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El sector artesanal demanda volver los peces a la propiedad del Estado, poner fin a la pesca de arrastre, cerrar en todo Chile las 5 millas como área exclusiva para la conservación marina y pesca artesanal, además de obtener seguros de vida y una instancia de promoción y fomento de la pesca de pequeña escala. En la ley que se tramita ninguna de estas indicaciones ha sido considerada.

Los pescadores no dicen el mar, sino que la mar. Hablan de ella como si fuese una mujer cariñosa, protectora y maternal, pero a veces cruel y veleidosa. Pareciera  que la aman y le temen. No solo viven en sus orillas y se embarcan para convivir con ella días y semanas, en búsqueda de su plateado y húmedo pan de vida; no solo los acoge  y guía como una afectuosa, pero estricta madre. También les entrega su nutritivo alimento y sustento, que abrazan en su lecho fondo marino como si fuese su última amante. Los moldea y marca con una indeleble identidad propia de pueblo.

Es su todo y su nada.

Cosme Caracciolo conoce su oficio y a su sector  productivo como si lo  tuviese escrito en las innumerables cicatrices que tiene en sus manos, producto de accidentes mientras arponeaba albacoras. Eran otros tiempos. Entonces volvía a tierra firme, en su lancha,  “Santo Domingo”, heredada de su padre, con sus bodegas y redes llenas de pescado.

En San Antonio, su familia vivía tranquila con un buen pasar. Cuando joven estudió para técnico veterinario, pero no finalizó la carrera. Optó  seguir la libre ruta trazada por su abuelo, inmigrante italiano, y su padre, que nació en un falucho. Lo mismo, Luciano, su hijo mayor, que a los 22 años, no regresó nunca más de la mar. Lo habían nombrado así en honor a Luciano Cruz, dirigente estudiantil del Movimiento de Izquierda Revolucionario, MIR, que falleció en un accidente hogareño en 1971.

Luciano Caracciolo, salió a pescar, junto a otros tres jóvenes, desobedeciendo a su padre. Aquella madrugada,  le previno de no hacerlo porque “la mar estaba sonando mucho y fuerte por el sur”. “Quedaron adentro para siempre”.  La mar, tal como da vida, la quita.

Cosme cuenta que ella les avisa cuando pueden salir en su búsqueda y regresar a casa. Los guía, a través del sol rojo al caer la tarde,  la luna luminosa, el “tililar” de las estrellas y, en el mundo líquido, en alta marea, – en el infinito azul, donde el horizonte desaparece y las miradas no saben de límites – las corrientes marinas, el olor de los peces y los espejismos que crea la luz a su pasar por las aguas.

Peces de todos no son para todos

Sólo hace un par de décadas, a los pescadores  les bastaban redes, líneas de anzuelos, botes, motores y sus saberes. La experiencia era su verdadero tesoro. Obtenían sus peces,  según sus capacidades, equipamiento y oportunidades brindadas por la generosidad marina.

Entonces, en las aguas azules, deslizándose sin fronteras, podían arponear y seguir a cardúmenes de merluzas, congrios, reinetas, sierras o sardinas; los peces azules y sus proteínas altamente saludables. Tenían libre acceso a la mar y a sus recursos. En esos tiempos,  los peces eran de propiedad de todos y de quienes los capturaban. Hoy todo es distinto. Los peces, aunque sean silvestres, son de propiedad de quienes tienen  cuotas de pesca y a las aguas marítimas las han dividido en zonas y macro zonas. Las parcelaron como si  fuesen fundos y  barrios marinos, donde solamente  pueden entrar aquellos que  tienen derechos de captura, autorizaciones, licencias regionales y cuotas individuales.

El 95 por ciento de estos derechos de capturas están asignados a la industria pesquera, y sólo el 5 por ciento  a los 85 mil pescadores, buzos y recolectores, según  el tamaño de sus embarcaciones y territorio de residencia.

Este es el sistema de administración que condena al sector pesquero artesanal a una lenta muerte. Sus hijos ya no pueden seguir los pasos de sus padres, como siempre había sido. Hoy, para ser pescador, se necesita inscribirse en un registro nacional y obtener permiso. Dicho registro está cerrado porque no hay más asignaciones de cuotas.

Muchos han abandonado  su oficio independiente, pasando a las filas de los asalariados o cesantes, recibiendo cada mes una bolsa social de alimento. Sus familias están  destruidas, sus matrimonios quebrados, los jóvenes en  manos de las drogas y otros vencidos por la angustia y desesperanza. Hay quienes han ido a parar a las cárceles por pescar fuera de la cuota y baja talla de peces.

Cosme Caracciolo, explica que a raíz de la depredación y colapso pesquero ya casi no hay peces. Las industrias los han transformado en harina y aceite de pescado para alimentar salmones, y para venderlos a los mercados internacionales como alimento para cerdos, pollos, bovinos, entre otros animales.

A lo largo de todo el litoral, en puertos, caletas  y pueblos costeros, un porcentaje no menor de cesantes corresponde a hombres de mar. Desesperados y sin expectativas, muchos prefieren  partir de este mundo. En la Región de Valparaíso, por lo menos se registran uno a dos suicidios por mes y en las comunidades costeras, su tasa aumenta.

¿Los empresarios dueños de todo? 

A diferencia de la realidad artesanal, el sector  industrial captura el 92 por ciento de sus cuotas de pesca, logrando concentrar su riqueza en siete de las más ricas familias del país. En conjunto controlan cuatro poderosos conglomerados pesqueros, que mueven economías del orden de los 750  millones de dólares anuales; el equivalente a un ajuste tributario que podría financiar una educación  y salud gratuita y de calidad.

Hace diez años, una denominada “ley larga de pesca”, les entregó a estas industrias pesqueras, gratuita y temporalmente, los derechos de pesca, que pueden vender, arrendar y o hipotecar en los mercados nacionales e internacionales.

Ahora, el gobierno del presidente Piñera tramita una nueva ley que les cederá estos derechos de manera perpetua y heredable. Regalarán los recursos de la mar a los empresarios pesqueros, dice Cosme Caracciolo.

El sector artesanal demanda volver los peces a la propiedad del Estado, poner fin a la pesca de arrastre, cerrar en todo Chile las 5 millas como área exclusiva para la conservación marina y pesca artesanal, además de obtener seguros de vida y una instancia de promoción y fomento de la pesca de pequeña escala.

En la ley que se tramita ninguna de estas indicaciones ha sido considerada.  Aún más, intentan reducir las zonas exclusivas de cinco millas, a una milla, certificar sus desembarques y  controlarles vía satélital (GPS) sus embarcaciones.

Todos juntos por la defensa de lo que es de todos

Quién no pelea está muerto. Jugandósela  por lo que considera el resguardo de los derechos ciudadanos, la defensa de los ecosistemas y la biodiversidad marina y el propio derecho a existir como pescadores – su oficio que conocen y saben hacer- , Caracciolo, rechaza la concepción del actual modelo de pesca.

Es excluyente e intenta que seamos mano de obra barata y operadores específicos, dice, afirmando que seguirán dando la pelea. Hace dos años, recurrieron al Tribunal Constitucional para frenar el curso de una ley, pero les dijeron que el trámite estaba fuera de plazo.

Otrora,  agrupados en la Confederación Nacional de Pescadores de Chile, Conapach, eran muy organizados, combativos y autónomos. Hoy, están divididos entre los que apoyan y los que rechazan lo que consideran  una privatización del mar y manejo de sus recursos excluyente y destructivo en lo ambiental y social. Mientras unos firman acuerdos en mesas pesqueras, otros se declaran en estado de alerta y movilización; bloquean muelles con sus  botes y lanchas, protestan y levantan barricadas en las rutas,  marchan con los estudiantes y  realizan ayunos temporales.

Aunando fuerzas, recientemente se constituyó la Alianza Ciudadana por la Defensa del Mar y Contra la Privatización del Patrimonio Pesquero, bajo el impulso del Centro Ecocéanos. Reúne a organizaciones de pescadores artesanales agrupados en el Consejo Nacional de Defensa del Patrimonio Pesquero, la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, Fech, pueblos costeros mapuches-lafkenches, ambientalistas,  consumidores, pequeños y medianos empresarios pesqueros y sectores de la iglesia, incluido el obispo de Aysén.

Se han sumado las comunidades costeras de los pueblos originarios mapuche-lafkenches, kawesqar, huilliches y rapa-nui.  Durante la tramitación legal, ellos no han sido consultados, violándose acuerdos internacionales. Argumentan que de aprobarse, esta ley constituirá un acto expropiatorio de bienes públicos. Convencidos de que solo la unidad y la lucha por lo que hasta ahora los gobiernos, el parlamento y la ley les niega, en conjunto  se proponen detener el curso de la tramitación de dicho cuerpo legal y batallar por cambios en el sistema que los rige.

En su oficio de últimos hombres cazadores, los pescadores se resisten a desaparecer, quieren seguir siendo lo que han sido siempre y que la mar siga siendo fuente de vida de todos ellos, nosotros mismos y las futuras generaciones. Ya nada es como antes. En sus comunidades, a los más viejos les ha costado mucho comprender que a los peces los convierten en dinero y monedas en el menor tiempo posible, como si fuesen recursos  no renovables de la minería. No logran asimilar que éstos ya no pertenecen a quién los capture, sino de quienes los papeles dicen que son. Todo lo que está sucediendo es incompatible con sus estilos y formas de vida solidaria y colectiva. Su cultura en plena armonía con la naturaleza bordemar no reconoce el derecho individual.

Un pescador así lo gráfica: “Es como si aquella tortolita, volando libre en el aire, me dijeran tiene dueño”.

*Myriam Carmen Pinto. Zurdos no diestros (serie). Historias humanas de humanos, demasiados humanos en Chile no humano.

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