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Contra el voto obligatorio

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 Hace algunos días atrás Daniel Bello publicó una entrada sobre la reforma electoral en ciernes, y su apoyo al establecimiento de la obligatoriedad del voto. La razón principal de Daniel es que el voto obligatorio garantizaría la participación de todos. La ley velaría por la salvaguarda de un derecho que también es un deber.

Mi oposición al voto obligatorio se basa en tres puntos.

(1) El voto obligatorio implica castigar la libertad de pensamiento y acción, lo cual está lejos de un verdadero espíritu democrático. El voto obligatorio vicia la democracia: en el mejor de los casos es paternalismo; en el peor, miedo a la voluntad popular.

(2) El voto obligatorio criminaliza la protesta. Si me abstengo o anulo (cosa que personalmente ya hago) sigo participando en el sistema. Rehusar participación es rehusar la discusión, in toto. Quienes proponen la obligatoriedad como modo de crear una democracia más legítima están respondiendo la pregunta equivocada.

(3) El voto obligatorio forzaría a los chilenos a dar legitimidad a un sistema autoritario y antidemocrático: el sistema político de Pinochet. El sistema de Pinochet carece de legitimidad hoy. ¿Cuál es la proporción del padrón electoral en relación a la población adulta? ¿Cuánta gente decide simplemente no participar? Y aún más importante, ¿cuánta gente no puede participar, y de qué modo ese impedimento refleja la exclusión estructurada en nuestro sistema?

La exigua participación en el sistema electoral chileno tiene bastante poco que ver con flojera o falta de cultura cívica. En Chile existen niveles altísimos de politización. La pregunta que quienes proponen la obligatoriedad del voto no responden es, por qué esa politización no se refleja en participación en el voto. 

La razón por la cual tanta gente de la izquierda concertacionista tiene problemas con la abstención electoral es porque como interrogante lleva necesariamente a preguntarnos sobre los problemáticos orígenes del sistema político imperante. Estas son preguntas que la Concertación nunca pudo (ni quiso) contestar, y que llevaron a su fin. La respuesta al problema del abstencionismo electoral es, denle razones a la gente para votar. No es solución el forzar con la ley un voto desinformado y deslegitimado.

Necesitamos el fin de la democracia de elite. Y eso conlleva abrirnos a la noción de una democracia de masas, algo que sólo se puede dar a medida que tanto el Estado como actores de la sociedad civil velen por una mayor participación de la población en el proceso electoral.

A nivel de políticas públicas, el tipo de reforma que se necesita es una liberalización completa del proceso electoral. Esto pasa por la inscripción automática, la flexibilización del documento de identidad, la flexibilización de los locales de votación, la descentralización, desmilitarización y profesionalización del proceso de voto, entre otras.

Finalmente, es cuestión de crear incentivos a la participación, ¡no más castigos e impedimentos! En su forma más radical, esto implica reconocer el gasto de tiempo y dificultad que significa informarse y participar en el proceso -por ejemplo, la dificultad en llegar al local de votación- a través de la implementación de un bono o exención tributaria por el voto.

La izquierda chilena le tiene que perder el miedo a la democracia. Eso significa abandonar una posición "ilustrada," paternalista, basada en el lenguaje de derechos y deberes, y pensar las condiciones materiales en las cuales el proceso democrático se desarrolla.

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Foto: Gentileza de RubyJi @ Flickr.com

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Comentarios

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pablo-toro

25 de mayo

Estimado Íñigo: me parece muy interesante tu planteamiento, aunque no lo comparto. Entre los argumentos que usas para fundamentar tu oposición a la obligatoriedad del voto, me parece notar algunos vacíos. Acerca del primer punto, no veo de qué manera el voto obligatorio puede “castigar la libertad de pensamiento y acción”: el hecho de convocar colectivamente a ciudadanos y ciudadanas a hablar aunque sea por un solo momento un mismo lenguaje (el electoral), dejando de lado la celebrada cacofonía en que nos encierra el mercado, no creo que sea un acto de castigo. Más bien, me parece un espacio productivo, en tanto genera las condiciones para que, por presión, se dote de contenido real a la democracia (en esas condiciones sí, igualitaria, en el “una persona, un voto”), fortaleciendo iniciativas, movimientos, cambiando los partidos existentes, etc.
Respecto a lo segundo, no percibo dónde puede estar la criminalización de la protesta. Más bien veo que, con el voto voluntario, la protesta se convierte en algo evanescente, difícilmente clasificable en términos políticos y, por ende, improductiva en ese horizonte específico. Si te abstienes o anulas sigues participando en el sistema, dices…entonces ¿cuál es el problema? Anular me parece una opción legítima en una elección precisamente porque marca una actitud de parte de quienes están “adentro”. Si estás “afuera”, no existe señal. ¿O sostienes que quienes no votan transmiten algún mensaje específico con esa acción? Dudoso…
Lo tercero me parece más débil aún: echarle la culpa a Pinochet y sus hermeneutas concertacionistas es depender demasiado de los pesos del pasado. Me parece una posición muy pasiva, que merece ser criticada y superada. Precisamente Pinochet y sus boys diseñaron un escenario de voto voluntario disfrazado, apuntando a la despolitización. Tu propuesta, así como la de quienes ven en el voto única o principalmente un derecho (“un bien”, digámoslo en neoliberal), terminaría por completar (desde el paradójico locus del progresismo) el sueño pinochetista y autoritario de una ciudadanía mínima.
El supuesto de los altos niveles de politización es más que discutible: ¿qué fundamentos hay para sostener esa afirmación? Dado el “recreo” que, desde el punto de vista de lo que los siúticos llaman accountability, han tenido los partidos políticos gracias a un marco legal tan pobre como el actual (voto semi voluntario, primarias de papel y binominal), es difícil concebir esa dimensión de politización, sin perjuicio de las expresiones que en otros ámbitos se dan, pero que no tendrían porqué plantearse esquizofrénicamente como incompatibles.
El problema del paternalismo que señalas me parece que es bastante menor. La premisa puede ser leída de otra forma: hay un paternalismo más agudo todavía en aquella concepción que reserva solamente para unos “capaces” (los que votan, desde su “libertad” y “derechos”, subsidiados por su capital cultural y social de entrada) el ámbito de las decisiones sobre lo público-institucional, mientras la “periferia” está “invitada” a ese ámbito (pero es eso: invitada, huésped, extranjera).
Uno de tus últimos puntos me parece más criticable. Más allá del debate de liberales y comunitaristas, se entiende que hay ciertas premisas sociales que hacen factible la convivencia. En ese sentido, mercantilizar las expresiones de la participación electoral ciudadana (que no tiene que ser comprendida como una mera “prestación de servicios”, creo, si no más bien como un acto colaborativo, me parece deprimente. Señalas que “en su forma más radical, esto implica reconocer el gasto de tiempo y dificultad que significa informarse y participar en el proceso -por ejemplo, la dificultad en llegar al local de votación- a través de la implementación de un bono o exención tributaria por el voto”. De ahí a volver al siglo XIX y el cohecho o volver a experimentar las prácticas políticas del evergetismo romano no hay mucha distancia…
Finalizo agradeciéndote por el espacio que has abierto con tu opinión, que espero que reciba comentarios interesantes e iluminadores.
Saludos ciudadanos!

25 de mayo

Hola Pablo. Gracias por tu comentario.
En cuanto al primer punto, déjame hacer notar que tu contrargumento refuerza lo que ya expuse. Podemos tratar de justificarlo como desees, pero el voto obligatorio es por definición coercitivo. Fuerza a la gente a participar en un sistema del cual no necesariamente desea participar. Puedes argumentar que es necesario, que sólo así garantizas la participación –lo que es enteramente discutible -, pero su costo último es implementar un castigo, a la libertad de acción y pensamiento, lo que es, desde mi perspectiva completamente opuesto a una verdadera democracia abierta, participativa, y masiva.
Segundo: el voto obligatorio sí criminaliza la protesta. Porque como ya expliqué, el abstencionismo electoral (que es absolutamente distinto del voto blanco o nulo) es una protesta contra el sistema o debate completo. Es una voz importante, que llama a la regeneración y reimaginación del significado de la democracia. Es algo que debemos preservar por cuestiones de higiene política.
Tercero: No le estoy echando la culpa a Pinochet de nada. Aunque como indicas el sistema electoral actual fue definido en dictadura y se ha mantenido así. (Si alguien tiene la culpa de algo, sería la Concertación que con veinte años de gobierno se abstuvo por conveniencia y miopía de pasar reformas políticas, pero eso es harina de otro costal.)
Mi punto es que el sistema electoral actual es restrictivo y autoritario. No es democracia popular: es democracia elitista. Hay gente que lo percibe así y prefiere no participar de ella. La combinación inscripción automática y voto obligatorio fuerza a aceptar este sistema con su constitución antidemocrática como algo legítimo.
El énfasis acá es en la creación de la democracia de masas, no en la falsa dicotomía comunitarismo/liberalismo. Desde una perspectiva materialista, el voto no es ni derecho ni deber. Es un objeto, una herramienta que yo uso para participar (en el sentido amplio de la palabra) en el proceso cívico.
Partimos de la misma idea, ampliar el padrón electoral. Pero el tipo de democracia al que tú apuntas, se basa en una noción completamente obsoleta de representación política. Yo estoy hablando de garantías para una democracia masiva basada en la idea de participación, no en la idea de representación.
Finalmente, reducir mi argumento sobre incentivos a una cuestión de cohecho… lo siento, ni lo voy a considerar porque ese tipo de insultos sólo vuela cuando se llega a los límites del argumento racional.
Saludos.

29 de mayo

Iñigo, copio a continuación un comentario que escribí hace un par de días a raíz de la discusión generada por mi artículo.

Abrazos,
Daniel

Estimados, ha sido es un verdadero gusto leer vuestros comentarios. Gracias a todos por contribuir a la discusión.

Estoy de acuerdo en que puede –aparentemente- resultar un sin sentido votar cuando las opciones parecen ser malas copias de un original indeseable, quizá con “pequeñas” diferencias: un poquito más de Estado, un poquito menos, más o menos mercado, etc. Sin embargo, resulta que si nos restamos del proceso lo único que logramos es petrificar esta realidad monocromática. En países donde el ausentismo es elevado la clase política suele decir “la gente no vota porque está relativamente conforme con el sistema”. El no participar del proceso eleccionario no constituye un gesto político relevante, es más bien una acción individual indescifrable en términos sociales, que en nada contribuye a generar transformaciones.

También estoy de acuerdo en que la democracia de élite no se termina con el voto voluntario, ni con el voto obligatorio. Pero resulta que, a diferencia de lo que señala Íñigo, el voto voluntario genera –como demuestra la evidencia- una mayor elitización del electorado. Sabemos que, proporcionalmente, más ciudadanos de Las Condes, La Dehesa o La Reina van a acudir a las urnas que de La Pintana, Pudahuel o Cerro Navia. Esa es la realidad a la que hago referencia cuando hablo del sesgo de clase que el voto voluntario introduce. Este hecho finalmente genera consecuencias en las políticas públicas, y en la agenda legislativa, que termina trabada por fuerzas conservadoras.

En respuesta a la pregunta ¿por qué interesa tanto que la población vote?, debo decir que al menos mi interés se vincula al hecho de que el voto del conjunto de la población –propiciado por la obligatoriedad- elimina tal sesgo de clase, lo que a la postre contribuye a democratizar las políticas públicas y dinamizar las transformaciones de las estructuras normativas.

Además –complementando la respuesta-, soy un convencido de que tenemos aún mucha república por construir. Somos parte de una nación en gestación, de una sociedad que perdió mucho en cuanto a cohesión social y unidad durante la dictadura, que se atomizó, y hoy es más un agregado de individuos -por cierto muy poco politizados- que un colectivo. Esa no es la sociedad que quiero para mis hijos. Para transformarla necesitamos revalorizar los espacios públicos y republicanos por excelencia, como la escuela, que debería (re)constituirse en el lugar de encuentro del Chile diverso. Pero además de eso, creo que debemos, todos, asumir compromisos y responsabilidades que contribuyan a gestar un nuevo espíritu comunitario, y a degradar el individualismo extremo que nos corroe. La obligación de concurrir a las urnas es un esfuerzo mínimo en este sentido.

Si me preguntan –aunque no creo que muchos lo hagan después de esta declaración- soy partidario de medidas más extremas y decididas en pos de los objetivos enunciados, como por ejemplo instaurar un servicio civil obligatorio en el que confluyamos trabajando para la comunidad, ojalá en áreas distantes del lugar de residencia, comunas apartadas, sectores rurales o urbanos disímiles del que acostumbramos transitar. Muchos estarán en desacuerdo pero, desde mi visión, este tipo de medidas son necesarias para construir un verdadero espíritu nacional.

Por cierto, creo que fomentar la participación mediante mecanismos directos es fundamental, pero suele ocurrir que ante la ausencia de motivación, o falta del espíritu comunitario o nacional señalado, los espacios participativos terminan siendo cooptados por grupos de interés. El óptimo –a mi parecer- es encontrar las justas complementariedades entre aquellas fórmulas que contribuyen a la construcción nacional –incluyendo la obligatoriedad del voto- con las que permiten ampliar los ámbitos para que los ciudadanos deliberen.

Espero que mantengamos este gratificante y fértil diálogo. Muchas gracias a http://www.elquintopoder.cl por brindarnos el espacio idóneo para desarrollarlo públicamente.

Abrazos,
Daniel Bello

29 de mayo

Hola Daniel! Gracias por tu comentario (O nueva entrada? Quizás valga la pena ponerlo arriba?)
Entiendo que tienes tres puntos.
1. En cuanto a la concentración del voto en sectores acomodados, evidentemente es un problema ya. Pero el problema de la concentración de voto no se resuelve ni con voto obligatorio ni el voto voluntario. De hecho, como he intentado demostrar en mis contra argumentos a tu columna, implica problemas que son difíciles de ignorar.
2. En cuanto a la abstención y su función dentro de la higiene política. Defender la abstención es una posición incómoda. Pero es cuestión acá de sentar las bases para una nueva cultura cívica. Tenemos la oportunidad de cambiar radicalmente el horizonte de lo posible.
El problema es, cómo hacer que la gente quiera participar. Puedes hacerlo imponiendo un castigo, como en el caso del voto obligatorio, o puedes plantear un beneficio (temporal o permanente) que ayude a crear “buenos hábitos” cívicos.
En todo caso, la pregunta de las preguntas, las razones del abstencionismo, como bien indicas, no tiene respuesta inmediata. ¿Cómo haces que la gente participe, cuando tienes una clase política tan re charcha, incapaz de hablar al electorado? (Especialmente y esencialmente el caso de la “centro-izquierda” chilena, en un país con marcadas simpatías de izquierda.) En gran parte la responsabilidad es de los políticos, que no ven que el inspirar participación es parte de su trabajo. También es culpa de una sociedad civil complaciente, que recién hoy comienza a ver la necesidad de movilizar gente=votantes como parte de su labor.
3. En cuanto al problema de la cohesión… No me gusta pensarlo como “pertenencia nacional.” Da para mucho, pero me basta indicar que la noción de comunidad nacional no es obvia. La re-creación, reproducción o reinscripción del mito nacional es en extremo problemático y ha servido como piedra angular en la opresión de quienes no pueden/quieren ser parte de ello.
Sí lo sé, soy incendiario. Lo siento ; )

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