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Plurinacionalidad y género: dos luchas no tan distantes

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Sea la negación del aborto, el deber de las mujeres de ser madres antes que personas, los dogmas del sexo, la negación de derechos hacia gays, bisexuales, transexuales, intersexuales y otra fauna sexual, la imposición del secreto sobre sus prácticas afectivo-sexuales (no poder besarse en público o exponerse al rechazo social, por ejemplo), y un sinfín de etcéteras. Negarse a estas imposiciones implica una serie de desventajas, descréditos y abusos de todo tipo.

En el colegio se nos enseña el sincretismo cultural como un valor de nuestra sociedad. La diversidad nos enriquece, pero muchas veces el proceso para llegar a esa homologación entre dos culturas es extremadamente violento. Latinoamérica, al igual que muchos otros territorios dominados, tuvo su invasión cultural a través de campañas militares y dispositivos de dominación colonial. El tejido cultural católico-español une nuestro continente en tanto el aporte indígena/geográfico lo hace más diverso.

No pocas culturas se resistieron a adoptar el cristianismo y las leyes de los reyes católicos de España. En parte esto fue la excusa que tuvieron los conquistadores para practicar la barbarie por toda la región. Defender la propia diferencia, por ejemplo, ha sido un móvil para el pueblo Mapuche, que está lejos de ser “nuestro” o “chileno”. A veces incluso no se trata de defender el orgullo y costumbres de un pueblo-nación, sino que sencillamente la supervivencia: hacer desaparecer ciertas formas de vida no sólo anula a los individuos, sino también sus medios de subsistencia. Algo como eso le pasa a los pueblos andinos en el norte: en su mayoría no pelean por tierras ancestrales, pero la intervención industrial les quita su derecho al agua y los alimentos, y amenaza con hacerlos desaparecer.

España coloniza América. El cristianismo coloniza las cosmovisiones americanas. Los estados-nación, vástagos de la España colonial, intentan suprimir o colonizar a las naciones que permanecían en el territorio. Eventualmente se produce la disputa entre el estilo de vida, costumbres y valores que un poder pretende imponer, y los que un pueblo tiene y desea preservar. Los pueblos que no quieren ser dominados, homogeneizados, son conscientes de su diferencia y por ello la defienden, reivindican su derecho a ser.

Ahora miremos una perspectiva mucho más individual: un sistema pretende imponer valores, costumbres y formas de vida a un grupo de la población.

Sea la negación del aborto, el deber de las mujeres de ser madres antes que personas, los dogmas del sexo, la negación de derechos hacia gays, bisexuales, transexuales, intersexuales y otra fauna sexual, la imposición del secreto sobre sus prácticas afectivo-sexuales (no poder besarse en público o exponerse al rechazo social, por ejemplo), y un sinfín de etcéteras. Negarse a estas imposiciones implica una serie de desventajas, descréditos y abusos de todo tipo.

La relación entre mujeres y miembros no heterosexuales de la diversidad sexual, y la sociedad machista y heteronormada (es decir, que tiene como lo “normal” y como norma a la heterosexualidad) es la misma que la de los pueblos originarios y los estados-nación que en Latinoamérica los depredan. Por supuesto que hay cosas distintas en juego. No podemos comparar la libertad sexual con los medios de sustento de una población, pero la anulación de la identidad sigue ahí. El rasgo común es de dominación de un grupo sobre otro, de violencia de un grupo sobre otro, de diferencias que suscitan odios irracionales y de rechazos violentos, de la vulneración total del derecho a ser. El 50% de nuestra población en Chile pierde la soberanía sobre su propio cuerpo en pos de una maternidad impuesta, constante y esclavizante, en tanto Mapuche en el sur pierden su condición de sujetos de derecho en pos de los intereses políticos y económicos de algunos chilenos.

Anteriormente, en otra columna, hablé sobre la vinculación intrínseca del movimiento de diversidad sexual con el de género. Hoy quiero plantear que quienes estamos en la lucha de género no podemos sino empatizar, solidarizar y apoyar la causa de las reivindicaciones de naciones alternas que buscan dignidad, reconocimiento de sus derechos, y sobre todo, poder existir en paz. Por supuesto que quizás existan costumbres y valores que puedan no concordar (algunos pueblos indígenas tienen roles de género muy marcados, por ejemplo), pero ello no nos quita la condición de hermanos en la explotación, la violencia, y la lucha por una sociedad mucho más diversa y feliz.

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09 de enero

Buena columna, felicitaciones.

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