#Justicia

Daniel Zamudio, el testarudo

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La cobardía de los criminales descansa en la impunidad que resulta de la falta de recursos de los familiares de las víctimas. Impunidad que aumenta sus posibilidades cuando la víctima es un individuo que vive alguna o varias formas de exclusión o marginalidad.

Escribo estas líneas –extensas y caóticas- solo horas después de asistir a la Velatón por la Justicia, acto organizado por la Fundación Daniel Zamudio en el Parque San Borja para conmemorar un año del brutal ataque homofóbico que terminó con la vida de este joven, tras agonizar durante veintitrés días en la Posta Central. La hilera que conformamos algunos cientos de personas parte en plaza Baquedano cerca de las 22 horas de ayer sábado 2 de marzo. Hay familiares, amigos, activistas de la diversidad sexual, anónimos ciudadanos memoriosos –que no queremos que este crimen pase al olvido- y algunos medios de prensa. La hilera cruza la Alameda. Una voz masculina insiste por megáfono en este necesario ejercicio de la memoria. Respeto, tristeza y asombro nos devuelven las miradas de los transeúntes. Asombro, como si nuestra presencia les recordara de pronto que hace un año efectivamente se perpetró este crimen. ¿Es posible acaso olvidarlo? En la hilera hay algunas sonrisas, conversaciones por celulares y diálogos intrascendentes. Me molesta este barullo, la liviandad con que varios transitan este acto. Tardo minutos en entender que tal vez es una forma de apartar el dolor que los sigue inundando cuando aparece el silencio.

Ya en el parque, se suceden los oradores. Una voluntaria de la fundación, el vocero del Movilh Jaime Parada y el padre de Daniel, quien rememora anécdotas y sueños de su hijo asesinado. “Quería ser un artista famoso. Era testarudo, siempre se salía con la suya. Lo extraño, todos los días lo extraño”. Pasa por un costado su hermano mayor, Diego, e instintivamente bajo la vista. Conversamos un par de veces el año pasado, cuando Daniel estaba hospitalizado. Intercambiamos teléfonos. Le propuse escribir un reportaje unos meses más adelante, cuando Daniel ya estuviera en casa, para mostrar cómo se recuperaban como familia, cómo vivían su proceso de reparación. No pude cumplir mi palabra.

Con Jacqueline, la madre de Daniel, tenemos edades similares. Una de las ideas recurrentes en estos doce meses es que Daniel podría haber sido mi hijo; es decir, yo no tengo hijos, pero podría haber tenido uno de su edad al que eventualmente hubieran atacado. Fue una idea aterradora que compartimos varios amigos –padres ellos- por un buen tiempo. “Cualquiera de nosotros podría haber sido Daniel”, insisten los activistas. Entiendo el concepto y el trasfondo, pero discrepo. Los crímenes de odio habitualmente ocurren contra las víctimas más vulnerables: niños, jóvenes y mujeres, las más de las veces de ingresos bajos. La cobardía de los criminales descansa en la impunidad que resulta de la falta de recursos de los familiares de las víctimas. Impunidad que aumenta sus posibilidades cuando la víctima es un individuo que vive alguna o varias formas de exclusión o marginalidad. Daniel fue amenazado de muerte meses antes por sus torturadores, que ingresaron en la tienda donde trabajaba. ¿Con qué recursos legales y económicos contó para defenderse? ¿Qué redes de apoyo efectivas podrían haber evitado este crimen? ¿Se habrían atrevido a atacarlo si se hubiese tratado de alguien menos indefenso? La exclusión económica es relevante en la desprotección de las potenciales víctimas. La acción del Estado debiera revertir esta injusticia. No es lo mismo juntarse a conversar o a beber cerveza en un parque que en un restobar o un campus universitario; tomar un taxi ante una señal de peligro que enfrentar largos y solitarios tramos en micro y a pie para llegar al resguardo hogareño; contar con un abogado que interponga medidas de protección ante una amenaza que resignarse y confiar en que no se concretarán; asistirse con terapia para superar las agresiones que respirar profundo y darse valor solos. Todos los tics de la clase media profesional que permiten disminuir el riesgo y a los que Daniel no tuvo acceso. Todos los recursos que vuelven improbable –aunque no imposible- que esto ocurra a “nuestros hijos”. (Esto no es una crítica a la familia de Daniel. Por el contrario, el coraje y la honestidad con que enfrentaron la agresión permitieron que se hiciera pública y que este crimen no quede impune. Pero, ¿cuántos danieles olvidados hubo antes, ocultos en la vergüenza y el miedo?).

Nos invitan a dejar nuestras velas en el parque. Pese a todo, es un lugar agradable. Nos repartimos por los senderos. Es el parque de mi etapa universitaria, el escenario de conversaciones intensas, escarceos amorosos y consumos clandestinos varios. Es aún el parque aledaño al jardín infantil de dos de mis sobrinos, quienes juegan y pasean por estos senderos con sus compañeritos de nivel. Mientras tanto, la familia de Daniel baja al rincón donde lo encontraron moribundo. Es un rincón iluminado, con algunos árboles que no impiden la visibilidad, y que dista menos de doce metros de las ventanas de un edificio. Una reja sirve de límite con una calle donde circulan ahora algunos peatones. ¿Es posible realmente que nadie viera lo que ocurrió hace un año, cuando a un casi niño le quebraron a pedradas el hueso de una de sus piernas “que sonó como un hueso de pollo”, le arrancaron una oreja y le marcaron esvásticas en la piel?

Los padres suben la escalera, dejan atrás el pequeño monolito recordatorio. Se unen a otras personas y rezan en círculo un padrenuestro y un avemaría. Luego agradecen nuestra presencia, con una entereza que sobrecoge. Nos retiramos siguiendo los senderos de luz tenue de las velas aún encendidas. Aún no comprendo cómo pudo producirse un crimen como éste en el país que habito. Pero me permito creer que mientras pongamos palabras, memoria, luz, sentido y justicia a lo ocurrido, las bestias que permanecen agazapadas en nuestras ciudades no se atreverán a atacar nuevamente a un niño indefenso. 

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Comentarios

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04 de marzo

buena jorge muy buen articulo es una mirada cercana, una realidad donde lo que son deprovisto socialmente son siempre lo mas afectado desgraciadamente tanto los gobierno de concertacion y derecha ocupan estos temas políticamente y no del corazon

camilo ortiz

06 de marzo

Hay muchos escritores alemanes como el propio Nobel Gunter Grass, (“El Tambor de Hojalata”) que aún con todo su potenecial intelectual no lográn explicarse cómo diablos la nación más culta de europa pudo dejarse seducir para caer en semejante bárbarie. Que resta para nosotros, que nos dejamos seducir hasta por la cajita de los tontos ahora plasma que tenemos en el living, si esto recién estuviera empezando, porque aunque la serpiente muera su huevo resiste años y años, hasta hiberna esperando que algunos idiotas lleno de odio lo haga eclosionar nuevamente.

Iván Zamudio Contreras

06 de marzo

Es muy difícil comprender, los miles y miles de millones de mentalidades humanas. cada cual tiene su forma de actuar. Pero al final el destino para cada uno es el mismo dependiendo como actúe. Es difícil tratar de llevar una vida cotidiana, sabiendo que una parte de ella, es arrancada de tu ser y de la peor forma.
A pesar de ello, tenemos el ánimo de leer a personas desconocidas, quienes, de una u otra forma intentan protestar por la idiosincrasia de este mundano mundo.
Me es muy grato saber que existen personas de opiniones fuertes, agradables,y con mucho sentimiento y respeto.
,Muchas gracias.

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