#Educación

Lo que les falta a los profesores, lo que le falta a la sociedad

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A quien lea esta columna le invito a hacer un ejercicio. En el buscador de google, copie esta frase,  incluyendo las comillas: "los profesores carecen de" y vea los resultados. Si quiere puede hacerlo en la página de google académico. Si logra parafrasear el criterio de búsqueda, los resultados pueden ser aun más numerosos. Por favor, guarde la idea: hay muchas personas que se refieren a otros como carentes de algo.

El campo de la antropología ha vivido importantes cambios a consecuencia de la introducción de ideas post-modernistas en su repertorio de orientaciones teóricas. Esas mismas ideas pueden ser el cultivo de las defensas de los relativismos morales que desde la academia se lanzan en múltiples reportes de investigación. Pero esas orientaciones teóricas también han llevado a cuestionar los modelos de verdad, de avance, y de desarrollo que muchas veces damos por sentado. El dar por sentado algo, sin examinarlo, supone que existe cierta transmisión cultural de valores que de una u otra forma nos construyen una imagen de la realidad. Por ejemplo, el uso y sobre uso del concepto de "países desarrollados" asume positivamente ciertos valores de las culturas que conforman las poblaciones de esos países, a la vez que otorgan una subvaloración de otras culturas, que son tachadas de "subdesarrolladas" o "en vías de desarrollo." La transmisión de estos valores en modos de producción cultural son tan hegemónicas que generan una especie de "ingeniería" del deseo, que nos lleva a cuestionarnos y desvalorizar nuestros propios elementos culturales. Por ello, la denominación de quienes son o no "desarrollados" constituye un elemento de disputa política, en que la construcción de la realidad se hace un elemento primordial.

Entendiendo eso, y con el crecimiento de la hegemonía liberal en la academia después de la segunda guerra mundial, se comienzan a cuestionar los baluartes mismos que construyen los estados-naciones: la idea de los derechos y las definiciones contextuales de ellos. Por ejemplo, la misma constitución del concepto de desarrollo adquiere notoriedad como una idea a decronstruir y examinar, ¿qué significa desarrollo? ¿Desarrollo de qué? Con todo el bagaje de investigación cultural, los antropólogos junto a otros investigadores disciplinares comenzaron a mover el campo de estudios hacia la comprensión cultural de estos términos, cuestionando los supuestos que los sustentan en oposición a los discursos modernistas que les atribuyen definiciones intrínsecas a las ideas. Decir, por ejemplo, que las sociedades que valoran la no intervención medio ambiental son sociedades subdesarrolladas adquiere tintes ofensivos, pues sólo expresa un modelo/idea de desarrollo. Los expertos que hablan desde el poder dirían que a esas comunidades les falta imagen de mundo, que les falta economía, que les falta educación para entender la urbanización industrial.

El desarrollo es visto y valorado a medida que se crea más infraestructura urbana y vial, se extienden los procesos de industrialización, se depredan recursos naturales con fines de crecimiento económico, se masifica el consumo. Cuando un país o una cultura no cuenta con esos elementos o los desprecia en favor de otros, se los construye como países subdesarrollados.

El ejemplo del desarrollo versus el subdesarrollo grafica la estructuración de los discursos de déficit: el país es subdesarrollado porque le falta…. (complete l’oracion).

Pero hay otros elementos adicionales que grafican a su vez esa estructura, y que tienen orígenes biológicos y socioculturales, tales como el origen étnico de una persona, el color de su piel, la disponibilidad de recursos económicos, etc. Un sinnúmero de construcciones gramaticales contribuyen aún más a estructurar el discurso del déficit: por ejemplo, cuando hablan de la brecha entre los ricos y pobres, cuando hablan de los ricos como la clase alta, o cuando se refieren a los barrios pobres como el bajo mundo. Ese discurso del déficit contribuye a la construcción social de un amplio conjunto de la sociedad (y las sociedades) en términos de ineptitudes, incapacidades, carencias, que están determinadas casi biológicamente: por ser pobre, por ser moreno. A su vez, genera identidades que se refuerzan con los estereotipos que el discurso del déficit crea. Por ejemplo, que los pobres (y sus países) no tienen inteligencia, o que no les da, o que son flojos.

Los profesores han sido tratados con ese discurso del déficit, tal como lo demuestran desde hace muchísimo tiempo las conclusiones de numerosos reportes respecto a la profesión docente y las mismas construcciones mediáticas. Las causas pueden ser múltiples, y tienen que ver con conflictos políticos cotidianos (entre otras cosas) como la composición de género y socioeconómica (y por lo tanto posición social) del cuerpo profesional docente.

Esta aproximación discursiva, basada principalmente en las mediciones estandarizadas promovidas por agentes de las sociedades "desarrolladas", esconde las muchas herramientas teóricas y prácticas que los profesores despliegan diariamente con el fin de cumplir con su labor de educar. Si bien es posible que aquellas herramientas puedan no representar lo que hoy sabemos de aprendizaje, ello no implica que los profesores carezcan completamente de recursos cognitivos y pedagógicos con los cuales enfrentarse a sus situaciones de enseñanza. Es más, la comparación de accesibilidad a recursos materiales que se observa entre profesores que trabajan en medios pobres respecto a quienes los hacen en colegios ricos, y la respuesta creativa de los profesores respecto a sus condiciones de trabajo podría otorgar otra aproximación discursiva, distinta al discurso del déficit.

Antropólogos focalizados en investigar las escuelas han conceptualizado esos recursos, las redes de recursos con las cuáles los niños de familias pobres y marginadas logran superar las barreras culturales con las que se les exigen resultados académicos y los han llamado fondos de conocimiento. Los fondos de conocimiento son recursos estratégicos que están contenidos en las prácticas de las comunidades y los entornos familiares de las personas. Son formas de interactuar de manera exitosa con el medio haciendo uso del conocimiento acumulado a partir del trabajo familiar y comunitario. Su origen responde a los discursos del déficit poniéndo énfasis en la denuncia a la construcción social y mediática de los actores deficitarios.

En el caso de los profesores, si bien esperamos que sean los mejores, la falta de un relato común y consensual respecto a qué objetivos educacionales tenemos como Chilenos lleva a los políticos a depositar su confianza en instrumentos de evaluación que son conceptualizados y pensados en términos de la hegemonía de los "países desarrollados". Los resultados de las mediciones usando estos instrumentos de juicio lleva automáticamente a los políticos y tecnócratas de la educación a conclusiones que refuerzan los elementos discursivos del déficit, a la vez que otorga un impulso mediático a las agendas liberales a costa de desvalorizar las formas y prácticas creativas con que las personas que no responden a las expectativas de los países desarrollados llevan sus vidas a cabo.

Todos los días, miles de profesores movilizan recursos y se enfrentan a las situaciones educacionales con escaso reconocimiento social positivo.

Si queremos contar con un cuerpo de profesores de calidad que responda a las expectativas nacionales (cualesquiera que éstas sean), es necesario partir por reconocer que no puede seguirse pensando en los profesores como carentes de todo. Una alternativa es incrementar la inversión en la comprensión de cuáles son los repertorios de recursos (abstractos y materiales) que se piensan, movilizan y ponen en práctica al momento de enseñar y educar, y qué de esos recursos son posibles de promover con los fines educacionales que tengamos como país.

Foto: Caquena 2008 – leo.prie.to / Licencia CC

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