#Educación

La escuela y sus lógicas de poder

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Suponemos que de buscar un culpable a esta situación, las pistas indicarían al miedo como único legislador de este territorio de conflictos que es la escuela. Los profesores tienen miedo, miedo a no ser escuchados, ni respetados. Se saben poderosos, pero temen que su poder se quiebre si recuerdan que los chicos con los que tratan no pueden reaccionar como los adultos que no son.

Una clase de 39 chicos completamente silenciosos es tema para película de terror. Si nuestros muchachos permanecen inmóviles como estatuas y zombificados con los ojos fijos en la pizarra por más de 45 minutos, debiésemos a lo menos preocuparnos, por mucho que el discurso de la disciplina promueva el silencio y el orden. Cuando hablamos de manejo de grupo, se tiende a pensar que un profesor debiese ser capaz de mantener la atención de su clase sin interrupciones, por eso a nadie extraña que cuando el profesor hace una pregunta y los chicos hablan todos al mismo tiempo para dar su opinión, la orden militar que resuena en la sala sea: ¡silencio! Así, sin más. Pero si se les pregunta algo, y no responden hay quejas. Se acostumbra a dar órdenes cruzadas y contradictorias, se avala la ley marcial dentro de las aulas y prima la incapacidad de explicar a los chicos por qué se les pide una cosa u otra. Consecuencia de ello es que cada vez que el profesor les quita la vista de encima a sus alumnos dos segundos, la clase se transforma en algo muy similar a un concierto de rock repleto de fans eufóricos que solo a punta de amenazas (anotaciones, suspensiones, etc.) es posible devolver a la calma.

En la escuela prima la lógica conductista basada en órdenes e instrucciones: “responde”, “siéntate”, “callate”, y así cuantas exigencias más se puedan sumar a la lista sin mediar con explicaciones. Si los chicos deben responder a alguna pregunta es porque el profesor lo ordena, si no pueden estar de pie es porque así se los mandan, si deben mantenerse callados tipo estatuas es porque, ya saben, el profesor así lo impuso, todo podemos resumirlo en un no con mayúsculas. Y claro, los muchachos evidentemente no entienden el por qué de todo esto, por eso las protestas y las malas caras, ya quisieran ver ellos cómo reaccionarían los profesores, si a la hora de cobrar les dijeran “este mes no hay paga, porque no”. Y sí, es cierto, es imposible dictar una clase en medio de un concierto de rock pesado, pero eso no avala que los profesores traten con los chicos como si tuviesen delante a una tropa militar. Se pide a los muchachos controlarse y gobernarse en medio de un reinado donde las únicas leyes vigentes son las medievales. Para suerte de los muchachos existen los derechos humanos, de no ser así tendríamos más chicos encerrados en calabozos y engrillados, que dentro de las salas de clases.

Suponemos que de buscar un culpable a esta situación, las pistas indicarían al miedo como único legislador de este territorio de conflictos que es la escuela. Los profesores tienen miedo, miedo a no ser escuchados, ni respetados. Se saben poderosos, pero temen que su poder se quiebre si recuerdan que los chicos con los que tratan no pueden reaccionar como los adultos que no son. El error está en la toga, el birrete y el diploma, la cuota que los hace parte del club creando una brecha enorme que los deshumaniza y desarticula la lógica de la empatía, porque es innegable que el título otorga poder, pero es un poder mal utilizado, un poder que impacta y destruye, cuando la labor del profesor es formar y construir. La lógica de la ordenanza militar, tan arraigada durante generaciones, espanta a los chicos y les hacer querer huir y levantarse en armas. Todo se resume en bandos: allí los profesores dictando clases, colmilludos y maniáticos. Y los chicos allá, inquietos y deseosos de saltar el muro y el foso repleto de cocodrilos que los separa de la libertad.

Es evidente que tenemos un problema, y cuando digo tenemos no solo me refiero a la escuela, sino a la sociedad. Después de todo, la escuela no es otra cosa que un reflejo de lo que ocurre fuera sus muros. ¿Cómo enseñamos a los chicos, si somos incapaces de tratar con ellos como iguales? ¿Qué estamos promoviendo, sino desasosiego y hastío? Como profesores, tenemos el deber de formar caracteres y espíritus inquietos de sueños e ideales, pero esto es imposible si cada vez que ponemos un pie dentro de la sala de clases, nos vendamos los ojos y repartimos vendas. No hay intención aquí, ni por asomo, en proponer convertir la escuela en un patio de recreo, pero es urgente revisar el rumbo que están llevando las lógicas educativas y preguntarnos una y otra vez para qué estamos educando. Si lo que queremos — y me gustaría creer que nadie así lo piensa – es promover el individualismo y la segregación, la indiferencia y la apatía, entonces no hay nada que cambiar. Pero si por el por el contrario, nuestra meta – y sí, seamos idealistas — es una sociedad más justa, empática y crítica, tenemos que instruir a nuestros a muchachos en el conocimiento del mundo y de sí mismos, darles la oportunidad de comprender y apropiarse de lo que ocurre a su alrededor, para que de esa forma sean capaces de articular discursos nuevos y de enfrentarse al mundo con un espíritu renovado de cambios.

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Foto: Eduardo Robles / Licencia CC

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Comentarios

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Gustavo Chiang Muñoz

03 de diciembre

Estimado Santi Valera, el artículo está bien escrito y tiene frases con las cuales todo el mundo está de acuerdo, pero lamentablemente no pone los puntos sobre las ies en lo que respecta a la educación. Soy profesor desde hace 20 años, hago clases de Lenguaje y Comunicación, y créeme que lo último que deseo con mis prácticas es disciplinar, uniformar e incluso segregar. En la actualidad hago clases en un colegio particular subvencionado y en otro de enseñanza de adultos, en ambos tengo experiencias similares que he venido observando y estudiando desde hace tiempo. La evolución que ha tenido la educación en nuestros días es el cambio de un sistema meritocrático, por otro que buscando ampliar las oportunidades, lo que más ha logrado es bajar los niveles establecidos por la enseñanza. Si antes para salir de cuarto medio se exigía saber de ciencias, dominar ciertas operaciones matemáticas, conocer las corrientes de pensamiento más importantes en la filosofía y por último leer a algunas de las obras más importantes de la literatura universal, hoy en día todas esas exigencias son una meta utópica. Yo estudié con esas exigencias, mis compañeros de curso de un liceo municipal también y entre ellos hay profesionales de distintas índoles, músicos excelentes, cineastas de gran originalidad, ingenieros, poetas, abogados y varias secretarias que hoy tienen cargos de gran responsabilidad en las instituciones donde trabajan, esa educación no nos truncó ni la rebeldía ni la originalidad, pues fuimos una generación tremendamente activa, tanto que derrocamos una dictadura. ¿Qué hacen un alumno para quien las exigencias académicas son muy altas? simplemente abandona el sistema y opta por la educación de adultos, copada de adolescentes inmaduros que creen que estudiar en ese sistema es obtener la licencia sin ningún esfuerzo, solo matriculándose. Qué hace un alumno de enseñanza media que no responde a exigencias mínimas, pero logra salir del colegio, porque para el Mineduc un alumno que repite es un saldo económico en contra, es perder la subvención que entrega el estado, entonces sale y como no puede entrar a las unversidades que exigen rendimiento, entra a otra, como la Universidad del Mar, que solo le pedirá que pague oportunamente las cuotas.
En definitiva, el proceso educativo exige esfuerzo y dedicación; junto a profesores buenos, se requieren alumnos que acepten los desafíos que sus profesores les plantean y que sean capaces de construir los aprendizajes necesarios en cada disciplina. En todos los colegios donde he trabajado he observado profesores con estas características, creativos, bien preparados, empáticos, tratando de ofrecer las mejores oportunidades de aprendizaje a los alumnos y he visto también, a adolescentes que desaprovechan todas esas oportunidades. Lo más curioso de todo, es que los más creativos, los más inteligentes, los más críticos con el sistema, aquellos que adquieren las herramientas que les permiten desarrollarse y que finalmente obtienen logros sustantivos como individuos y son tremendos aportes a la sociedad, son aquellos que llegado el momento son capaces de escuchar en silencio, de hablar cuando se les da la palabra, de respetar ciertas normas básicas de sociabilidad, de respetar las reglas cuando se han comprometido a ello, esos hoy son doctores, abogados, muchos profesores de gran calidad, actores, músicos, cineastas, escultores, pintores, diseñadores gráficos, mecánicos, eléctricistas, contadores, asistentes de párvulos, educadoras de párvulos, cocineros y secretarias… ¿será ésta una paradoja?

Jaime Tramon C.

04 de diciembre

El trabajo del profesor es enseñar, el trabajo de los padres es socializar.

Si los padres no socializaron a sus hijos, “el pobresor”, dificilmente podra enseñar, a no ser que adopte actitudes autoritarias.

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