Liderazgos ante la crisis

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La crisis económica y financiera global ha colocado a nuestros líderes políticos bajo la atenta evaluación de la opinión pública (y de los mercados) sobre sus capacidades para dirigir y para generar confianza y consenso. Cuando las cosas van bien, casi todos valen; cuando van mal, sólo los gigantes emergen entre el desconcierto, el desánimo, el descrédito. El contexto actual está arrastrando a los niveles más bajos de popularidad a la mayoría de los dirigentes políticos, económicos y sociales. Hay hambre de nuevos liderazgos capaces de convertir miedos en seguridades, retos en oportunidades, sacrificios en futuros compartidos.

 Carismáticos, a la baja

Esta crisis es la crisis, también, del modelo de liderazgo carismático. Los líderes confiados, casi en exclusiva, en su buena estrella, en su baraka, son los que tienen más problemas. El talante de Zapatero o la hiperactividad de Sarkozy, por ejemplo, funcionan peor en un entorno complejo e incierto, plagado de dificultades. No es la seducción, demasiadas veces sinónimo de exceso de autismo político, lo que piden y necesitan nuestras sociedades. En palabras de Peter Drucker: “Un líder eficaz no es alguien a quien se le quiera o se le admire, es alguien que te convence para hacer lo que es debido”. Pero para que sus palabras, sus decisiones y sus peticiones generen la confianza necesaria para convertir una visión en un camino transitado y compartido, es imprescindible el compromiso de la conducta personal. No es la habilidad estética, retórica o gestual el elemento clave; es la ejemplaridad del comportamiento individual lo que se convierte en la prueba definitiva de la credibilidad del político.

Persistentes, en ascenso

La complejidad es enorme y sólo un liderazgo paciente, humilde, constante, puede recoser los desgarros sociales y económicos que se están produciendo. Y, sobre todo, puede exigir al conjunto de la sociedad sacrificios, esfuerzos y recortes. El liderazgo persistente es capaz de convertir una potencialidad en una realidad.

David Cameron, el actual Premier británico ha sido un ejemplo de perseverancia y constancia en la oposición. Estos valores son identificados como los más adecuados para enfrentar crisis y dificultades. Los ciudadanos reclaman líderes tenaces, incansables; no gestores a tiempo parcial. Piden liderazgos sólidos, frente a tanta disolución líquida de una política sin rumbo.

Pragmáticos, seguros

Angela Merkel es la líder política más valorada por la opinión pública europea. Su liderazgo no es carismático, ni populista, ni mediático. Es práctico y parece sincero. En el libro de Veronica de Romanis, publicado en 2009 por Marsilio Editori, se identifica el “método Merkel” como la combinación equilibrada de pragmatismo, racionalidad, estrategia y autenticidad. Pero el traspié electoral de su partido en las pasadas elecciones regionales de Renania ha alterado la mayoría en el Senado y pone en peligro su programa de gobierno. El castigo electoral se produjo, precisamente, por renunciar a su modelo de liderazgo, alargando y pudriendo la decisión sobre las medidas a adoptar en la crisis griega, entre otras razones.

El duro plan de ahorro que su gobierno acaba de presentar como una medida ejemplar para Europa, parece más consecuente con su liderazgo y su política. Regresar a su modelo, el que la ha llevado al poder, puede ser su gran fortaleza, siempre que el tacticismo electoral no la aparte de su habitual pragmatismo.

Morales, más comprometidos

Hoy más que nunca, cuando el liderazgo se mide por su capacidad de generar confianza colectiva y no únicamente por la capacidad individual de determinadas habilidades directivas, comunicativas o relacionales, se impone un nuevo modelo ético, moral, de corte austero, auténtico y ejemplar. Capaz de convencer más por su credibilidad que por su locuacidad.

Hasta el presidente Obama sabe que sus palabras cambiaron el curso de las elecciones, pero sólo sus gestos, como el de cancelar un viaje internacional para estar al lado de los afectados por la marea negra procedente del pozo accidentado en el Golfo de México, le pueden garantizar la conexión emocional y política con la ciudadanía. Es el liderazgo próximo, de acompañamiento, que se identifica con su entorno y con sus conciudadanos, el que puede exigir esfuerzos colectivos. Una nueva oportunidad para la ética y la responsabilidad en la política.

Es tiempo de líderes con valores. Un liderazgo más orientado a la creación de nuevas conductas y comportamientos colectivos que a la gestión administrativa de lo público. Los cambios que debemos asumir son de tal envergadura que no se gobiernan, simplemente. O son asumidos y compartidos, o no hay legislación que los imponga, aunque pueda favorecerlos.

Reflexivos y emocionales

Ya no es posible enfrentar todos nuestros miedos y problemas siguiendo a un único líder que proclama “follow me”. En el contexto actual, el mesianismo político como solución adormece a las sociedades, favorece los autoritarismos e inhibe la responsabilidad colectiva, sin la cual no hay salida sostenible. Esta crisis no necesita ni salvadores ni profetas del desastre, sino líderes auténticos, con vida interior intensa, capaces de sentir el estado de ánimo de la ciudadanía, orientados a la reflexión como paso previo a cualquier acción.

 La insoportable levedad del ser de tantos políticos actuales nos aleja de la política cosmética u oportunista y nos acerca a lo nuevo, a lo emergente y, también, a liderazgos serenos y estables. Es tiempo, también, de equipos, de métodos y de esfuerzos compartidos. Hay hambre de líderes: de los que añoramos y de los que esperamos. Queremos algo nuevo y, al mismo tiempo, algo seguro. Quien encuentre la combinación se llevará algo más preciado que el afecto o el voto de los ciudadanos: su confianza.

 

* Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor de comunicación

www.gutierrez-rubi.es

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Foto: World leaders, history will judge you - Oxfam International



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