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El asesinato de Neruda y el saber histórico de su chofer

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Manuel Araya, dice que ahora puede morir tranquilo. La batalla pública ya está ganada, pero su salud le sigue pasando la cuenta. No tiene miedo, pese a que lo han amenazado de muerte por teléfono y de manera personal. Estuvo un tiempo bajo medidas de protección y la policía lo ha asesorado para que tome ciertas precauciones. Su saber histórico lo ha mantenido en pie.

Manuel Araya Osorio tiene un balazo en la pierna y un hermano desaparecido, al que asesinaron creyendo era él. Por haber sido chofer, guardaespaldas y secretario de Pablo Neruda, quedó marcado de por vida. El poeta le había advertido que alguna vez lo castigarían por trabajar junto a él, aconsejándole que nunca dijera nada, aunque le sacaran los ojos.

Estuvo a su lado desde que el poeta regresó a Chile procedente de París, hasta tres horas antes morir en la clínica Santa María, el 23 de septiembre de 1973, cuando un doctor, que entró a la habitación, lo envió a comprar un remedio. A unas pocas cuadras, un grupo de civiles, armados y  movilizados,  lo interceptan, lo golpean, lo balean y lo llevan a  una comisaría de Carabineros, desde donde lo trasladan al Estadio Nacional, entonces convertido en campamento de prisioneros.

Fue el 23 de septiembre de 1973. Poco antes de la medianoche, ese mismo día, muere en la clínica Pablo Neruda.

Un maldito pinchazo lo mató mientras un avión lo esperaba en la loza para trasladarlo a México, dice, afirmando que el poeta no estaba enfermo como para morir y que fue él mismo quien les dijo a Matilde y a él que le habían suministrado una inyección en el estómago. Lo habían internado en la clínica, pensando era un espacio seguro para resguardarlo y protegerlo mientras esperaban el salvoconducto que tramitaba la embajada de México  y preparaban el vuelo.

 Un hombre con historia

En el estadio Nacional lo torturaron hasta ver ante sus ojos su propia muerte, como el mismo dice. Querían saber sobre la vida de Neruda, su relación con el presidente Allende,  los dirigentes comunistas y sus planes. Tras 45 días de arresto, el 17 de noviembre de 1973, lo dejaron libre a las doce de la noche. Tenía una herida de bala en la pierna izquierda, las costillas y la cabeza rota. Pesaba 33 kilos, apenas caminaba. El Cardenal Raúl Silva Henríquez, que lo conoció en Isla Negra, intercedió por él y su libertad.

Recuperado de sus heridas y fracturas, hizo todo lo que estuvo a su alcance para sacar su voz. Habló con Matilde Urrutia, pero ella no quiso denunciar nada. Temía  la expulsaran del país y le quitaran los bienes.

Más tarde tocó las puertas de la Fundación Pablo Neruda y el mundo político. No le creían, no lo recibían o le pasaban una tarjeta, diciéndole que se contactarían con él. No le creían, pese a que las primeras informaciones de prensa (Diario El Mercurio y La Tercera) dan cuenta de que Neruda murió a consecuencia de un shock cardíaco, luego de una inyección. Ni las memorias ni los biógrafos recogen esta versión, remitiéndose al certificado de defunción, que señala como causal una metástasis de cáncer y al sesgo dado en torno a que llegó en estado grave a la clínica.

En 1992, no lo invitaron al funeral y sepultura que dejó al poeta mirando al mar.  Rumbo a Isla Negra, al pasar el féretro y la comitiva frente a él,  en la plaza de San Antonio, con lágrimas en los ojos, pañuelo al viento y el puño del Venceremos en alto, rinde un solitario, silencioso y anónimo homenaje. Lloró, una y otra vez. Era por pena, impotencia y por lo que considera el gran error: dejar solo a Neruda en la clínica al cuidado de su hermana, Laurita, que estaba medio ciega.

De tanto sufrir, se enfermó grave. Un pre-infarto le paralizó la mitad de su cuerpo. Por las noches, en sus sueños, el poeta lo animaba a seguir denunciando su asesinato.

Muchos desconocen o no quieren reconocer su rol en los últimos días de Neruda. En sus memorias, Matilde lo presenta como alguien lejano.

Tras los rastros de la verdad y la justicia

En noviembre de 2011, el Partido Comunista de Chile interpuso una querella por asesinato y asociación ilícita, caratulada  “Caso Neruda”. La investigación recae  en el ministro en visita, Mario Carroza, quien luego de reconstruir la historia, decreta una orden de exhumar los restos.

En el marco de la investigación, funcionarios de la clínica admiten haber visto personas extrañas el día que murió Neruda. También se ha dicho que ninguno de los exámenes analizados da cuenta de la presencia de algún tumor maligno. Ahora serán las pericias forenses, sus análisis e informes los que determinen las causas de muerte.

Esperanzando en que la verdad y la justicia vuelvan la historia a la memoria colectiva, Manuel Araya, dice que ahora puede morir tranquilo.  La batalla pública ya está ganada, pero su salud le sigue pasando la cuenta. A veces le viene un agotamiento que lo colapsa, sin embargo logra reponerse y seguir dedicado a su trabajo de taxista por las calles. Bordeando  los 70 años, tiene una pensión que no alcanza ni al sueldo mínimo y con ello no vive sus días.

No tiene miedo, pese a que lo han amenazado de muerte por teléfono y de manera personal. Estuvo un tiempo bajo medidas de protección y la policía lo ha asesorado para que tome ciertas precauciones. Su saber histórico lo ha mantenido en pie.  Cuando allanaron su casa, la dictadura se llevó todos los libros que le había regalado el poeta con dedicatorias y una credencial: un rompe fila que usaba, según lo necesitara. Era un tarjetón blanco – que­, recuerda – decía lo siguiente: ruego a las autoridades pertinentes otorgar todas las facilidades de trabajo a mi secretario. Pablo Neruda.

Su médico le prohibió conversar sobre lo de Neruda, pero él sigue haciéndolo. Desde que la revista mexicana “Proceso” publicara el reportaje “Neruda fue asesinado”, basado en sus declaraciones, un poco antes de la querella puesta en Chile, no han parado de entrevistarlo. De todo el mundo lo buscan y le ofrecen proyectos para llevar su historia al cine y editar libros en otros idiomas. Desde Suecia, lo invitaron a un homenaje que rendirán al poeta Premio Nobel de Literatura,  a  40 años de su muerte. También está invitado a Cuba.

Basado en su testimonio, el libro “El doble asesinato de Neruda”, de Francisco Marín y Mario Casasús, concluye que al poeta lo asesinaron físicamente e ideológicamente. Esto último, pues, según argumentan, sus bienes  están secuestrados en manos de quienes no representan su voluntad. Los estatutos de la Fundación Cantalao,  que no alcanzó a constituirse, mencionan como albaceas a dos representantes directos de él, a los rectores de las universidades de Chile, Católica y del Estado, a  un dirigente de la Central Única de Trabajadores, CUT y uno dela Sociedad de Escritores, SECH.

Pablo Neruda está sepultado en su casa-museo de Isla Negra. Quienes quieran visitarlo y  ponerle flores en su tumba, primero tienen que abrir su billetera y comprar una entrada que cuesta cuatro mil pesos. Manuel Araya, su chofer y secretario, sostiene que a Pablito, como le decía, porque – según sus propias palabras – psicológicamente era un niño,  lo tienen solo y aislado de aquellos a quienes verdaderamente pertenece.

* Fuentes: Entrevista periodística a Manuel Araya realizada en SanAntonio y en Isla Negra; documentación medios de prensa.

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Comentarios

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Audelino Araneda

23 de febrero

Hace mucho tiempo que este leal hombre clama que lo escuchen, pero todos miran para el lado
Saben que, así como todo lo de Neruda esta secuestrado por gente que sólo le interesa el dinero y el poder, incluida Matilde todo seguirá igual, es más cómoda la versión oficial, esa no molesta
Da pena e impotencia como las Gladys, los Guillermos y los Lautaros también secuestraron al PC y en este caso agobiados por el peso de las pruebas ponen la denuncia por asesinato y ahora hacen gárgaras con lo que ellos sabían

25 de febrero

Me resulta majadero estar observando desde un buen tiempo a esta parte cómo personas cercanas a próceres políticos, partidos políticos, familiares y otros, pretenden lograr que se demuestre que sus “deudos” fueron asesinados por el aparato estatal de la época.Es el caso de Frei Montalva, cuyos familiares alegan que fue asesinado con gas mostaza (cuando estaba ya en sus últimos momentos) y no han cejado en reavivar el caso cada vez que un episodio electoral se lleva a efecto, a cualquier precio, logrando varias exhumaciones para detectar “el gas” en los restos mortales del occiso.Un acción sin sentido desde el punto de vista médico legal. En el caso Bachelet, la familia, bajo la dirección de un abogado Contreras, activo militante de izquierda, alega que el General habría sido asesinado como consecuencia de torturas en la AGA y que, siendo el un cardiópata conocido, habría determinado su muerte (asesinato) cuando ya se encontraba detenido en la Cárcel Pública y mientras participaba en un partido de baby futbol (y esto consta). Ahora, en el caso Neruda, se insiste en que NO ni nunca habría presentado un cáncer de próstata extenso. Para ello basta consultar a los urólogos que en Francia y en Chile lo atendieron.Sin embargo, se alega por miembros de su partido, que manos extrañas habrían intervenido en la Clínica Santa María para matarlo (de lo que no hay ningún fundamento) y le da pábulo al Juez Carroza (muy condescendiente) para que ordene su exhumación (luego de tantos años) para dererminar la causa última de su muerte. El factor común de todas estas argucias es conseguir que el Estado de Chile se haga responsable y pague las debidas indemnizaciones que en ningún caso serían inferiores a los diez millones de dólares.Esto, por decir lo menos, lo encuentro impresentable y me ahorro insistir en mayores comentarios por respeto a las víctimas.

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