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Bárbol

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El consumo devenido en consumismo, la obsolescencia programada, los derivados especulativos, todo nace de tal dislocación inhumana sin visión de futuro.

Entre el diverso bestiario de criaturas inventadas por la mente del genio británico se encuentra una que llama la atención por su razón de ser: son los ents, o pastores de árboles. Verdaderos árboles vivientes, son sabios y añosos, y cuidan de sus bosques como cual ovejas. Si investigamos su origen, nos dice el Quenta Silmarillion (obra basal de la mitología tolkeniana) que Varda, Diosa de la naturaleza, los crea ante el temor de que los seres antropomorfos, en su codicia desmedida, acabaran con todo lo verde que ella había formado en el planeta de Arda.

Tres eras han pasado en la Tierra Media desde aquel entonces y nos encontramos en los tiempos de El Señor de Los Anillos. La ambición de poder inagotable de Sauron nuevamente amenaza con someter a todo el continente a su dominación (una dominación extranjera, ¿transnacional?). Lejos de tales parajes, se encuentra el impenetrable bosque de Fangorn, hogar de los últimos ents. Su líder, Bárbol, tiene un dolor y una preocupación. No corren buenos tiempos para él y para la naturaleza que tiene a su cargo. Cercano a su querido bosque está la ciudad del otrora “mago blanco” Saruman, Isengard, con su gigantesca torre fálica de metal frío y negro de Orthanc (símbolo del poder corporativo, una especie de “Costanera Center”).

Nos dice en Las Dos Torres: “Saruman y esas gentes inmundas (los orcos alterados científicamente de Isengard) hacen estragos ahora, derribando árboles, buenos árboles. Algunos los cortan simplemente y dejan que se pudran, pero la mayoría se los llevan a alimentar los hornos de Orthanc. Siempre hay un humo negro brotando de Isengard en estos días”.

La descripción por sí sola nos recuerda episodios muy cercanos. Continúa Bárbol: “Muchos de estos árboles eran mis amigos, criaturas que conocí en la nuez o en el grano, muchos tenían voces propias que se han perdido para siempre. Y ahora hay claros de tocones y zarzas donde antes habían avenidas pobladas de cantos”. De forma poética y emotiva el autor a través de Bárbol nos recuerda los estragos del sistema económico capitalista, que se alimenta de la depauperación de la naturaleza y sus recursos, llevando así a las ciudades a convertirse en lo siguiente: (cantan los ents describiendo Isengard) “Está clausurada con puertas de piedra, es fuerte y dura, fría como la roca y desnuda como el hueso; el tronco y la rama arden ahora, el horno ruge, en el país de las tinieblas”. Cuando Tolkien escribió esto, a principios del siglo XX, recién se estaban notando las consecuencias desastrosas de la contaminación y del capitalismo feroz y desatado. Recién terminaba el siglo XIX, que fue gobernado en gran manera por el paradigma positivista del eterno progreso del hombre, que la ciencia sólo podía producir cosas buenas, que así alcanzaríamos el desarrollo. Eso le dio sustento en sus albores al liberalismo. Lo grafica Tolkien en los experimentos y maquinaria de Saruman, Saruman el positivista, Saruman el capitalista, Saruman el imperialista. Nos cuenta Bárbol que mezcló la raza de los orcos con la de los humanos, produciendo una perversión llamada los Uruk-hai, o Isengardos. Mejoraron su crueldad y capacidad de asesinato, si es que eso puede ser una mejora. Tolkien fue soldado de las guerras mundiales, vivió en carne propia el uso perverso que se le puede dar a la ciencia para la maquinaria y los objetivos bélicos. Tuvimos que ver como el hongo gigante se alzaba sobre Hiroshima para que el dogma positivista se derrumbara definitivamente.

¿Cuál fue el problema de Saruman, el antagonista y la antítesis de Bárbol? Lo describe bien este último en Las Dos Torres: “Tiene una mente de metal y ruedas, y no le preocupan las cosas que crecen, excepto cuando puede utilizarlas en el momento”. ¡He ahí el mayor problema que aqueja al mundo! Como ahora los neoliberales, antes los capitalistas tradicionales nunca les importó el planeta, ni la sobrevivencia de la humanidad, padecen de cortoplacismo “sólo les importa el momento”, que es cuanto pueden ganar en sus vidas y acumular y acumular. En la lógica del lucro es que la extracción irracional y desmedida de los recursos se da ahora como ayer, sosteniendo un sinsentido. El consumo devenido en consumismo, la obsolescencia programada, los derivados especulativos, todo nace de tal dislocación inhumana sin visión de futuro.  

Muchos ents también tienen un problema: se han adormilado. Ahora son como árboles normales, ya no cumplen el rol que vinieron a jugar en  la historia. Es que los sujetos de la historia que pierden su conciencia política, social y ecológica (que viene a ser lo mismo) es como si estuvieran dormidos. ¿Nos pasará eso en la postmodernidad?

Dejamos a nuestro amigo Bárbol pastor de árboles preocupado por la situación. Ha decidido que no la tolerará más. Un ent milenario no tiende a perder la paciencia, pero cuando la seguridad del mundo peligra, alguien tiene que hacer algo. El bosque se ha enfadado. De pronto, empieza a moverse, ¡sí señores! Toda la masa verde de la enorme foresta, miles y miles de árboles marchan hacia Isengard. Vengarán la ofensa. Le enseñarán una lección al atorrante de Saruman. ¿Podrán ganarle a su avanzada maquinaria, a su profesional y mejorado ejército, a sus defensas y fortificaciones? A veces el hombre en su orgullo olvida el poder de la naturaleza. Nos dice el viejo ent: “Los ents estamos hechos de los huesos de la Tierra. Somos capaces de quebrar la piedra. Podríamos reducir a Isengard a un montón de astillas y convertir esos muros en un montón de escombros”. La figura del ent viene a ser la fuerza de la naturaleza personificada que despierta y se defiende por sí sola. Lástima que el mundo real eso no pase. Pero si pasó algo muy parecido el año 2011, cuando los estudiantes “despertaron” a nuestra sociedad de su letargo y marcharon por las calles. He ahí nuestra única esperanza, ahí radica nuestra fe.

 “El enemigo de hoy parece capaz de marchitar todos los bosques” condena Tolkien. Y no sólo los bosques, sino a lo que vive en él, a las aguas y mares y sus recursos, a la gente, a las esperanzas. Este enemigo que es el capital multinacional no tiene consideraciones de ningún tipo, y lleva a la humanidad y al planeta entero con todo lo que hay en él directo hacia el abismo.

¿Esperaremos que pase un milagro y los árboles se levanten junto con el resto de “lo que crece” y defienda nuestro hogar? Debemos tomar la conciencia que corresponde, ¡nosotros!, tenemos un papel fundamental en  esta historia, como dijera un brillante orador nacional. Ya no es una novela. Es la realidad, y no podemos ser testigos pasivos o meros observadores. Marchemos hacia Isengard, aunque sea la última marcha como cantara Bárbol, pero intentémoslo. Dice el viejo sabio: “Si nos quedamos en casa y no hacemos nada, la perdición nos alcanzará de todos modos, tarde o temprano. Por eso marchamos ahora. Quizá al menos después de esto merezcamos una canción”.

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Comentarios

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Juan

16 de noviembre

xcelente analogia, da bastante que pensar. Pero cuando despertaremos?

22 de noviembre

No lo sé, yo sólo interpreto buenos libros, no veo el futuro 😉

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