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Del tono filosófico en la discusión pública como síntoma constituyente

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La TV y la radio, redes centralizadas de transmisión unidireccional, fueron el soporte material de la comunicación en los acuerdos de la transición. Especialmente la TV, es medio cuya recepción es comunitaria y, formalmente, exigen del espectador silenciarse, aceptar, respetar y obedecer al mensaje transmitido. Frente a ellos, internet aparece como un medio ‘desacralizador’.

Escribo estas líneas a propósito de una reciente columna del abogado y doctorado en filosofía Axel Kaiser en que afirma que la educación no es un derecho. Me interesa menos lo que dice que lo sintomático de su desempeño, el que viene a sumarse a una tendencia general que, desde hace ya un buen rato, se puede apreciar en la discusión pública.

1. De cierto tono filosófico crecientemente adoptado en la discusión pública.

De un tiempo a esta parte, la opinión pública está poniendo en juego de modo recurrente cuestiones de principio. Con ello, inevitablemente, sus controversias se desplazan, con mayor o menor conciencia, hacia el terreno de la filosofía. (Según una venerable definición, ella es el saber de los principios). La filosofía, sostengo, está adquiriendo protagonismo en la escena pública no sólo como acervo de sistemas, argumentos y conceptos, sino como operación de discernimiento, como estilo, como tono.
A menudo se puede encontrar que políticos, abogados, sociológicos y periodistas despliegan en sus intervenciones tópicos filosóficos. Muchas veces sus interlocutores o audiencias ni se enteran y muchas, sino la gran mayoría de las veces, tales aportes no tiene ninguna relevancia. Son meros rituales, guiños al habitus académico. Algunos filósofos se atreven a participar de los foros, firmando incluso orgullosos de sus títulos (espero unírmeles algún día).

Florituras o no, hay casos emblemáticos de esta tendencia. Todos los domingos, como parte de su celebrado ejercicio de escarmiento moral del público objetivo de El Mercurio (¿plus de goce?), el rector Peña suelta un par de nombres de filósofos o pasa de contrabando uno o que otro filosofema (a veces cae directamente en el plagio). Es parte nuclear de su modus operandi.
Otro síntoma es la cita-Guzmán: ya casi una meme. Potenciadas recientemente por las intervenciones de Fernando Atria, prolifera en la discusión pública la cita a Jaime Guzmán, quien pensó a ‘nivel filosófico’ (no sin concesiones al realismo político), las bases institucionales de la post-dictadura. Debe reconocerse la atención temprana que el filósofo Renato Cristi prestara a estos textos y al pensamiento de Guzmán en su conjunto.

2. Este ‘filosofismo’ es síntoma del advenimiento del momento constituyente.

Se ha argumentado desde el pragmatismo que el intercambio de razones y argumentos se desencadena frente a una interrupción de la acción. En Habermas, la ‘acción comunicativa’ se origina en un cuestionamiento de ‘pretensiones de validez’ que operan como fondo compartido de acuerdo para coordinar la acción. La  argumentación se detiene si los participantes alcanzan un nuevo acuerdo y pueden continuar así su acción conjunta.

No se sigue de ahí que el nuevo acuerdo tengan que ser efecto directo de la discusión: las condiciones del acuerdo son otra historia. Pero, al menos, si el pragmatismo tiene razón (y, como dice Marx, la humanidad sólo se propone problemas que puede resolver), los argumentos y razones indican, significan, de un modo u otro, el problema de acción que quieren resolver.
Según ese este criterio, el tono filosófico muestra que la opinión pública se está enfrascando en discusiones de fondo que apuntan a un ‘momento constituyente’, porque si algo hacen las constituciones es expresar en sus corolarios normativos centrales la filosofía pública del poder soberano. Dicha coyuntura sólo puede adoptar la forma de una revolución o de un momento de ‘política constitucional’ (las buenas o las malas, para traer a colación otra meme).

Desde el pragmatismo sostienen que articular razones, por sí mismo, expresa la esperanza de resolver controversias por medios no-violentos. Si es así, actuaciones como las de Kaiser anticipan entonces los contornos y la proximidad de un momento de ‘política constitucional’. En semejante contexto, eso sí, ideas como las suyas deberán someterse a un referéndum público si pretenden ser el contenido de los acuerdos políticos básicos.

En sí misma, esta ‘intelectualizacón’ de la discusión pública marca una desobediencia del interdicto que el discurso de la transición había instalado sobre la crítica filosófica. La ‘ideologización’ habría sido uno de los principales responsables de la crisis política que llevó al golpe. La filosofía misma, en lo que a su apariencia pública respecta al menos, ha cambiado respecto de los sesenta. En general, es más sobria, más acotada y, quizás, menos grave. No deja de ser paradójico que el tiempo de fascinación por autores como Habermas o Rawls, paladines de la razón pública y de los acuerdos calificados, haya pasado de moda, siendo sincrónico con el tiempo de lo que hoy se considera un simulacro de acuerdo institucional.

3. Otro síntoma constituyente: internet y la ‘desacralización’ de la discusión pública.

A lo dicho me gustaría agregar una razón material y, a mi juicio, complementaria sobre las condiciones culturales actualmente vigentes del momento constituyente. Con ello me prevengo de una objeción a la tesis aquí expuesta: excesivo idealismo, excesivo protagonismo de la idea. Roger Chartier ha argumentado, a partir de una meticulosa indagación de archivos y testimonios, que la revolución francesa estuvo precedida, menos por la lectura de Rousseau y Voltaire que por la emergencia de una nueva relación con el libro y por nuevas prácticas de lectura. Esta nueva relación resulta de la apropiación plena de la potencia de la imprenta, diferida al siglo XVIII.

Chartier habla de una ‘lectura desacralizada’ que se manifiesta en una nueva “movilidad del lector”, ahora confrontado a textos más numerosos y menos durables, en la individualización del acto de leer”, en “una lectura más libre, atrevida, crítica”. Es razonable conjeturar que el uso intensivo y expansivo de internet como medio de comunicación política y construcción de opinión pública está teniendo un efecto análogo al que tuvo la imprenta y la proliferación de editoriales en el momento pre-revolucionario francés.

La TV y la radio, redes centralizadas de transmisión unidireccional, fueron el soporte material de la comunicación en los acuerdos de la transición. Especialmente la TV, es medio cuya recepción es comunitaria y, formalmente, exigen del espectador silenciarse, aceptar, respetar y obedecer al mensaje transmitido. Frente a ellos, internet aparece como un medio ‘desacralizador’. No son objeción los contenidos y usos ‘bastardos’ de internet. Chartier muestra como en el período pre-revolucionario francés, proliferaron la literatura pornográfica, el libelo acusatorio, la difamación, el panfleto, etc., junto con la circulación de escritos de los philosophes. Los nuevos lectores cruzaban la literatura de alcoba con las nuevas ideas sobre el poder político, la razón, la naturaleza humana y la igualdad.

En fin, las nuevas prácticas de lectura-escritura y el tono filosófico no son incompatibles, ambas apuntan a un momento constitucional que se avecina.

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servallas

25 de junio

Quizás, solo quizás, porque si existe un momento constituyente es el que algunos estiman que es así, y normalmente no se toma en consideración el estadio de desarrollo económico- social-humano, sino que el hecho de contar con mayores libertades para conseguir ciertos fines normalmente no enunciados. Si ciertos colectivos estiman que las ansias de libertad son mayores que las correas que los restringen, impulsarán desde sus radios de acción la idea, en lo que Habermas informa como manipulación e instrumentalización de la opinión pública, escenario muy parecido al que nos encontramos hoy.

Francisco Javier Castro Richter

21 de septiembre

de acuerdo con la idea general, que me agrada bastante, pero es bueno remarcar que haya algo así como una “anticipación” de ese momento constituyente, no quiere decir que este vaya a ocurrir. Simplemente se puede asomar (yo preferiría esa palabra) para no salir. En virtud de esto, me parece un despropósito hacer una lectura sobre el movimiento de la opinión pública o el debate intelectual sin hacerse cargo de manera más íntegra de las relaciones de poder que explican el panorama. De lo contrario (y lo he visto, curiosamente en filósofos) se puede caer fácilmente en la idea de que, por ejemplo, internet estaría jugando un papel de causa en estos momentos de apertura del debate y se simplifica el tema ahí. El agregado de la “razón material” es pobre, pues, en términos sociales, el caso de internet no es razón material suficiente para explicar lo que está pasando. La desacralización no ocurre simplemente porque tenga que ocurrir o porque hay una fuerza latente que se libera con internet, sino también, y más generalmente, porque las relaciones de poder no están siendo capaces de contener y encausar grandes expectativas en la población, pero esto es un hecho contingente que puede modificarse de muchas maneras. Tengo la impresión de que cuando hay poco reparo en estas objeciones que hago, se tiende a ver de manera muy fácil y confiada el movimiento del poder. Acá hay muy poco resuelto, y la recomposición de la dominación en términos muy parecidos o cercanos a los de la transición también está a la vuelta de la esquina.

22 de septiembre

Buen subrayado: anticipación no significa profecía. Respecto de lo otro: faltó subrayar que hablo de “condiciones culturales”. No entro en las relaciones de poder (en sus variaciones o exacerbaciones), ni, en términos más generales, las relaciones sociales. Por supuesto que éstas son un factor esencial, pero se abunda sobre eso cotidianamente aunque, en general, como discurso del malestar, del abuso, etc. No propongo, en todo caso, que estas condiciones culturales sean suficientes para los cambios. Tampoco hablo de la nueva capacidad de coordinación operativa que provee internet a los movimientos, sino de su impacto cognitivo como promotor de una actitud crítica e irreverente hacia los mensajes mediáticos y a las estrategias culturales del poder.

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