un ciudadano crítico, entendido aquel como el que reflexiona no sólo sobre su entorno social sino que es capaz de escrutar el propio sistema partidario en el cual está inmerso.

Desde la militancia partidaria, desde todo aquel que se siente protegido bajo las verdades que esparcen sus líderes políticos, no se entiende el voto indisciplinado. Rebelde. Desobediente. Se aborrece de ese elector que, para adherir a un candidato, idea o programa, exige que le convenzan con argumentos más que a pura fe.

Es así que el establishment político ha venido calificando de díscolo a aquel ciudadano que se escapa del cerco partidario. Es este un mote estrenado hace algún tiempo para referirse en forma despectiva a aquellos parlamentarios que navegan contra la corriente de su coalición o colectividad, buscando el camino legislativo propio. Memorables son las discusiones sobre el derecho de los congresistas a seguir los postulados de su conciencia en el cumplimiento de sus roles y, por tanto, su autonomía para votar en el sentido que estimen pertinente en el caso de proyectos de ley u otras materias en el ejercicio de sus atribuciones.

Hasta hoy los que consideran legítimo sancionar a quien cambia de opinión político partidista han tenido algunos logros. La Ley Anti Díscolos (más precisamente la norma sobre “el plazo de renuncia a un partido político para presentar candidaturas independientes” que fuera publicada en octubre de 2011) es un claro ejemplo al aumentar a nueve los meses para que cualquier militante renuncie a su partido y pueda postularse como independiente en la elección más próxima.

Es posible que en algunos casos (tanto de renuncias, como de votaciones en el Congreso y preferencias electorales) no sean precisamente los mandatos de la conciencia los que definan determinada decisión sino más bien el oportunista interés particular, que ve en el desmarque una buena forma para destacar o acceder a “mejores oportunidades” en el mercado laboral político o estatal.  Es posible.

Sin embargo una pregunta legítima también es saber si un adherente a todo evento (tanto el que tiene libreta como el simpatizante duro), que sigue religiosamente las directrices del partido o coalición, es sinónimo de ciudadanía crítica. Duda válida cuando lo que uno esperaría en materia de decisiones electorales es que provengan de la reflexión más que de la obediencia no racional. Del análisis sobre cómo determinado candidato o programa me representa, cómo se hace cargo de mis convicciones.

Lo cierto es que en un sistema de partidos centralizados, sin regulación efectiva del dinero (de empresas y militantes con casi ilimitados recursos) en la democracia interna y con algunos vicios de autoritarismo y caudillismo, la respuesta pareciera ser negativa.  Un votante disciplinado a todo evento tiene grandes posibilidades de no ser un ciudadano crítico, entendido aquel como el que reflexiona no sólo sobre su entorno social sino que es capaz de escrutar el propio sistema partidario en el cual está inmerso.

La respuesta que en ocasiones se ha dado para la desafección político partidista, en el sentido de que esta se generaría por una suerte de “peste” propagada por el “sistema individualista y consumista neoliberal”, no calza del todo.  En algunos casos –apelo a que sean cada día más- se trata de indisciplina relacionada con el voto programático más que con el desinterés u oportunismo.  Es ese ciudadano que opta sobre la base de los compromisos que los candidatos realizan y que siente están en sintonía con sus convicciones.

Pero aún falta mucho por avanzar.  Todavía queda bastante voto cautivo. Ese que independiente que la coalición con la cual se siente cercano proponga un candidato o programa años luz de sus anhelos, le dará su preferencia. A esto los partidos le llaman responsabilidad o coherencia política.  Sin embargo a veces no es más que falta de autonomía reflexiva al momento de tomar decisiones electorales.  Algo que a cualquier ciudadano que se precie de tal le debe generar más de alguna sospecha.

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Antonio Horvath, un reverde con causa | El Quinto Poder

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[…] hace mucho hablé de la desconfianza que me produce el voto duro. Ese que independiente del programa o la propuesta, se inclinará indefectiblemente por el […]

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