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Diez años del PT en el poder: la hora del balance brasileño

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Lo curioso del caso, no obstante, viendo las cosas en retrospectiva, es que al final el petismo, en la medida en que va logrando cuotas de poder desde la escala local hasta el más alto nivel nacional, va moderando su mensaje inicial, que en los inicios era estridentemente radical y rupturista, hasta derivar en una suerte de “neodesarrollismo” que se manifiesta con claridad hoy, cuando hace su propio balance de su primera década de gobierno.

El primero de enero pasado se cumplió una década de permanencia en el poder, en Brasil, del Partido de los Trabajadores (PT). La agrupación que fue creada por Luiz Inácio Lula de Silva el 10 de febrero de 1980, en el Colegio Sion, del barrio paulista de Higienópolis y que, a sólo 23 años de su lanzamiento, consiguió ubicar al líder metalúrgico en el palacio presidencial del Planalto.

Es el momento oportuno, entonces, para hacer un balance de la trayectoria y los logros de este partido político que se articuló, principalmente, en base a tres vertientes: el sindicalismo combativo del polo industrial de vanguardia del ABC paulistano (San Andrés, San Bernardo y San Caetano); los católicos progresistas inspirados por la Teología de la Liberación y algunos remanentes de la lucha armada contra la dictadura militar brasileña.

Al año siguiente del nacimiento del PT se estrenó “Ellos no usan smoking”, un filme que da cuenta, desde la mirada del cine, de la atmósfera de ebullición social que se vivía en esos años en San Pablo, con huelgas masivas y una represión que reflejaba la coyuntura de declinación y crisis por la que atravesaba el régimen autoritario.

El modelo político estaba agotado y no admitía reingenierías ni parches que no supusieran cambios de peso. De hecho, se basaba en un bipartidismo forzado que sólo admitía dos expresiones: el oficialista ARENA, que en 1980 cambió su nombre por el Partido Democrático Social (PDS), y la oposición de centro, representada por el Movimiento Democrático Brasileño (MDB).

El rápido desarrollo industrial, cuya mayor expansión se produjo entre 1968 y 1973, en el gobierno del general Emilio Garrastazu Médici, con un PIB que crecía a más del 10% anual como promedio, favoreció el surgimiento de nuevos actores sociales –trabajadores urbanos concentrados en grandes plantas fabriles- que resistieron con denuedo la mala distribución de las ganancias que el “milagro económico brasileño” producía a manos llenas.

Lula, el nordestino nacido en Garanhuns (Pernambuco) que llegó de pequeño a San Pablo, con su familia, atraída –como tantas- por la esperanza de darle un mejor futuro a sus hijos- es la expresión corporizada de ese “nuevo proletariado” que se resiste a entrar en los espacios de la política tradicional y opta por crear sus propias opciones.

El ethos desarrollista del PT

Distanciado, además, de la izquierda histórica –que se nucleaba, en lo fundamental, en las filas del viejo “Partidão”, el Partido Comunista Brasileño-, el PT aprovecha la oportunidad que le deja abierta esta agrupación de larga data (fue fundada en 1922), pero que llega exhausta, dividida y muy golpeada al período final de la dictadura.

Lo curioso del caso, no obstante, viendo las cosas en retrospectiva, es que al final el petismo, en la medida en que va logrando cuotas de poder desde la escala local hasta el más alto nivel nacional, va moderando su mensaje inicial, que en los inicios era estridentemente radical y rupturista, hasta derivar en una suerte de “neodesarrollismo” que se manifiesta con claridad hoy, cuando hace su propio balance de su primera década de gobierno.

Vale la pena echarle un vistazo al documento titulado “El decenio que cambió a Brasil” en la página web del think tank del PT, la Fundación Perseu Abramo (www.fpabramo.org.br/). Allí está graficada la evaluación que el lulismo hace de su gestión a lo largo de tres gobiernos (los dos de Lula y el de Dilma Rousseff, que arrancó en 2011). Y es, a no dudarlo, también la base a partir de la cual Dilma seguramente postulará a su reelección el 2014.

El folleto, de 25 páginas, resume las metas alcanzadas y compara la performance del proyecto “neoliberal”, c onducido por los gobiernos de Fernando Collor, Itamar Franco y Fernando Henrique Cardoso, en el período que va de 1990 a 2002, con la del proyecto “desarrollista”, impulsado por Lula y su heredera política, desde 2003 hasta 2012.

Los resultados, en términos de cifras, obviamente favorecen al decenio petista, al que califica de “glorioso”. En síntesis, allí se plantea que la inflación media anual en la fase a (neoliberal) fue de 9,1 contra 5,8 en la fase b (desarrollista). Que el PIB promedio de la etapa a fue de 0,8 versus 2,2 de la etapa b. Y que la deuda pública pasó de 11,7 (fase a) a 3,5 (fase b), mientras que las reservas internacionales se expandieron de -0,3 a 25,7.

La brecha de desigualdad, medida en base al coeficiente de Gini, también disminuyó en el último período. Y el salario medio real de los trabajadores creció por encima del incremento de la productividad. “Entre 2003 y 2010, por ejemplo, el aumento acumulado de la productividad fue de 13,2% ante una expansión del 20,8% del salario real”.

“Actualmente, Brasil ocupa el sexto puesto en la producción global de manufacturas y el segundo en la exportación agrícola del mundo. Hacia el final de la década de 2010, el país se debe situar entre las cuatro mayores economías globales y ser el primero en la exportación agrícola mundial”, añade el texto.

Aunque se admite, en otra parte del mismo, algo que no deja de ser curioso para un partido que emergió a la luz pública uniendo la reivindicación por la democracia con los derechos sociales: “Durante los 21 años del régimen militar (1964-1985), la innegable expansión de las bases materiales de la producción permitió insertar al país entre las ocho más importantes economías capitalistas del mundo”.

Un reconocimiento póstumo, hay que decirlo, a la política económica de los militares, que también se caracterizó por un ethos nacional-desarrollista, en el que hubo muy poco espacio para los ímpetus privatizadores y neoliberales a ultranza que se manifestaron sin atenuantes en otras dictaduras castrenses en Latinoamérica.

De hecho, no por nada Antonio Delfim Netto, ministro de Hacienda de 1967 a 1974, fue asesor de Lula y es un entusiasta partidario de la reducción de tasas llevada a cabo por Rousseff en 2012, con el fin de reimpulsar el por el momento decaído crecimiento económico (0,9% creció el PIB el año pasado, según cifras recientemente conocidas).

La mitad vacía del vaso

Pero, ¿cuál es, por su parte, la visión del principal opositor, el Partido Social Demócrata Brasileño (PSDB), en torno a la década virtuosa del lulismo?

El PSDB es, desde luego, uno de los principales blancos del documento del PT que se ensaña con los dos gobiernos de Fernando Henrique Cardoso (1995-2002), al que acusa de haber hecho caer los salarios y aumentar “el derrame continuo de recursos públicos para los segmentos más ricos y enriquecidos por una deuda en expansión y por tasas reales de interés incomparables internacionalmente”.

Al cumplirse los 33 años del PT, el senador Aécio Neves (nieto de Tancredo Neves, quien fue elegido para presidir Brasil en 1985, pero nunca llegó a asumir el cargo, pues falleció en el intertanto), subió a la tribuna de la Cámara Alta, en Brasil, para listar lo que llamó los “13 fracasos” del PT, al que ha acusado de falta de “autocrítica y humildad”.

Aécio, de 53 años, es el candidato favorito de los “tucanos” –apodo popular que se les da a los militantes del PSDB-, para disputarle la reelección aDilma, dado que José Serra, su adversario en 2010, parece fuera de juego.

Para Neves, ex gobernador de Minas Gerais, entre los fracasos de los petistas está el PIB per cápita por debajo de lo esperado (e inferior a los de Chile, Argentina y Uruguay), la parálisis de grandes obras, el desguace de las industrias, el bajo crecimiento económico combinado con una peligrosa tendencia inflacionaria, la pérdida de credibilidad externa y el “desmonte” de estatales, como Petrobras y Eletrobras.

También anotó como “errores” el discurso “irreal” de autosuficiencia en combustibles, los riesgos de apagón constantes y la concentración de la autonomía gubernamental en manos de la Unión, en un país que es federal. A lo que agregó los reveses en seguridad pública, educación y salud, y el “estímulo a la intolerancia y el autoritarismo”.

Un discurso crítico que mira la mitad del vaso vacío, pero que al parecer todavía no consigue calar en el pueblo brasileño, a juzgar por las encuestas. De hecho, el último sondeo conocido es absolutamente favorable a Rousseff, quien “llega a la mitad de su mandato (de cuatro años) con una evaluación mejor que la de cualquiera de sus antecesores, en el mismo período”, según señala el sociólogo Marcos Coimbra.

Una encuesta Ibope, divulgada a comienzos de 2013, ubica la popularidad de la mandataria en un 78%, así como el apoyo a su gobierno en 62 %, situándola en la pole position de las intenciones de voto con vistas al 2014. Y ello a pesar del desaceleramiento de la economía, que registró el menor PIB entre los países emergentes en 2012.

Por ello es que, para este año, Dilma apostará, en lo esencial, a la recuperación económica, motivo por el cual ya adoptó una serie de estímulos a la inversión y al consumo, y se comprometió a reducir impuestos, para darle mayor vitalidad aún al mercado interno, que es la palanca del “crecimiento con inclusión”. Que es como se podría resumir el programa del PT en tres palabras.

“Creo que Brasil, en 2013, va a crecer más”, prometió hace poco, apoyándose en logros indiscutibles como el combate contra la indigencia y el ascenso de 40 millones de personas a la clase media desde 2003, cuando gobernaba Lula. “Vamos a continuar superando la pobreza extrema, que es el compromiso de mi gobierno hasta2014″, puntualizó, mientras la mayoría de sus compatriotas insiste, por lo que se ve, en renovarle su confianza.

* Columna publicada originalmente en América Economía.

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