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El chavismo, más allá de la “hugolatría”

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Según el Instituto Nacional de Estadística, hasta 1998, el 50,8% de la población venezolana era considerado pobre y el 20,3%, extremadamente pobre. En 2010, esos índices cayeron, respectivamente, a 31,9 y 8,6%. Esto explica el apoyo sostenido que los sectores más carenciados le han dado en las urnas al proyecto de Chávez en reiterados procesos electorales.

El 7 de octubre próximo, Venezuela será escenario de un choque electoral que excede, con mucho, el interés exclusivo de los venezolanos y se prolonga hacia el resto del continente que observará, expectante, los comicios. Ese día, el actual Presidente Hugo Chávez Frías intentará renovar sus credenciales para el cargo, enfrentando a Henrique Capriles Radonski, abanderado de la Mesa de Unidad Democrática (MUD), quien se ha fijado como objetivo terminar con los catorce años de gobierno chavista.

Pocas veces una elección ha tenido tanta significado como ésta en Venezuela. Tal vez la única excepción sea el referéndum de diciembre de 2007, cuando los venezolanos le dijeron no a un proyecto de reforma constitucional presentado por Chávez que le garantizaba una virtual permanencia indefinida en el Palacio de Miraflores.

Lo cierto es que hoy el electorado está tan polarizado como entonces (o quizás más), porque el cáncer que se le cruzó en el camino al gobernante que inició su carrera política con un intento de golpe, en febrero de 1992 –y del que dice estar curado-, hizo que muchos de sus adversarios fantasearan con una temprana salida de escena de aquel que concentra toda su animadversión.

Alguien incluso debe haber recordado, con cierta sorna, una declaración hecha por el comandante en 2007, cuando luego de aceptar a regañadientes su derrota en las urnas, declaró: “No me voy hasta que Dios quiera”.

Lo claro es que un nuevo revés pondría, sin duda, en suspenso el proceso desarrollado a partir de 1998, con su acceso al poder, y que –gústele o no a los observadores externos, que lo contemplan bajo diferentes prismas- ha introducido reformas tectónicas que han mudado el rostro de una nación que hasta fue rebautizada como República Bolivariana de Venezuela, en el transcurso de este giro histórico. Los juicios sobre lo que allí ha pasado en un lapso de casi una década y media son tajantes, y, por lo general, no admiten matices. Se está a favor o en contra, sin tonos intermedios, de un proyecto en el que el rol estelar lo juega un jefe militar que –a diferencia de lo que ha ocurrido tradicionalmente en Latinoamérica- no se muestra proclive a conservar un orden amenazado por ideologías exógenas, sino que postula reformas estructurales bajo el rótulo de lo que él denomina “el socialismo del siglo XXI”.

En 1992 viajé a Caracas para cubrir la intentona fallida para un diario chileno. Entrevisté a José Vicente Rangel, un viejo zorro de la política caraqueña, quien me dijo que la estrella de Chávez estaba lejos de haberse apagado, a pesar del revés sufrido. Y que una breve aparición en televisión, anunciando la rendición “por ahora” de las tropas que habían actuado bajo su mando lo había proyectado a nivel nacional con una fuerza mediática  que daría que hablar en el futuro.

Rangel, que conocía como pocos la interna militar venezolana, sabía de lo que hablaba. Había comprendido, del mismo modo que lo hicieron otros después, que el sistema político de ese país, basado en el pacto de Punto Fijo (1958) –que preveía la alternancia de dos grandes partidos, Acción Democrática (AD) y el socialcristiano COPEI-, estaba herido de muerte. Y que quien le había inferido el golpe fatal había sido el “adeco” Carlos Andrés Pérez, el cual, tres semanas después de ser elegido por segunda vez como jefe de Estado, decretó un alza de la gasolina, dentro de un paquete de ajuste mayor, que derivó en el “Caracazo”.

Un reventón popular que, al ser sofocado, dejó centenares de muertos y que marcó el abrupto fin de un ciclo político. “Ese día cayó Pérez y cayó la democracia”, reconoció luego Moisés Naím, quien hoy ejerce como analista del diario español El País, y que en 2007 fue uno de los entrevistados por el historiador mexicano Enrique Krauze, quien armó un interesante mosaico –publicado como libro en 2008, bajo el título de El poder y el delirio– que refleja, como pocos lo han hecho, ese país altamente fragmentado que es, hasta nuestros días, la Venezuela de Chávez.

Este libro parte por reconocer una obviedad: que hay una gran cantidad de volúmenes que han alimentado, en forma laudatoria o crítica, lo que Krauze califica como “hugolatría”. Pero que su trabajo pretende diferenciarse de ellos, ya que la mayoría están “contaminados –como reza la contratapa de la edición de Alfa- por la polarización ideológica impuesta como fórmula para el debate de ideas y que (…) difícilmente aporten nuevos elementos para desentrañar una realidad tan compleja”. El mérito de Krauze no es menor, porque partiendo de una visión abiertamente discrepante en relación con el fenómeno chavista, es capaz de superar un mero abordaje interpretativo del mismo, y con rigor de reportero e historiador recoger posiciones que, a no dudarlo, están muy lejos de sus propios puntos de vista.

Una incógnita llamada Hugo Chávez

Así es como en 357 páginas, que se devoran con fruición, se suceden personajes dispares y encontrados que contribuyen, sin embargo, a través de una suerte de polifonía, a rellenar los
huecos de un gran mural que constituye, al final, el retrato aproximado y fragmentario de esa incógnita llamada Hugo Chávez.

Desfilan, entre otros, los testimonios de antichavistas connotados como el ex guerrillero Teodoro Petkoff; el citado Moisés Naím; el ex mentor de Chávez, Luis Miquilena, que luego se terminó apartando de su discípulo; o el general Raúl Isaías Baduel, su ex compañero de armas, quien fue el que lo rescató del “injustificable golpe de 2002 (Krauze dixit)”, pero que no estuvo dispuesto a acompañarlo en su campaña a favor de una reelección casi de por vida.

Y para equilibrar la balanza se acude también a los dichos de chavistas de primera línea y de la más estrecha confianza del Mandatario, tales como Aristóbulo Iztúriz, fundador de Causa R y del Partido Patria para Todos, brazos civiles del Movimiento Bolivariano V República, que propulsó a Chávez al poder; Jorge Rodríguez, hijo de un guerrillero asesinado por la DISIP en el gobierno de Carlos Andrés Pérez; el periodista José Vicente Rangel; y Alí Rodríguez Araque, actual secretario
general de Unasur (Unión de Naciones Sudamericanas), el cual formara parte, en otros tiempos, de la guerrilla comandada por Douglas Bravo.

Particularmente llamativa es la entrevista a Rodríguez Araque, quien ha ocupado diversos ministerios durante el gobierno de Chávez, junto con haber sido presidente de la estratégica petrolera estatal (PSDVA) y embajador en Cuba. Krauze llega hasta él derivado por Antonio Sánchez García, un chileno radicado en Venezuela que es acerbo crítico del régimen, pero que le aclara que Rodríguez, “además de muy honrado, es quien mejor te puede referir la visión idealista, utópica del chavismo”.

Krauze dialoga con él, y al término de la charla, estrecha su mano con la hidalguía de quien valora a su adversario, por encima de sus diferencias. “Creo entender –añade- por qué es un hombre respetado aún por la oposición. Representa el espíritu revolucionario, el idealismo revolucionario, en su estado prístino, puro”.

Los datos duros de un proceso de cambios

Al margen de las anécdotas, existen datos duros que permitirían que Chávez, si la salud lo acompaña, pueda mirar el futuro con cierta tranquilidad. Para empezar, el señalado por el propio Krauze, basado en información de la CEPAL: la pobreza, en Venezuela, se redujo en siete años –de 1999 a 2006- de un 50 a poco más de un 30 por ciento.

Es más: según el Instituto Nacional de Estadística, hasta 1998, el 50,8% de la población era considerado pobre y el 20,3%, extremadamente pobre. En 2010, esos índices cayeron, respectivamente, a 31,9 y 8,6%. Esto explica el apoyo sostenido que los sectores más carenciados le han dado en las urnas al proyecto de Chávez en reiterados procesos electorales, excepto en 2002, cuando muchos de sus partidarios se abstuvieron por considerar que el reeleccionismo eterno favorecía una suerte de “bonapartismo” exacerbado que ponía en riesgo los valores propios del estado de derecho.

Otros datos de relevancia son los siguientes: Venezuela es el país con menor desigualdad social en América Latina, con un coeficiente Gini de 0,394 –en una escala donde la menor desigualdad es la más cercana al valor cero. Y el coeficiente heredado de los gobiernos anteriores a Chávez era de un 0,487 (bastante inferior todavía, en todo caso, a la de países como Brasil y Chile).

El salario mínimo venezolano es, a su vez, el mayor de Latinoamérica y el Caribe, rondando los 700 dólares, seguido por el argentino (US$ 530) y el panameño (US$ 432), de acuerdo a estadísticas
de la OIT.

Junto con la redistribución de la renta, promovida desde el Estado, otro factor que ha consolidado la base de sustentación del gobierno son las llamadas “misiones sociales”, que partieron en 2003. Los programas aplicados tuvieron eficacia comprobada por organismos internacionales y Venezuela fue considerado “territorio libre del analfabetismo” en 2006. Tres años antes, el país tenía un millón 600 mil analfabetos.

En síntesis, y en un proceso parecido al llevado a cabo en el Brasil de Lula, más del 30% de la población cambió de estrato social y migró desde los segmentos pobres hacia la clase C, la de las capas medias. Tanto fue así que el propio campo opositor al gobierno se vio forzado a reconocer, en los últimos tiempos, ciertos avances en el terreno social, en lugar del anterior rechazo en bloque a todo lo hecho por Chávez.

De hecho, la campaña de Capriles ha prometido preservar, en caso de obtener el triunfo, las misiones sociales, aunque ha introducido el matiz de que se propone eliminar el Fonden, fondo de
financiamiento de los programas sostenidos con el dinero del petróleo, si es que la MUD llega al Poder Ejecutivo.

Polarización sin atenuantes

No obstante esto, la polarización no se atenúa. ¿Por qué? La respuesta varía según la óptica utilizada para mirar las cosas.

Para Jesse Chacón, politólogo chavista y ex teniente que estuvo preso junto a Chávez, la explicación es clara: “el punto central de tensión es que los propietarios de los medios de producción están dejando rápidamente de ser los dueños del poder político, lo que provoca una fuerte reacción de los estratos más altos y su entorno”. “La renta promedio del 20% más rico no fue afectada, tampoco su estilo de vida, pero perciben que ya no retienen el control del Estado y de la sociedad, lo que les provoca miedo y rabia”, sostiene al ser entrevistado por el medio brasileño Opera Mundi.

Enrique Krauze, en cambio, como buen mexicano (país donde se llevó a cabo nada menos que una revolución para terminar con la reelección infinita de Porfirio Díaz), pone el acento en las amenazas que para la democracia liberal supone un modelo de conducción basado en el personalismo y el caudillismo. Y cita a Lázaro Cárdenas como el paradigma de líder revolucionario del que Chávez eligió ser su exacta contracara, ya que devolvió 17 millones de hectáreas a los campesinos y nacionalizó el petróleo, pero no aceptó jamás que lo reeligieran.

Aunque le concede, a su turno, un pequeño crédito, cuando dice que Chávez, aun siendo un narcisista extremo, no ha sido jamás “sanguinario ni cruel”. Y que está, además, por cierto, muy lejos de la caricatura de quienes ven en él a una simple marioneta o mascota de Fidel Castro, ya que el hombre de la boina roja, que se proclama sucesor de Bolívar, es tan o más inteligente que el ex líder cubano, en el cual también reconoce haberse inspirado para su causa.

* Esta columna fue originalmente publicada en América Economía. 

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