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Después de educación, le toca a los medios

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Lo más épico del debate sobre educación es eso: que la discusión exista. Es un logro que la crisis reventara, pero será un logro mayor cuando exploten otros descontentos. Ahora que ya estamos peleando por la educación, es hora de pelear por los medios.

Lo más épico del debate sobre educación es eso: que la discusión exista. Es un logro que la crisis reventara, pero será un logro mayor cuando exploten otros descontentos. Ahora que ya estamos peleando por la educación, es hora de pelear por los medios.

Yo estudié en un colegio particular subvencionado desconocido y malo, a duras penas entré a una universidad pública, para descubrir que el único modo de estudiar era pidiendo un préstamo. Muy dentro de mí soñaba con un cambio, nunca se me pasó por la cabeza que discutir ese cambio fuera posible. Sabía que no era la única afectada, pero me sentía muy sola en mis demandas.

Tampoco sabía que lo que me molestaba desde la intuición tenía una justificación moral y política. El lucro, el negocio, atenta contra el derecho humano a la educación, pero también contra la salud y con mucha más fuerza atenta contra el derecho a la comunicación.

Hay muchas cosas que desde la intuición nos molestan de la televisión, del duopolio de la prensa, de lo caro y lento que es Internet en Chile.

Para eso también hay justificación desde la guata y justificación desde lo racional. En los últimos años, muchos hitos que parecen aislados responden a las poco democráticas y demasiado comerciales políticas públicas sobre medios de comunicación en Chile.

Partamos con TVN, la única señal de televisión abierta y estatal, que igual que las agonizantes universidades públicas, se financia como cualquier organismo privado.

TVN, que debiera ser el canal que refleja la diversidad cultural y política del país, en vez de destinar recursos a producciones que vayan en ese sentido, debe competir con la oferta de los canales privados e igualar su parrilla programática para cooptar avisaje.

El régimen privatizador de TVN atenta contra el pluralismo y obliga al canal público a homologarse con los privados.

Los canales privados, por su parte, tampoco lo hacen bien. Entretenimiento es el ítem que acapara más tiempo en la pantalla, no hay espacio para educación, cultura u otro contenido que diversifique la oferta. Los fondos del CNTV, que subsidian proyectos audiovisuales que el mercado no financiaría, muchas veces son censurados arbitrariamente.

En 2009, Canal 13 se negó a transmitir “Un País Serio”, serie de documentales producidos por los mismos creadores de 31 Minutos, y prefirió ser multado que cumplir con su contrato. El programa, finalmente, salió por La Red a mitad de semana casi de madrugada. Así, ni los fondos concursables garantizan la diversidad de contenidos.

Esto, en el fondo, abre la discusión sobre el rol de la televisión: ¿Es un medio de diversión, de comunicación, de educación? Lamentablemente, ha sido sobre todo el primero.

Suena increíble, pero esta pregunta tuvo una pequeña apertura hace unos años, cuando comenzó a discutirse la ley de televisión digital, una tecnología que ampliaría la cantidad de canales de señal abierta. La lógica diría que ante más espacio, nuevas emisoras de televisión deberían nacer.

Lo ideal hubiera sido seguir lo que algunos países de Latinoamérica hicieron: distribuir el espectro radioeléctrico equitativamente entre canales públicos, canales privados y canales comunitarios -que son ilegales en Chile y existen a duras penas-, garantizando cierta representatividad a la hora de instalar discursos.

Pero recuerden que estamos en Chile y lo que acá se hizo fue darle señal digital a los mismos de siempre, en concesiones que durarán décadas, y con el único fin de pasar en calidad HD los partidos de Chile en el mundial y sus respectivos comerciales.

Esos mismos de siempre son oligopolios de empresarios que no sólo concentran contenidos, sino que concentran la propiedad de los medios. Luksic controla la mayor parte de Canal 13 y mantiene radios FM, Copesa y Edwards controlan más del 90% de la prensa con alcance nacional y sus versiones digitales también acaparan visitas y avisaje. En radio, es IARC, dependiente del conglomerado español PRISA, la que posee la mayoría de las radios, las con mayor sintonía, como Corazón y Pudahuel.

En ese contexto, pareciera que es más difícil que nunca levantar medios alternativos, porque los medios masivos existentes acaparan cuotas físicas y simbólicas gigantescas. Proyectos como “El Ciudadano” se enfrentan a políticas tan ridículas como que el mismo Estado distribuya la mayoría de su avisaje al duopolio, en vez de distribuir equitativamente sus recursos, al menos respetando en la teoría que existe un público heterogéneo, que lee otro tipo de prensa y garantizando una mínima cuota de ingreso pareja para todos.

Por su lado, las radios comunitarias no pueden competir con las radios grandes por una licitación del espectro radioeléctrico, ya que el marco jurídico les exige cuestiones técnicas muy difíciles de cumplir, con lo que se fomenta su desaparición e ilegalidad. Pareciera que todo atenta contra el pluralismo informativo.

Si posamos la mirada en Internet, otra bolsa de gatos aparece. De nuevo es el mercado el encargado de regular todo, de supuestamente garantizar el acceso.

¿Qué pasa con los que no tienen plata para pagarle a VTR o Movistar? En teoría, podrían conectarse a Internet en telecentros y escuelas, a través del truncado programa Enlaces, y aquí, porque todos los problemas están conectados de una u otra forma, volvemos a la educación.

¿No son acaso los que no pueden pagar una cuenta de Internet los mismos que no pueden pagar por su educación? ¿No son acaso los colegios más pobres los que cuentan con menos equipamiento?

Los más pobres no tienen garantizada su educación y no tienen garantizada la puerta de entrada a ese mundo maravilloso que nos ha prometido que se abre con Internet, donde todos tenemos igualdad de oportunidades para comunicar. Los pobres no tienen derecho, no tienen cómo posar sus demandas y necesidades en los medios.

El debate sobre la propiedad de los medios, sus contenidos, finalmente es la pregunta sobre quiénes tienen el poder de comunicar, quiénes pueden distribuir sus discursos y opiniones. La comunicación no es entretenimiento, es lo que hace posible a una comunidad, el enlace que nos mantiene unidos.

Por eso todos sabemos de qué hablo cuando digo “tsunami de fuego”, porque estamos expuestos en conjunto a los medios, como si todo Chile fuera un gran living donde revisamos juntos las noticias al final del día. Los medios de comunicación nos mancomunan y por eso todos, como iguales, tenemos derecho a comunicar y expresar a los demás nuestra visión de mundo.

Qué distinto hubiera sido la cobertura del incendio en Valparaíso si la información hubiera provenido desde las comunidades afectadas, que conocen su contexto social, y no de la boca de periodistas santiaguinos que responden a líneas editoriales morbosas, que no conocen otro apelativo que “dantesco” y que comparaban la tragedia con asados.

En este contexto es que la opinión pública se distorsiona, ya que los medios tradicionales transmiten sólo una parte de la realidad, una donde hay actores invisibilizados, donde el gobierno tiene mucha más presencia en la pantalla que la sociedad civil y donde las radios sólo emiten música extranjera.

Los medios son un pedacito de la identidad de una nación, el reflejo y el lugar de construcción de su cultura, y con un modelo que es dominado por el 1% más rico –ya sea siendo dueños de un medio o influyendo a través de la publicidad- sólo la visión de ese uno por ciento es lo que vamos a mirar.

La comunicación es un derecho y tenemos derecho a comunicar. Por eso, la discusión sobre los medios de comunicación es tan o más importante que la educación. Los medios actuales, como las escuelas, también segregan: seleccionan a quiénes mostrar, expulsan de sus canales a los que no respetan la línea editorial y siempre van a preferir publicar a quien pueda pagar.

Todo esto también desde la defensa de una supuesta libertad, en este caso, libertad de prensa y de expresión, que no es más que la libertad de desechar voces disidentes o incómodas. Por eso es triste que el discurso del 21 de Mayo de Bachelet apenas haya hecho dos guiños a telecomunicaciones y medios y no hiciera ninguna mención a TVN o a la situación de la prensa nacional.

Los medios no son un pelo de la cola, un detalle menor, son un espacio con muchísimos problemas inflándose y sin embargo se simula que no pasa nada, que todo funciona perfecto y regulado. Los medios deberían ser el siguiente ítem a cuestionar en Chile. Ya es hora de que esta crisis también explote.

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Foto: Adn! / Licencia CC

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