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17 de Noviembre: Hacia una hegemonía de la reforma

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¿Será cierto que toda iniciativa política que busca ampliar un campo de reformas democráticas -con una nueva mayoría hegemónica- nos hace obsecuentes y nos enloda en la dominación que decimos criticar?

¿Qué hacer el 17 de noviembre? ¿Izquierda Okupa, Movimiento Social o  Nueva Mayoría Social?

Tratemos de ordenar algunas preguntas que ilustren el sentido político de nuestra  reflexión. Vamos al grano. ¿Es cierto que la ex/Concertación se ha metamorfoseado en el tiempo apelando a la reproducción parental de elencos electorales que le han permitido extender sus privilegios parlamentarios? ¿Ha contribuido este conglomerado a reproducir una tecnología de políticas públicas focalizadas que debilitan los procesos de acción colectiva? ¿Es efectivo que esta coalición se “adaptó” a las reivindicaciones del movimiento estudiantil (¡fin al lucro¡), aún cuándo recluta a sus grupos parentales en colegios de élite, participando de los mismos rituales que dice impugnar públicamente? ¿Es verdad que se trata de una clase política que ha pretextado de la protesta social encabezada por los movimientos sociales (2011) y ahora enarbola un programa de reformas? Por último, ¿su clase dirigencial ha participado de grupos asesores, juntas de accionistas y directorios de empresas privadas validando una razón gestional?

La respuesta a todas estas afirmaciones es contundente. Incluso en sus compromisos parciales. No vamos a reiterar aquí los indicadores de desigualdad y crisis de movilidad social, porque tendríamos que agregar una información vergonzosa –y ello nos obligaría a establecer una interminable lista de lavandería. Aquí todo nos resulta inescrupuloso, impúdico, propio de ese concertar. Como bien sabemos hay razones muy poderosas para cancelar toda comunicación política con esta coalición. Por último, quiero reiterar algo que acabo de mencionar. Hay que moderar las legítimas expectativas de la Nueva Mayoría: existe un activo humano dentro de la ex/Concertación que en los últimos dos decenios ha participado entusiastamente de una razón privada que hace compleja la viabilidad de los cambios sustantivos. Ello nos lleva a pensar que la “generación del miedo” no sólo se explica por los “enclaves autoritarios” de los años 90, sino por un cierto ethos elitario vinculado a los beneficios de una matriz de bienes y servicios. Creo que se trata de un problema mayor. Por todas estas razones es posible dar un portazo y quedar hasta aquí. Cerrar el texto. Como quien dice, ¡se terminó el diálogo¡ ¡fuera de mi casa¡

La derrota de la coalición del arco-iris en enero del 2010 se relaciona, de una u otra manera, con estas interrogantes. Querríamos pensar –con cierta cuota de candidez- que ahora se viene “algo” diferente a un movimiento camaleónico. Obrar de buena y esperar lecciones.

Sin embargo, y pese a todo lo anterior, permítaseme agregar una última interrogante: ¿será cierto que toda iniciativa política que busca ampliar un campo de reformas democráticas -con una nueva mayoría hegemónica- nos hace obsecuentes y nos enloda en la dominación que decimos criticar? No lo sé. Tengo mis dudas sobre esa concepción suma cero de la política. Creo que una cosa no implica directamente la otra. Creo que lo primero, la crítica radical a la dominante neoliberal, no es excluyente con lo segundo, cual es la iniciativa política. No es posible sentenciar que toda relación con una mayoría hegemónica esté viciada de antemano. En cambio, si es posible oler en determinados discursos alternativos un déficit de sociabilidad. Un bouquet autoritario, una falta de cultura dialógica, de hábitos democráticos respecto de las complejas tareas del mañana. En principio podemos avanzar en implementar opciones estratégicas que fortalezcan una agenda reformista sin que esta tarea nos obligue a renunciar a un horizonte emancipatorio –ni mucho menos a negar las tremendas diferencias con el modelo económico. Capitalizar inflexiones sería una tarea del presente que ayudaría a evitar cierta inmolación del discurso crítico-testimonial. Me refiero a esa posición tremendista que rechaza todo rito de institucionalización.

Esa sería, grosso modo, nuestra diferencia con el campo social que laboriosamente se ha organizado por fuera de la Nueva Mayoría Social y que –pese a compartir un diagnostico muy similar al nuestro- arriba a conclusiones drásticas y tiende a “penalizar” toda diferencia como neoliberalismo conservador o de izquierdas. Para ser más preciso, hacemos alusión a un tipo de disidencia que desconfía más de lo que cabe desconfiar, que rechaza de facto la institucionalización de la protesta social, que obra desde una especie de autoritarismo ético centrado en la pureza moral del sujeto alternativo y contestatario. Hacemos mención a una práctica que a través del significante “duopolio” divide el tejido social entre buenos y malos, blancos y negros. En mi opinión, en una eventual segunda vuelta habría que persistir en sugerir formas creativas respecto de cómo los sectores críticos que apoyan a Claude, el valioso mundo popular que representa el Partido Igualdad, avancen –sin alterar su marco doctrinal- para acumular fuerzas y presionar por un campo estratégico de reformas institucionalmente viables. Insisto: hablo de un vínculo instrumental y no de acuerdos programáticos. Entiendo que hay diferencias ontológicas en estos mundos. Pero acaso, no las hay entre un partido cristiano y conservador (que auspicio el Golpe de de Estado), como la DC,  y el PC chileno -que padeció los vejámenes de la dictadura y la exclusión de la misma ex/Concertación. Tras la profundización de reformas democráticas no estamos homologando proyectos de sociedad. Nuestra diferencia guarda relación con una necesaria dimensión institucional de la política.

Creo que habría que persistir en correr riesgos –so pena de fallar el tiro. Una concepción hegemónica de la política comprende la necesidad de consolidar una correlación de fuerzas en aras de la profundización democrática –ante la inminente dispersión signada por la sospecha. Por ello, creo que nuestra tesis no va a prosperar. Probablemente se impondrá una heterogeneidad radical. Un tiempo bastardo. Una cultura bronca, anti “duopolio”, se extenderá por inercia como una tempestad anti-institucional.

Las querellas al interior de la izquierda se multiplicaran. Quizás el Partido de Luis Emilio Recabarren será motejado –a priori- de instrumentalizar al mundo popular, de contener y administrar el conflicto urbano. Tal odiosidad es parte de esa ley de la dispersión. Si bien nuestra tesis tiene una cuota de pragmatismo, busca entender que el cerco de la dominación en Chile deja muy pocos agujeros y que estos deben ser aprovechados con una convicción inquebrantable cuando al cerrojo institucional cede al “grito de la calle”. Creo que en la ampliación de demandas democráticas la tradición comunista jugará un papel primordial –una vitalización indispensable para la Nueva Mayoría. En cambio, vociferar por fracturas institucionales, clamar por súbitos cambios del modelo económico-social, los desgarbos épicos, y otros gestos no se condice con la actual correlación de fuerzas políticas –salvo que optemos por un camino crítico-testimonial. Resulta algo inmaduro sostener que en noviembre se juega un cambio de modelo económico-social, otra cosa es sugerir que en las próximas elecciones se inauguran  condiciones para abrir un polo deliberativo que en el mediano plazo cristalice en una democracia radical, en cultura constituyente. Ese horizonte democrático es el que nos convoca a un entendimiento entre las fuerzas anti/neoliberales que confían en la organización social, pero también dialogan con los partidos políticos comprometidos decididamente en una agenda de reformas.

Todo indica que en noviembre la Nueva Mayoría tendrá una ventaja holgada. Sin embargo, el escenario es extraordinariamente enmarañado para estar sugiriendo recetas –inclusive bajo cuerda. La evidencia indica que existen argumentos legítimos y razonables para optar por caminos distintos. Sin perjuicio de ello, en el mediano plazo, será un verdadero desafío lidiar con una subjetividad contestaría que no cede a los procesos de institucionalización de la política, sino que cultiva el más crudo malestar. Nos referimos a esa cultura de la negación qua negación, del malestar qua malestar, de la sospecha qua sospecha, que se expresa en el rechazo a priori a toda articulación política. Creo que existe allí una actitud fundamentalista que convendría revisar a la luz de las lecciones históricas. Esta actitud enconada puede resultar tan nociva como los pecados capitales que la Concertación nos hizo conocer durante los años 90. Ya lo sabemos: en principio un bacheletismo “enchulado” no da garantías. Pero cabe admitir que ello es parte del juego político. La Nueva Mayoría Social no es lo mismo que la ex/Concertación. En Chile han ocurrido transformaciones materiales objetivas que impiden establecer tal analogía (2011). Lo más nefasto es esa actitud obtusa por desacreditar a priori la construcción de pactos, fuerzas y bloques de presión contra el establishment neoliberal de la derecha chilena. Si algunos sostienen que la Nueva Mayoría no es la solución al problema, tampoco se puede desestimar el potencial de un lenguaje de la reforma. No es posible prescindir de la comunicación política. A fin de cuentas la actitud colérica de un cierto mundo alternativo puede ser el aliado silencioso de una oligarquía que se traduce en 3500 familias que recaudan inescrupulosamente más del 30% del ingreso nacional. Frente a la hegemonía neoliberal no podemos ceder, padecer mareos, soponcios o crisis de pánico –porque ello le hace el juego a la derecha.

De momento nuestro malestar queda claro, cual es esa ausencia de diálogo de la cual hacen alarde algunos actores del mundo alternativo rechazando toda comunicación de alcances democratizadores. En la eventualidad de una segunda vuelta se requiere un “ethos dialogante” respecto a las confluencias donde existen reformas puntuales que vitalicen el sistema democrático contra el gran oligopolio. Pero me temo que en el campo de las izquierdas, por distintos motivos, ocurrirá el fenómeno exactamente contrario. Lo que vendrá será un escenario abundante en disgregación, en proliferación de hostilidades y divisiones, en el intercambio obstructivo. Nos moveremos entre la incontinencia crítica, el fascismo rojo y una actitud que hasta hace algún tiempo se llamaba “infantilismo de izquierda”.

Sin perjuicio de todo lo anterior, de la complejidad de aglutinar fuerzas heterogéneas, aún perseveramos en mantener a salvo el horizonte político de una democracia radical (emancipatoria). A no desesperar, la historia de Chile conoció el balmacedismo y la sangrienta batalla de Placilla (1891). Habría a lo menos que consignar –dado el espíritu de esta nota- el impulso liberal del primer gobierno de Arturo Alessandri (1920), la construcción del Frente Popular (1938) y la llegada a la política de “Grandes Alamedas” (1970): lo importante es no perder de vista nuestro horizonte democrático. Pero debemos generar las condiciones políticas que nos permitan conocer ese nuevo amanecer.

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Foto: Michelle Bachelet / Licencia CC

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