Columna en Educación
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La escuela está sola (¡Y los docentes, también!)

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Sabemos que las instituciones educativas no pueden hacerse cargo de todos y cada uno de las problemáticas que afectan a nuestros educandos. De igual manera, sabemos que el modelo de sociedad ha tenido un cambio exponencial y que si antes las madres estaban en los hogares, como las esposas perfectas y ocupadas al 100% de lo doméstico, esperando la llegada del proveedor con una sonrisa Kolinos, hoy, esas mismas mujeres deben salir a trabajar, codo a codo y en desigualdad de condiciones que sus parejas, aunque las mujeres siempre ganan menos en relación a los varones y tienen trabajos más agotadores, por una simple realidad de género.


La escuela está sola, no puede con todo, tampoco los docentes pueden en soledad, sí puede una población organizada, porque la obesidad infantil es fácil de avizorar, sobre todo cuando tenemos entre un 20 y 30% de la población escolar con el problema.

También existen hogares monoparentales, donde se viven algunas realidades aún más controvertidas, porque esas mujeres, luego de una jornada externa y extensa de trabajo, deben seguir cumpliendo labores propias del género, que entre ellas está cocinar para su prole, ayudarle con las tareas, prepararles la vestimenta, sacarle los piojos, ¿y cuándo se pueden sentar a conversar con sus hijos sobre lo que los afecta o necesitan?, ¿cuándo estas mamás están con tiempo sobrante para inquirir si algo anda mal en la vida de ellos? El preciado tiempo…

Esta realidad nos lleva a inferir que niños y niñas están solos, cuando salen de sus escuelas pasan el día solos y organizan sus actividades lo mejor que pueden o  que creen poder realizarlas, pero siempre en soledad. De allí que muchas escuelas tengan la ampliación de la jornada escolar; no obstante, la doble escolaridad tampoco es garantía para un mejor desenvolvimiento de esos aprendientes u ofrezca una mejor calidad de vida, es una simple contención, que no presta más ayuda que esa, más horas dentro de un territorio. O sea, tampoco con la doble escolaridad alcanza, suma pero, en definitiva, no alcanza.

Algunas profesoras, igualmente madres trabajadoras y ausentes de sus hogares, intentan mediar en las aulas entre esta realidad hostil y la esperanza de sus estudiantes, que por cierto jamás debe decaer, pero tampoco es suficiente, porque las políticas para el vuelco sustantivo se van quedando a medias, se desdibujan en esta porosidad social y ante la necesidad, como por ejemplo, hablar con los aprendientes acerca de la obesidad infantil, cuando, como en una verdad de Perogrullo, niños y niñas abusan de la comida chatarra, a bajo costo (que es para lo que les alcanza), alimentos con conservantes, aglutinantes, espesantes, muchas veces no permitidos, saborizantes artificiales, con exceso de sodios y azúcares refinados, que conducen a diabetes, gastritis crónicas, venenos legales que afectan drásticamente la salud de una población escolar cada día más en riesgo.

Uno de estos riesgos que crece y se multiplica es la obesidad infantil, que ya no es un problema únicamente de Chile, es una epidemia mundial, pero conociéndose las cifras, manejando las estadísticas, se habla mucho, se prometa más aún, pero todavía no hay políticas serias que puedan ayudar a revertir el problema, se le pide a las escuelas que intervengan, se exige a los docentes que se involucren, pero en la tele las campañas publicitarias para estos alimentos asesinos, cancerígenos, letales para la salud cardíaca de nuestros conciudadanos siguen ofertándose como el gran placer para compartir luego de la jornada laboral.

Parece un chiste, pero estos productos están en todos los transparentes callejeros, sabiendo que su daño es irreversible para la salud humana, se exprime a las instituciones educativas para que hablen del cuco alimentario y nada hacen los representantes de salud y educación para exigir leyes que prohíban los venenos legales, aunque son alimentos que a nadie le hacen falta, no son ni la fruta ni las verduras, son golosinas, son las causantes de caries y parasitosis, pero le pasan la pelota a las escuelas y a los profesores, que sean ellos quienes den la cara, mientras el empresariado busca nuevos sabores para engatusar y causar dependencia, como el JMAF (jarabe de maíz de alta fructosa), que causa dependencia y aumenta el riesgo de hipertensión, que puede provocar todo tipo de problemas de salud aumentando cardiopatías, infartos y derrame cerebral.

No bastan los comedores verdes o recreos con viandas saludables, porque la tentación está ahí, al alcance de la mano, a la vuelta de la esquina y con valores accesibles a cualquier bolsillo. Una madre no sabe qué va elegir su hijo, sólo le da unas monedas para que se compre algo, pero si no hay políticas eficientes hacia la salud de la población, de nada sirven las campañas educativas, quedan en letra muerta, porque las campañas publicitarias no las hace un idiota, las pergeñan en un grupo conformado por especialistas en la perversidad del embeleco y el engaño sostenido, facturadas para que los más vulnerables caigan en la trampa, se pagan fortunas en los medios para que estos alimentos penetren, se regalan muestras gratis en la calle, que después se recuperan con creces, porque ya penetró en los cerebros infantiles.

La escuela está sola, no puede con todo, tampoco los docentes pueden en soledad, sí puede una población organizada, porque la obesidad infantil es fácil de avizorar, sobre todo cuando tenemos entre un 20 y 30% de la población escolar con el problema. Fernando Vio, investigador del Inta, advierte: “El Ministerio de Educación nunca ha querido tomar el tema de la alimentación saludable, se lo ha entregado a la Junaeb, que es un ente externo que entrega los almuerzos, pero que no hace educación en alimentación saludable. Ni siquiera la obligación de hacer más horas de educación física se cumple”.

Acá no me estoy refiriendo a una problemática sanitaria individual, sino que es colectiva, acá no vale el “a mí no”, nos afecta absolutamente a todos. Si como sociedad organizada no salimos a exigir, como estamos saliendo por todo aquello que nos afecta gravemente, nuestra futura generación de aprendientes será una población obesa, diabética, con problemas cardíacos, con bajo nivel de aprendizajes y los venenos permitidos seguirán predominando en la oferta; es un mátese tranquilo, pero con placer. Insisto, las escuelas no pueden solas.

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Amelia

23 de Noviembre

¿Servirán para algo las 50 medidas propuestas por la JUNAEB? Suena raro, pero no veo que se ataque el problema de raíz, sino que comienzan a aparecer los diversos paliativos, parches sobre la marcha, como la “pulsera inteligente”, pero lo más chistoso es el “salad bar”, ¿vieron el nombre siútico?, salad bar, ¿tanto nos cuesta decir ensalada a la chilena, ensalada de frutas o ensalá de lechuga? No estamos volviendo cursis, arribistas y guatones. Mientras en las escuelas no se promuevan soluciones definitivas se las seguirá maquillando en busca de la vuelta, el recoveco para que parezca una polìtica seria a implementar. La idea parece buena, pero esto no sirve, compatriotas, necesitamos campañas educativas que entren en las escuelas pero por los medios masivos, que los canales en vez de preocuparse por las idioteces, pongan microprogramas educativos saludables, en diversos horarios, programados por los ministerios de salud y educación. De nada servirán las pantallas en los casinos, si desde los hogares no viene el alumnado con ideas de cambio, si desde los medios masivos no se difunden ideas de cambio y si desde los ministerios respectivos no se programan campañas permanentes para cambiar los hábitos alimenticios, planificadas dentro del corto, mediano y largo plazo, microprogramas con cuentos, títeres, historias para pensar el problema. Una vez más las escuelas deberán hacerse cargo de responsabilidades que deben ser compartidas, pero las vuelven a dejar solas