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Bielsa: cuando el trabajo bien hecho no vale una misa

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El desplazamiento de Mayne Nicholls de la administración de la ANFP, vía elecciones de Directorio, y la acción soterrada de los poderes fácticos en su resultado, vienen a poner en entredicho la inocencia del slogan de gobierno que vende “el trabajo bien hecho” como un afán propio y único de su administración, puesto que el de Bielsa y Mayne Nicholls era -por cierto- un trabajo muy bien hecho, aplaudido y acreedor a permanecer en el tiempo. En el entendido de que hay fundamentos incontestables para sospechar la intervención del Presidente de la República en este affaire – por sí o por mano mora-, no es posible sustraerse a la frustración que produce comprobar la eliminación de quienes encabezaron un proceso exitoso, como nunca ocurrió en la historia del balompié chileno desde la gestión mundialista de 1962, 48 años antes.
 
La crisis se desata cuando era dable la continuidad normal de un proceso bien realizado, y cuando sus protagonistas se mostraban más allá del halago y la conveniencia personal en el ejercicio de sus tareas, como aconteció siempre en la gestión de estos dos hombres. Serios y distantes; trabajadores incansables e incorruptibles en la esfera ética de sus responsabilidades, se vieron enfrentados a la conjura de un grupo de representantes de los clubes más poderosos, para sacarlos del camino por no convenir a sus intereses particulares, en odiosa oposición con el bien general y la opinión mayoritaria del país. Lo revelan las encuestas de opinión y las declaraciones de hinchas, deportistas, trabajadores y dueñas de casa, manifestando su desánimo por la renuncia del entrenador de su selección. A través de los medios, se han sumado las opiniones de intelectuales, políticos y profesionales de distinta procedencia ideológica, coincidentes en que se ha cometido la mayor de las inconsecuencias conocidas en la historia de la gestión deportiva.

Para las masas será imborrable la conspiración que hizo posible la renuncia de un hombre probo, trabajador y exigente como Marcelo Bielsa, frustrando así un gran proyecto. Como dijo el pensador cristiano Romano Guardini, “la magnitud del poder se impone más enérgicamente a la conciencia cuando destruye”.
 
De este espectáculo se puede inferir que, lo del trabajo bien hecho es una falacia creada por el gobierno del Presidente Piñera para representar que sólo el trabajo suyo y el de sus empleados tiene valor. Una falacia, porque al enfrentarse con el trabajo bien hecho del otro distinto, surge la aplanadora del poder para hacerlo desaparecer de un plumazo, como si los deseos de la mayoría ciudadana no tuviesen ningún valor. Esto, que tendría la lógica natural de la lucha de intereses, se tiñe además de la sospecha de la venganza, que según datos objetivos, respira en los oscuros pasillos de la política contingente.
 
Aparte de ser una simulación mediática mentirosa y sin sustento, la idea del trabajo bien hecho enarbolado por la coalición gobernante no es otra cosa que una buena oportunidad para hacer negocios. Algo así como: “mediatizado por nosotros usted siempre gana”. Sin embargo, allí donde prevalece el signo contrario a la hora de apreciar la labor limpia, eficiente y sanadora de los vicios y traumas del deporte chileno, no podemos menos que identificar, en beneficio de la verdad y de las buenas prácticas, la labor de Marcelo Bielsa como el colofón a que deben aspirar las nuevas generaciones de deportistas chilenos.
 
Jugándosela por los espacios que definitivamente le serían esquivos más tarde, Bielsa nos traspasó un mensaje de vida en torno a la expresión social de una alegría ciudadana tan intensa y extendida como es el fútbol. Necesitaba transmitir su visión política de las responsabilidades del cargo que le tocó encabezar. Visión que tiene mucho de testamento político, porque invita a vestirse de una verdadera cultura del hacer para transformarla en realidad. Esto, por la necesidad de sacar al fútbol chileno de su eterna mediocridad –tal como se le solicitó al momento de su contratación. Para ello, el maestro argentino llegó apertrechado con un rico caudal de ideas base, ya no sólo de carácter técnico, sino filosóficas, respecto de la clase de cultura que debe imperar en el fútbol y toda actividad deportiva para asegurar el crecimiento definitivo.

Qué mejor oportunidad que la que le ofreció el conflicto suscitado por el Poder político para visualizar que su tiempo se había acabado y que al día siguiente ya no habría para él ninguna tribuna que lo justificara. Como todo maestro, sintió que era un deber transmitir los fundamentos de sus acciones y nos endilgó esas dos horas y media de charla. Necesitaba decirnos que él y la administración de Mayne Nicholls habían abrazado hacía rato –como una filosofía de vida- el concepto de hacer las cosas bien.
 
Condenado Bielsa por oponerse a farandulizar su trabajo con alfombras rojas e invitaciones de sospechosa intencionalidad, no estaba dispuesto a contradecir su filosofía del éxito, avalando una celebración de lo que para él constituía apenas una estación en el largo proceso emprendido (clasificación a segunda ronda del mundial de Sudáfrica). No había nada que celebrar. De ahí su disgusto con aquella fiesta de La Moneda. Como no existe un tribunal de protocolo que ponga coto a estos excesos de tropicalismo, Bielsa, sin poder representárselo al Gobierno, entendió que ese gesto del Ejecutivo no respondía a su plan cultural para cambiar las cosas en la raíz de la mediocridad y lo manifestó con una pataleta   transgresora, aunque sin perder nunca el mesurado control de lo obrado en esos días (hay constancia de sus disculpas públicas).
 
En lo sustantivo, y remitiéndonos a su discurso de despedida, el venerable argentino Marcelo Bielsa, demostrando un raro conocimiento de nuestra idiosincrasia, nos enseñó que un entrenador de selección debe ser un hombre comprometido, culto y atento al discurrir de los procesos en que está envuelto; intuitivo y observador profundo del ámbito que le rodea, para transformar ese conocimiento en energía.

También nos permitió comprobar la humildad de cómo acoge los conceptos de la moderación y la prudencia, como atributos esenciales para dirigir una selección de deportistas de diferentes extracciones sociales y distintos grados de formación cultural, con el objetivo de alcanzar la anhelada cohesión, propia de toda agrupación competitiva. Paralelo a ello, promueve con sinceridad la práctica de la modestia a la hora de pedir el consejo de los que tienen experiencia en aquello que conviene al discurso de la verdad y a la tarea comprometida. Aquí, llama la atención su vocación por la autenticidad y la credibilidad,  sustentadas en la rigurosidad del trabajo responsable. Le acucia el prurito de ser creíble y se esfuerza por actuar de la manera más humana posible. Lo reconoce como un credo. No en vano su gestión personal representa la rigurosidad y el amor por la tarea.
 
De estos simples datos se puede desprender que su visión trasciende el fútbol. Trajo a la actividad la cultura de la reflexión permanente, cuestión por entero ajena a la idiosincrasia futbolera de los chilenos que a través de su larga historia federativa, se llenó de gestores improvisados y conformistas, hasta superarse en la necesidad y convertirse en lo que actualmente es su organización: una agrupación de inversionistas movilizados por el criterio rudo del negocio y la explotación; mezcla nada nueva por cierto, de intereses económicos y desprecio por lo distinto y superlativo.
 
¡Gracias Marcelo Bielsa! Te lo debemos.

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Foto: Articularnos.con / ReutersLicencia CC

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