Columna en Educación
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¿Por qué hemos perdido la brújula educativa?

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Como todos los años, el período escolar va concluyendo, sin novedades alentadoras que nos motiven a festejar esta culminación con madurez, compromiso y responsabilidad, pero sí nos deja a los ciudadanos -y en particular a los docentes – el mismo sabor amargo que los ciclos lectivos anteriores y esto se repite desde, hace al menos, las últimas 40 décadas, época en que el deterioro y la mutilación educativa se nos vino abruptamente encima, sobrepasándonos, y aunque se han sucedido varios gobiernos democráticos con promesas de mejora y superación, aún no sabemos hacía dónde vamos con los aprendizajes de nuestros niños y niñas, jóvenes y adolescentes. ¿Hemos perdido la brújula educativa? La realidad pareciera confirmárnoslo.


Ningún currículo expresa, hasta el momento, que necesitamos cabezas bien puestas, no cabezas rellenas, repletas de contenidos disociados, parcelados, inconexos, compartimentados.

En vano pretexto por convencernos de lo perfecto que marchan la educación y sus instituciones, los burócratas de la cartera almibaran su discurso, intentando explicar parches educativos inconsistentes, que sólo encubren la realidad, no la modifican ni revierten con la urgencia que el problema amerita, como es el caso de 86.701 niños, niñas y adolescentes en edad escolar que, según expresa la UNICEF, no están asistiendo a un establecimiento educativo.

Lo importante es que nuestras cabezas no paran, no se detienen, ¡piensan! y las preguntas nos comienzan a taladrar el seso, puesto que alguna solución perentoria habrá que exigir para plantear con fundamente los problemas que nos exceden, irritan y afectan; entonces, ¿qué políticas proponen las autoridades para revertir el atraso al que estamos asistiendo? ¿no existen funcionarios en Chile, directamente imbuidos e involucrados con la educación y sus procesos formativos, que no sean los exactos yuppies de siempre, economistas o ingenieros comerciales, que aplican políticas restrictivas, excluyentes, de fuerte corte neoliberal, que trabajan sólo para que los números les cierren? Todavía no conozco ningún ministro de educación que presente su programa y los números le cierren, con los actores adentro.

A este panorama incierto se le suma a que el tiro de gracia lo ha dado una noticia peligrosa, advirtiéndonos que a partir de 2017 cerrarán sus ingresos algunas carreras de pedagogía. Eso significa que escasearán docentes de ciertas disciplinas y nuestros aprendientes tendrán que conformarse con un desarrollo curricular precario, añejo, previsible y extemporáneo, que poco les contribuye a los aprendientes a la hora de enfrentarse a las reales demandas, necesidades, inquietudes, habilidades, competencias, destrezas y aprendizajes para el siglo XXI. No obstante, luego de difundida esta poco grata noticia, tampoco los funcionarios han barajado la idea que admita que la PSU, hoy, no es el mejor camino para aquellos interesados en acceder a una carrera pedagógica, seguimos con mediciones deficitarias, inequitativas, desiguales, segregadoras y excluyentes, pues hace bastante que las pruebas estandarizadas han dejado de ser el camino más certero para una selección democrática, pero mucho menos lo son para los estudios de formación docente, tal vez sí lo representen aún para determinados trayectos científicos, ingenierías o arquitectura, a lo mejor, pero para las carreras de corte humanista, definitivamente, no. La PSU ha dejado de ser la vía correcta para ingresar a estudios pedagógicos. ¿Qué solución se nos entrega, si el puntaje obtenido -y el fijado por la autoridad- ya no es un indicador?

Entonces, ¿qué hacemos con el manifiesto atraso que venimos arrastrando? Los docentes, para desarrollarnos como profesionales de la educación y avanzar con los aprendientes, nos centramos en planes de estudios, en un curriculum, pero al explorar los currícula y sus contenidos para la educación primaria/secundaria éstos, se vuelven preocupantes, pues son insuficientes y obsoletos. Quisiera encontrar en ellos algún modelo innovador, advertir la mano transformadora de los que enseñan a aprender, un trabajo colaborativo de los directivos de las escuelas y de los profesores, pero hallo únicamente el sello mercantilista de los tecnócratas que introducen contenidos, tomados como camino único para alcanzar el objetivo educacional impuesto por la autoridad, pero que desconocen lo que sucede en las aulas y en los patios de las escuelas, en las vidas de los escolares, en las mentes de esos niños y niñas, pareciera que se olvidan (¿olvidan o niegan?) que los enseñantes trabajamos con cerebros que aprenden y que nosotros, los maestros, somos cerebros que enseñan; por lo tanto, estamos formando ciudadanos competentes para la vida, abriendo las mentes, favoreciendo el pensamiento crítico, reflexivo y sistémico, educando corazones solidarios y promoviendo, incluso, la enseñanza emocional. Y eso no nos lo enseñan los libros de texto ni las currículas ministeriales, necesitamos que los enseñantes, como profesionales de la educación, estén al frente del armado curricular y no sean sólo repetidores de programas educativos cuestionables.

Ningún currículo expresa, hasta el momento, que necesitamos cabezas bien puestas, no cabezas rellenas, repletas de contenidos disociados, parcelados, inconexos, compartimentados, pues es “mucho más importante que acumular el saber es disponer simultáneamente de:

Una aptitud general para plantear y analizar problemas;
Principios organizadores que permitan vincular los saberes y darles sentido”. (E. Morin, 1999).
La educación para el siglo XXI y sus escuelas, deberá poner énfasis en todo aquello que precisamos como país periférico, ¡como país pobre! para revertir el atraso en que nos hallamos, donde se privilegie una planta docente innovadora, capaz de involucrarse e influir en las mentes de nuestros escolares. Los docentes deberán ser los actores del movimiento de la reforma del pensamiento, introduciendo lo global y lo complejo, para que nuestros aprendientes, desde el inicio educativo, aprendan a trabajar con un horizonte de globalidad, con la complejidad del aprender a aprender, desde lo inter-pluri-transdisciplinario; es decir, la reforma de la enseñanza deberá conducirnos a la reforma del pensamiento y, de la misma forma, al revés, la reforma del pensamiento deberá conducirnos a la reforma de la enseñanza y de allí involucrarnos, todos los actores educacionales (padres y madres incluidos) en las puntuales necesidades y competencias educativas para el siglo XXI. ¿Por qué hemos perdido la brújula educativa? ¿Para quiénes es beneficioso continuar con una escuela que prepare para el siglo XIX?

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Comentarios

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mapuche

14 de Diciembre

Esta es la maldita herencia que nos dejó Pinochet y que la Concertación neoliberal no tuvo la valentía de cambiar y hacer de nuestra educación una herramienta poderosa de crecimiento educativo y cultural. De allí que tengamos esta pobreza insostenibel.

15 de Diciembre

Gracias por escribir, Mapuche. Lo importante sería desde ahora, armar propuestas educativas innovadoras y acercarle los proyectos a las autoridades, que sientan y vean que hay un pueblo que también piensa y se preocupa por la educación de su hijos, puesto que lo que han pensado por nosotros, lo que nos han ofrecido hasta ahora, no sirve. Entonces, hay que integrar grupos de padres y profesionales de la educación, docentes e investigadores educacionales e ir armando las propuestas y que se conozcan, que se difundan y discutan, que los proyectos aparezcan impresos para la lectura masiva. Habrá que juntarse, discutir, investigar e ir plasmando las necesidades. Un abrazo.