#Educación

SIMCE o el canibalismo académico

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Necesitamos instrumentos de evaluación acordes a los procesos identitarios de los colegios, acordes a cada realidad educativa, no diferenciándola en una bolsa de resultados sino que integrando los mejores resultados con los más bajos en un proceso de años. No nos interesa que los doctorados y magísteres inunden nuestras escuelas, aun cuando pocos de ellos le den valor al proceso educativo, con revitalizaciones sectarias o partidistas de cuantificación de la persona.

Había un contexto social en el que el Sistema de Medición de la Calidad de la Educación (SIMCE) servía, hoy ya no. Y los que estamos en aula, los que nos zambullimos en la realidad educativa, donde las papas queman y resuenan, lo entendemos a la perfección. Dejó de cumplir las expectativas, dejó de ser un producto de un proceso, para convertirse en una suerte de canibalismo académico, único fin para lograr los objetivos: hay que medir sólo a los buenos con tal de recibir el tan ansiado bono de excelencia académica. Los resultados pueden variar de un año a otro, el colegio de 250 en un año al otro obtiene 251 y tiene excelencia, así de simple. Que respondan los colegios particulares subvencionados sobre resultados en el SIMCE, les aseguro que en la balanza los municipales rasguñan. Los particulares se eximen, están en otro país.

El canibalismo académico consiste en resguardar intereses económicos y sociales de un establecimiento en pos de la división de clases. No interesa el proceso, no interesa el cómo, interesa sólo el resultado, a como dé lugar el resultado primará a la hora de la evaluación.  Usted sabe, la educación es un proceso que nunca se acaba, pero en el colegio tiene un rango de competitividad y si el alumno y alumna está bajo ese yugo sin dar cuenta del curriculum oculto del establecimiento ya se puede imaginar quienes son los que administran esa institución y qué fines quieren para la escuela. Al fin y al cabo, hay que discriminar y el SIMCE es una de las tantas maquinarias para diferenciar los buenos de los malos.

El método primario del SIMCE es enviar al alumno o alumna de bajo rendimiento para la casa con tarea el día del examen. La mayoría de los colegios medios con buenos resultados lo hace, basta revisar la asistencia de 35 alumnos regulares en los meses anteriores al examen para que el día de rendición aparezcan 20. Magia del sistema. El ministerio lo sabe, pero necesita validarse ante la comunidad, ante una sociedad que le premiará o le condenará por los resultados y a su tan vilipendiada burocracia administrativa. No es majadero repetirlo, somos la contradicción de los sistemas de medición internacionales, no porque estemos en el lugar 340, sino más bien porque no podemos comparar a un sistema muerto con otro doblemente vivo.

El método esencial del SIMCE es tener al alumno (a) aprisionado con exámenes regulares y permanentes durante el año, aparte de los que realiza en todas las asignaturas y así prepararlo para el mes de noviembre, fecha clave del examen. Da para otro artículo la fecha de rendición de examen. Pero, ¿por qué pretender realizar exámenes antes de la rendición del SIMCE cuando es de primera necesidad evaluar a los alumnos in situ y sin antecedentes sobre contenidos para tener un resultado mucho más objetivo? Todos sabemos que con entrenamiento tendremos buenos resultados, qué duda cabe, pero ¿qué pasa con los que se entrenan y no lo obtienen? Quedan en el tintero. Es entonces cuando este sistema de evaluación de la calidad de la educación queda huérfano e inutiliza su función.

Automáticamente niega toda posibilidad de crecer digna a cualquier institución fuera de los resultados, porque ahora todo es medible. Medible. Que ostentosa sigla nos tacha de malos y buenos en educación.

El método final del SIMCE es separar y ordenar a quienes poseen una mejor oferta académica o escolar a sabiendas del oportunismo de los resultados y no de un proceso elemental de integración educativa: los doce años. No se mienta, las palabras del Ministro sobre los nombres en inglés no están lejanas a la realidad. Así, una institución educativa pasa de ser la peor a la mejor, o viceversa, de un mes a otro, de un año a otro, y así sucesivamente. Problemas del sistema se preguntará usted. No, para nada, los intereses económicos son gigantes y es difícil ignorarlos.

Necesitamos instrumentos de evaluación acordes a los procesos identitarios de los colegios, acordes a cada realidad educativa, no diferenciándola en una bolsa de resultados sino que integrando los mejores resultados con los más bajos en un proceso de años. No nos interesa que los doctorados y magísteres inunden nuestras escuelas, aun cuando pocos de ellos le den valor al proceso educativo, con revitalizaciones sectarias o partidistas de cuantificación de la persona. Necesitamos instrumentos humanizadores que tengan y lleven consigo la inclusión con sistemas más reales y acordes a nuestro país. No sacamos nada con compararnos con Finlandia o Noruega, pero si podemos tomar prestados sus métodos de enseñanza y aprendizaje para acomodarlos a nuestra realidad.

Necesitamos escuelas que sean reflejo de nuestra sociedad mestiza y trabajadora, no de instrumentos cuantificadores que nos cosifican y nos separan. Por ello, romper con el maleficio de este SIMCE canibalesco es fundamental para el desarrollo de nuevos objetivos y metodologías que hablen de lo nuestro y que traigan nuevamente a ese normalismo que nos enseñaba para la vida y a ese director que era nuestro amigo en pos de un colegio más sano.

El SIMCE segrega, cuantifica y anula cualquier disposición educativa, independiente de la problemática económica que también es constante; el SIMCE crea el método punitivo de enseñanza y en educación, los resultados, en cada ciclo, necesitan de espacio y tiempo, pero este instrumento no da oportunidad porque desde 1988 no ha habido reforma que lo reformule y lo inutilice ni ministerio que sea consciente de que el contexto es otro y la sociedad más diversa.

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Foto: multisanti / Licencia CC

TAGS: #SIMCE

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Comentarios

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10 de junio

Muy de acuerdo con tus observaciones.

Creo que es necesario partir de una base común y elemental para construir la solución: así como vamos estamos empeorando; debemos corregir el rumbo.

La pregunta subyacente es ¿queremos educarlos a todos (igual)?

Yo opino que si (igual). Para eso, definir un currículo estable, y q no se preste a cambios para darle pega al empleado de turno, es fundamental . Mínimo que dure una generación: 12 años. Y esa base enriquecida en cada escuela de acuerdo con su realidad y respuesta local.

De las evaluaciones hemos hecho un fin en sí mismas. Las tenemos por montón y desproporcionadas: no hay de procesos, ni retroalimentativas ni formativas!!
Una al día es aberración. Pregúntenle a sus hijos.

Finalmente, los docentes debiéramos tener el tiempo, los conocimientos o herramientas, la especialización y la continuidad para hacer re-ingeniería dentro del aula; con el patrocinio de sus directivos; dejar de ser un títere obsecuente a los intereses obscuros e infinitos del sostenedor (lucro, resultados SIMCE, necesidades de la empresa, ajustes de personal y un largo turbio e insospechado etcétera)

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