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Discriminación y medios: Nuestro propio Avatar

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En diciembre de 2009, cuando se estrenó la película Avatar, varios medios de comunicación dieron amplio espacio a la historia de los dongria kondh de Orissa, en la India: al momento del éxito de Avatar, esta comunidad se encontraba luchando desde hacía años contra la minera Vedanta, que quería extraer bauxita, mineral con que se fabrica el aluminio, desde las entrañas de la montaña sagrada de este pueblo animista.

Otros medioambientalistas quisieron que el director de la película, James Cameron, se pronunciara sobre el conflicto que tienen las comunidades indígenas de la Amazonía ecuatoriana con la empresa estadounidense Chevron-Texaco. La empatía frente a la conexión entre pueblos originarios, naturaleza, espiritualidad y supervivencia de las especies tuvo su peak en la agenda mediática en las semanas posteriores al estreno de Avatar.

Los medios chilenos no escaparon a eso: aseguraban que Avatar se había inspirado en los dongria kondh. O en los indígenas neozelandeses. O en los amazónicos. Y que, oh sorpresa, todos éstos mantenían conflictos con sus gobiernos y corporaciones internacionales donde la explotación o supervivencia del medioambiente se encontraban en entredicho.

Frente a dicha sensibilidad mediática hacia los conflictos indígenas ubicados a miles de kilómetros de distancia, uno no podía dejar de preguntarse por qué, como periodistas, no habíamos viajado al sur a indagar a fondo en las múltiples y complejas demandas de nuestros propios pueblos originarios. O por qué no se trasladaron al valle del Huasco, para indagar en las resistencias de las comunidades de origen diaguita contra el proyecto binacional de la minera canadiense Barrick Gold.  Nos gustaría ver sus caras, escuchar sus voces, indagar en sus trayectorias vitales y sus relaciones con el medioambiente. Algunos lo han hecho, pero la excepción no hace la regla.

La cobertura noticiosa, entonces, de la huelga de hambre de los mapuche procesados por ley antiterrorista no ha variado mucho frente a lo que ya se ha constatado en ocasiones anteriores respecto de las construcciones simbólicas sobre los pueblos originarios, en general, y los mapuche, en particular.

Un estudio sobre representación de los niños, niñas y adolescentes mapuche en la prensa de la Araucanía, realizado por el ICEI por encargo de la UNICEF hace un par de años, concluyó que su presencia es escasa y se privilegian miradas simplistas, arquetípicas, relativas al llamado “conflicto mapuche” o, bien, folklóricas y esencialistas.

De acuerdo a investigaciones que han desarrollado académicos de la Universidad de la Frontera (UFRO), la construcción noticiosa sobre qué es ser mapuche en Chile y en la Araucanía es parcial, discriminatoria y con mayor preocupación por el orden y las inversiones que por la cuestión indígena.

Del mismo modo, y según han constatado los estudios realizados en la UFRO a que aludimos, hoy algunos reporteros de Temuco y alrededores se inhiben de cubrir ciertos aspectos del llamado “conflicto mapuche” para evitar las citaciones judiciales que han debido enfrentar en oportunidades anteriores, disminuyendo evidentemente la cantidad y calidad de la información de ciertos aspectos del problema.

Evidentemente, el ejercicio periodístico exige recortar la “realidad”, fragmentarla, digerirla y reorganizarla de tal suerte que calce con los 5 mil caracteres de espacio o los 90 segundos al aire, lo que tiene entre sus ventajas la capacidad de ilusionarnos con la idea de que estamos informados. Pero, por otro lado, significa que dichos recortes suelen inspirarse más en prejuicios que en consideraciones noticiosas que inspiran el derecho a informarnos y a informar.

Hay una cuestión más preocupante aún: la mirada acrítica de buena parte del periodismo frente a la vigencia de leyes que le entregan atribuciones abusivas a los organismos de seguridad y de persecución penal en una sociedad que alardeamos de democrática. Claro, no habría problema mientras sean indígenas los acusados de terrorismo. Se nos olvida que las arbitrariedades del sistema penal alcanzan hoy a algunos, pero mañana pueden ser otros. Incluso, nosotros.

Parece ser que como periodistas y editores, somos muchos más sensibles a las legítimas demandas de los pueblos originarios que se ubican al otro lado del mundo y cuyas resistencias no impactan en nuestro “desarrollo” económico y productivo o en las inversiones que traerían la promesa de salir del subdesarrollo. O bien porque las cámaras de comercio y gremios locales de esos conflictos aparentemente lejanos no alcanzan a copar la agenda mediática de los medios en este lado del mundo. Parece ser que como editores y reporteros, carecemos de la empatía con los aymará, los mapuche o los kawésqar, en peligro de desaparecer, y mantenemos la vaga ilusión de que pertenecemos a una sociedad homogénea, blanca, urbana y globalizada.

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Foto: Manifestación mapuche – Eduardo Chamorro / Licencia CC

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13 de octubre

Hola Claudia
Es que parece ser que parte del desafío es “trabajar” mejor el proceso de autoconciencia en a lo menos dos dimensiones básicas 1) desde dónde construimos lo noticioso y 2) las consecuencias de nuestras opciones. Considero que uno de los grandes daños ha sido el perfilar la objetividad como valuarte del periodismo ya que oculta la serie de opciones implica el trabajo periodístico cotidiano.

cariños,
Victoria

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