Las enormes ganancias generadas por el narcotráfico contribuyen la proliferación de zonas grises en todo el mundo, corroen instituciones y debilitan la democracia.

El daño colateral de la guerra contra las drogas
Todo lo anterior pone en evidencia que la guerra contra las drogas no solo fracasó, además ha sido y es contraproducente. El daño colateral es enorme; mucho mayor que cualquier beneficio que puedan esgrimir quienes la defienden.

Son sólo 5 cuadras de largo y 11 pasajes que la cruzan de norte a sur. Una superficie explosiva de 15,36 hectáreas que, con sus calles sin salida y sus casas interconectadas, ha conseguido poner en jaque las políticas públicas de seguridad durante los últimos diez años. Narcotraficantes y delincuentes imponen sus reglas. Y la violencia extrema.

Esta podría ser perfectamente la descripción de una de las locaciones donde se grabó The Wire, la excelente serie de televisión ideada por el periodista Dave Simon, que muestra, con detalle y realismo, cómo operan las bandas de narcotraficantes en ciertas zonas de Baltimore, una de las ciudades más peligrosas de Estados Unidos. También podría ser un retrato escrito de alguna de las muchas favelas de Brasil controladas por organizaciones criminales (el PCC, el Comando Vermelho, etc.), o de cualquiera de las “zonas grises” existentes en prácticamente todas las ciudades del planeta.

La cita es, precisando, un extracto de un reportaje sobre el narcotráfico en un barrio de Santiago de Chile, una de las ciudades más seguras de América Latina.

Las zonas grises, vale decir aquellas en las que prima el uso discrecional y desregulado del poder, y donde las reglas derivadas de los procesos democráticos son reemplazadas por la ley del más fuerte, proliferan en el mundo. En el centro y la periferia, en Occidente y en Oriente, los Estados se muestran incapaces de contrarrestar la poderosa sinergia que se produce entre pobreza, marginalidad y narcotráfico.

El prohibicionismo y la guerra sin cuartel contra las drogas, impulsada desde hace varias décadas por Estados Unidos, han generado efectos distintos a los buscados. Las organizaciones criminales siguen, a pesar de todo, enriqueciéndose, al tiempo que la violencia recrudece en todos los países en los que se produce o por donde transita la droga, particularmente la cocaína, hacia el principal país de consumo, Estados Unidos. Las zonas grises se multiplican al interior de Estados estructuralmente débiles y corruptos, y también en Estados fuertes. La corrupción avanza, impulsada en parte por los cientos de miles de millones de dólares generados anualmente por el narcotráfico; los asesinatos aumentan dramáticamente en Centro América, México y el Caribe.

Los índices de homicidios en algunos países como Honduras son alarmantes: 82,1 asesinatos por cada 100 mil habitantes, más que en ningún otro país del mundo. En la ciudad de Ceiba ese número se eleva hasta los 174,2 muertos por cada 100 mil habitantes. Esto es más de 10 veces el promedio de asesinatos en las Américas (16/100.000), y 25 veces el promedio mundial (6,9/100.000)*.

En Honduras los homicidios aumentaron un 100% entre el 2005 y el 2010. En México un 65%. En ambos casos, los asesinatos se concentraron en el norte, en zonas por las que transita la droga. Por otro lado, en Jamaica el 60% de los cerca de 1500 homicidios anuales están vinculados con el narcotráfico. 65% en Trinidad y Tobago (Diálogo 2010).

En Sudamérica, el narcotráfico ha financiado a grupos insurgentes, contrainsurgentes, terroristas y, por cierto, a políticos corruptos. Dio (y sigue dando) sustento, directo o indirecto, a la violencia que produjo decenas de miles de muertes en Perú y Colombia en décadas pasadas. Ambos países son, coincidentemente, los principales productores de cocaína del mundo.

El esfuerzo por reducir la producción de cocaína en Colombia -principal productor hasta el 2010- tuvo por resultado el aumento de la producción en Perú, que superó a Colombia en el ítem cocaína pura. Además, mientras las hectáreas cultivadas con coca han ido disminuyendo en Colombia han aumentado en Perú y en Bolivia. Este fenómeno se conoce popularmente como efecto globo: si presionas en un punto el problema surge en otro.

Informes recientes señalan que el departamento de Loreto -el más grande del país, colindante con Colombia y Brasil- se ha convertido en el nuevo punto neurálgico del cultivo de coca en el Perú, superando ampliamente al denominado VRAE (Valle de los Ríos Apurímac y Ene). Si bien la información no ha sido confirmada, en un reciente viaje a la zona pude constatar la preocupación de algunos empresarios madereros, quienes aseguraron haber encontrado cultivos en sus concesiones forestales. La preocupación es doble, puesto que afirman que las autoridades no dan importancia al hecho. Similares inquietudes se escuchan en ciertas regiones de la Selva Central, como en Codo del Pozuzo, en las que no se registraban cultivos.

Todo lo anterior pone en evidencia que la guerra contra las drogas no solo fracasó: además ha sido y es contraproducente. El daño colateral es enorme; mucho mayor que cualquier beneficio que puedan esgrimir quienes la defienden. La lógica prohibicionista ha llenado las cárceles del mundo de microtraficantes y consumidores, a un costo monetario altísimo para los Estados. La penalización del consumo impide que la drogadicción -y su impacto en la sociedad- sea abordada como lo que es: una enfermedad y un problema de salud pública.

Las enormes ganancias generadas por el narcotráfico -que se explican en parte por los altos precios propiciados por la guerra contra las drogas- contribuyen la proliferación de zonas grises en todo el mundo, corroen instituciones y debilitan la democracia. En algunos países el resultado ha sido un círculo vicioso de corrupción-ilegalidad-violencia-corrupción del que es muy difícil escapar.

Al analizar el problema del narcotráfico y las consecuencias de la guerra contra las drogas desde América Latina, debemos tener en cuenta que nosotros no solo ponemos la materia prima -la coca, la marihuana, etcétera-: también pagamos los mayores costos institucionales y -lo más dramático- ponemos a los muertos.

Daniel Bello

Peruano y chileno, músico, Licenciado en Educación, Magíster en Estudios Sociales y Políticos Latinoamericanos, Doctorando en Estudios Americanos, investigador del Instituto de Estudios Internacionales (INTE). Fundador y editor de la revista Encrucijada Americana (http://www.encrucijadaamericana.cl). Secretario Ejecutivo del Observatorio Democracia, Ciudadanía y Derechos (Decide), del Departamento de Ciencia Política y RRII de la Universidad Alberto Hurtado (http://www.cienciapolitica.cl/decide/)