#Medio Ambiente

Siete reflexiones antes de la eventual aprobación o rechazo de HidroAysén

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Estamos ad portas de que nuestras autoridades decidan la aprobación o rechazo del proyecto eléctrico HidroAysén. Un proyecto que ha encontrado fervientes rechazos y apoyos. Un proyecto que complica al Gobierno, por el inminente repudio ciudadano ante una eventual aprobación, y que confronta dos visiones que en nuestro país parecieran ser absolutamente incompatibles: el crecimiento económico versus el cuidado al medio ambiente y el desarrollo sustentable.

HidroAysén ha realizado una gran campaña mediática para convencer a los chilenos de la conveniencia de su construcción. Comerciales mostrando apagones cuando se toca un timbre o se usa un secador de pelo invadieron cada medio de comunicación. Además, se ha intentando levantar sospechas injustificadas sobre las intenciones de los grupos opositores, por recibir financiamiento extranjero, absurdo considerando que una de las empresas involucradas en el proyecto HidroAysén es extranjera. Se ha hablado de los ambientalistas casi como de terroristas, cuando en realidad el rechazo a HidroAysén ha encontrado eco entre políticos, artistas, economistas, abogados, científicos y la ciudadanía en general. La opinión pública se encuentra dividida ante las profecías de un futuro “a medias” sin HidroAysén y la evidente presión que el Gobierno ha ejercido para favorecer su aprobación (que se manifiesta en varias notas de prensa en diversos medios). Respecto a este delicado tema, es necesario hacer una reflexión acerca de varios puntos clave.
 
1. La hidroelectricidad NO es energía limpia. HidroAysén, así como cualquier represa de grandes dimensiones, es sin duda un proyecto que traerá daños irreversibles al medio ambiente. Se alteran cursos de aguas, se modifican los lechos, se intervienen ecosistemas de enorme importancia científica, comprometiendo la biodiversidad regional. Uno de los puntos más ignorados, pero más preocupante, es la demostrada emisión de gases invernaderos por las represas. La hidroelectricidad es la actividad humana que más metano emite (se estima que cerca del 30% del total). El metano tiene un potencial de calentamiento global 25 veces mayor al del CO2. Para ponerlo en perspectiva, todas las aguas continentales del mundo emiten cerca de 103 millones de toneladas. Las “grandes represas” emiten cerca de 105 millones de toneladas. La UNESCO ha llamado a calcular estas emisiones antes de la construcción de una central hidroeléctrica, y ha confeccionado una guía para realizar cálculos teóricos que resultan ser menores a los observados en la práctica. Río abajo de las represas, se dañan de manera irreversible los lechos, alterando los ciclos de vida de los organismos que los habitan. 
 
2. Duplicar la energía no ayuda a superar la pobreza. Chile posee una de las peores distribuciones del ingreso en todo el mundo. Las ganancias del país evidentemente no “chorrean”. Nuestro país ha observado un aumento del ingreso per cápita que difiere del estancamiento o incluso reducción de los salarios, además de un crecimiento del salario mínimo que no se relaciona con el aumento del costo de vida. En un país en que el 10% de la población que posee los mayores ingresos se lleva más del 40% de los ingresos de la nación, un mayor crecimiento económico no va a beneficiar a los más pobres. Los empleos que se generan por la construcción de una represa son transitorios y de baja calificación, seguramente con sueldos tan bajos como los que cualquier empleado del rubro de la construcción gana en nuestro país, y no ayudarán a los pobres de Arica o Talca a superar su pobreza. 
 
3. Duplicar la energía tampoco asegura el bienestar económico. Nuestro país es dependiente de la exportación de materias primas. Por ende, cuando los compradores de dichas materias primas se encuentran cortos de dinero, nuestra economía se resiente. Las dos últimas crisis mundiales han afectado seriamente a la economía nacional, sin considerar la vulnerabilidad ante fluctuaciones del valor del petróleo o del dólar. Más energía para actividades industriales ayuda a perpetuar un inconveniente ciclo de más empresas productoras de materias primas, cuando los países desarrollados han girado a una sociedad de la producción de bienes y servicios tecnológicos y del conocimiento, que generan mayores ingresos y menores requerimientos energéticos.  
 
4. Las energías renovables no convencionales (ERNC) sí son una opción. La intermitencia, elevado costo e imposibilidad de implementación, son algunos de los argumentos de los detractores de las ERNC. Sin embargo, es increible comprobar que empresas que pretenden instalar centrales termoeléctricas en Chile, construyen centrales eólicas o solares en otros países. Además, con los avances tecnológicos de los últimos años, la eficiencia de estas energías se ha incrementado considerablemente. El caso más elocuente es el de la energía eólica, la cual se ha demostrado en la práctica, tras años de uso en varios países, que es continua, eficiente y económica. Mediciones en varios países europeos demuestran su eficiencia y falta absoluta de intermitencias. La energía solar se hace cada día más económica. Sus precios han caído un 30% en los últimos cinco años. La Unión Europea, hoy, genera un 10% de energía mediante centrales eólicas, y al actual ritmo de crecimiento, el 20% de su energía será de fuentes eólicas y solares para el año 2020. Chile no supera el 1% real a la fecha, un retraso condenable. 
 
5. Las represas no garantizan energía más barata. El precio de la energía en Chile no depende directamente de la fuente de generación. Regulaciones tarifarias y concentración de la oferta influyen en los actuales precios. Una baja diversidad en los tipos de generación nos hace aún más vulnerables a las sequías o a los precios del petróleo o el carbón, y precisamente las ERNC aportan diversidad de generación y oferentes al sistema. Respecto a este punto, es necesario desmitificar otro clásico concepto: a excepción de Dinamarca, los precios de la energía en países con un alto porcentaje de ENRC no son mayores a los de Chile, y eso sin considerar que en dichos países el ingreso per cápita es mucho mayor al nuestro.
 
6. La legislación ambiental es deficiente. El caso Barrancones demostró que la legislación ambiental chilena es inadecuada. El sólo hecho de que un proyecto termoeléctrico haya tenido cabida en el sistema de evaluación ambiental pese a su extrema cercanía a una reserva natural es un síntoma inequívoco de la inadecuada legislación. Las evaluaciones de impactos ambientales debieran ser realizadas no por Seremis de turno, sino por grupos de expertos calificados, incluyendo científicos, particularmente del área de las Ciencias Naturales. La “normativa vigente” que defienden las autoridades debe ser revisada desde un riguroso ángulo científico con urgencia. 
 
7. La ciudadanía no recibe información suficiente sobre los efectos negativos de los proyectos eléctricos. De impactos ambientales poco y nada se habla, mientras que el “ambientalismo” es constantemente descalificado, pese a la enorme y contundente evidencia científica respecto al daño causado por las represas. Hay más columnas en la prensa sobre la necesidad de duplicar la energía (sustentada sólo por un par de estudios nacionales) que artículos sobre los impactos ambientales (sustentados por decenas, incluso cientos, de artículos científicos). Al final, no se trata (sólo) de la belleza de la Patagonia o Mejillones, sino de ciencia e impactos reales y medibles al medio ambiente.
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