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Lugares imposibles

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A Santiago hay que sacarle gente. Profundizar un proceso de desincentivo a la emigración hacia la capital e, incluso, motivar que quienes ya en la región Metropolitana habitan vean con buenos ojos instalarse en otros territorios.

Por cierto que esta idea no es novedad alguna. Han sido muchos los momentos en la historia del país en que se ha impulsado la descentralización poblacional. Por disimiles motivos; laborales y productivos, esencialmente. Y otras, también, con el objetivo de “beneficiar” a las zonas alejadas del centro, de las capacidades e inteligencias que se supone por antonomasia poseen quienes se han formado en la capital.


La opción de vida es muchas veces más un tema de jerarquía de intereses que de realidades absolutas. Y eso es preciso incorporarlo como elemento de análisis, donde el deseo individual debe dialogar con el colectivo.

Pero la afirmación con que inicio estas líneas no se vincula con un interés productivo o de colonización cultural de las “rezagadas provincias”. Tiene, esencialmente, un fin ecosistémico. El otrora hermoso y natural valle de la cuenca del Maipo donde se emplaza la región Metropolitana y sus más de siete millones de habitantes no resiste la carga que se ha impuesto sobre él.

Es más, así las cosas y debido a que biofísicamente dicha área no da para el número de personas que en ella habita ni para el nivel de artificialización que ha alcanzado, necesariamente en otro lugar se está pagando la factura para hacer posible su sobrevivencia: en términos de presión sobre los ecosistemas, en materia de disposición de sus desechos. Minería en el norte, plantaciones forestales en el centro-sur, represas en el sur austral son parte de lo primero, contaminación del mar en la desembocadura del Maipo y zonas de sacrificio como destino de sus residuos, encajan en lo segundo. Son sus propias cuentas por pagar.

Por cierto que lo que ocurre con Santiago no es exclusivo de esa urbe. Por eso me resisto a hablar de Santiasco, concepto al cual algunos cercanos recurren. Sí creo, reitero, que a Santiago hay que sacarle gente. Porque hoy, en términos de autosustencación, la capital es un lugar imposible.

Así como para muchos capitalinos –aquellos que sí pueden- emigrar también lo es.  Lo escuché hace poco, cuando en el sector oriente me tocó coincidir con colegas cuya vida personal, daba la impresión, había transcurrido esencialmente en los faldeos cordilleranos de alto poder adquisitivo.

Ante mi afirmación de que por motivos ecosistémicos, Santiago debía propender a disminuir su población, la respuesta fue que eso era impracticable porque para desarrollarse bien había que vivir allá. “En nuestra profesión, incluso, es necesario para trabajar en un medio grande” fue parte de la argumentación. Y salud, educación, perfeccionamiento también integraron los elementos de la construcción mental que hace imprescindible hipertrofiar el centro. Concentrar el poder poblacional.

Para quienes así piensan, vivir en San Pedro de Atacama, Panulcillo, La Higuerita, Coyhaique, Chile Chico, Caleta Tortel es imposible.   Algo improbable. Pero aún así, en esos territorios habitan hombres y mujeres, nacen niños, mueren ancianos, construyendo su propia y particular felicidad como también lo hace ese ciudadano cosmopolita en el mejor café de París.

Así, la opción de vida es muchas veces más un tema de jerarquía de intereses que de realidades absolutas. Y eso es preciso incorporarlo como elemento de análisis, donde el deseo individual debe dialogar con el colectivo. De sustentabilidad, en este caso. Y de supervivencia, en muchos otros.

Y así sucede no solo con Santiago. También con Valparaíso-Viña del Mar, Concepción-Talcahuano. Y Coyhaique, hoy, con sus niveles de contaminación atmosférica. Es decir, con todas las urbes que no son autosustentables. Descentralizar inteligentemente, eso sí. Porque jugar a desconcentrar levantando un Santiago en el norte y uno en el sur, con cuatro millones de habitantes cada uno, será lo mismo pero con otro nombre y en otro lugar. ¿Se comprende el punto?

Está claro que en alguna oportunidad la urbanización como proceso continuado fue necesario: por economías de escala, provisión de servicios. Pero cualquier planificador sabe que siempre es necesario evaluar lo avanzado para hacer las correcciones necesarias en pos de, en este caso, el interés público actual y futuro. Y hace rato que ya pasó nuestro momento para aquello. Hoy es tiempo no solo de los planificadores, es también el de los ciudadanos (aunque, paradójicamente, el término aluda a la “ciudad”).

Porque la responsabilidad ambiental no es solo una decisión individual por el futuro. Cada día lo es más por el devenir del colectivo. De ese colectivo que todos integramos.

TAGS: Descentralización Urbanización

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Evelyn Zurita

02 de julio

Eso tiene solución el Desentralismo, que las Regiones tengan autoridad para salir adelante.

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