#Educación

La “dictablanda de Pinochet” y la insoportable levedad de los profesores

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Cuando Augusto Pinochet, durante una de sus alocuciones, indicó que lo de él no era una dictadura sino una “dictablanda”, probablemente jamás pensó que al jugar con las palabras estaba participando de forma indirecta de la mayor dificultad que surge al escribir la historia: el de uso de conceptos adecuados. Lo de Pinochet fue una jugarreta, pero lo que ha hecho el Ministerio de Educación –en particular la unidad de currículum y evaluación- en estos días es mucho más serio.

Ahora, antes de continuar y para poder situar de forma un poco más clara mi alegato quisiera recordar que hace un año atrás en este mismo medio nos planteábamos lo que debía venir luego de la discusión sobre el intento de disminución de las horas de historia. Comentábamos en ese momento que los profesores (todos, no sólo los de historia, geografía y ciencias sociales) hemos terminado aceptando una posición de franco sometimiento ante los planteamientos de un sistema que no parece interesado en dialogar con quienes son sus ejecutores. Nos hemos reducido a ser meros técnicos destinados a implementar políticas que muchas veces no compartimos. Con esto resultaba evidente que habíamos renunciado a nuestro deber, como actores sociales, a participar de la idea de la educación como una acción moral y política, propia de las sociedades que buscan desarrollarse y lograr un real nivel de bienestar para sus integrantes.

La nueva propuesta del Ministerio de Educación de cambiar la denominación de dictadura por “régimen militar” nos vuelve a colocar en la encrucijada de renuncia a nuestros deberes más profundos como educadores. Pero todo esto además se da en el contexto de un año 2011 que estuvo plagado de movilización social en todos los ámbitos, siendo particularmente destacable lo ocurrido en relación a la educación. Debemos, en ese sentido, decir nuevamente que para variar la participación docente a lo menos fue exigua, y con esto no nos estamos refiriendo a la participación en más o menos marchas, sino a la incapacidad de articular un discurso que, desde la realidad del profesorado, fuera capaz de entroncarse adecuadamente con los planteamientos desarrollados por los estudiantes.

Lamentablemente los profesores no logramos estar a la altura de las nuevas circunstancias que parecen estar tomando forma al interior de nuestra sociedad. Estamos siendo desplazados una vez más y para variar no tenemos demasiada capacidad de reacción. Es innegable que hemos resultado golpeados por un discurso sistemático de desprestigio –que ya tiene un par de décadas-, pero debemos decir también que tampoco hemos sido capaces de orientar nuestra mirada a las nuevas necesidades del país y, a partir de eso, levantar propuestas que nos puedan acercar al rol de participación efectiva que deberíamos tener como profesionales en los temas educativos como tampoco a nivel de los temas país.

Observar al nuevo ministro de educación tratando de justificar la decisión de llamar a partir de hoy régimen militar a lo que hasta ayer en el currículum era una dictadura, resulta a lo menos preocupante. Además el jefe de la cartera entregó gran parte de la responsabilidad de este cambio en una decisión del Consejo Nacional de Educación, quien había aceptado la modificación –elegantemente derivando en ellos el problema. Preguntémonos: ¿los profesores tenemos presencia en la conformación de dicho consejo? Muchos dirán que sí, al menos en lo formal, pero en la práctica nuestra representación es nula, no existe.

Una vez más recibiremos una propuesta curricular en la cual, en términos reales, no hemos tenido arte ni parte. En suma, una nueva demostración de que este es un sistema educacional fuertemente compartimentado entre “expertos” ministeriales, consejeros, consultores, más toda una pléyade de interesados en opinar –lo cual en si no tendría nada de malo si el acceso a los medios de comunicación y difusión de ideas fuera igualitario para todos, cosa que no ocurre- y “técnicos” –entiéndase profesores- dispuestos a recibir una indicación y hacer con ella lo mejor que se pueda.

Si alguien se pregunta qué podemos hacer, podríamos comenzar por dejar de esperar que otros sigan haciendo nuestro trabajo, discutir y organizarnos en serio. La difundida idea de que las instituciones están en crisis se puede aplicar también a nuestro rol profesional, político y ético. No podemos esperar que nuestros alumnos nos respeten si primero no nos hacemos respetar nosotros, como profesionales, por ejemplo, en la manera en la cual se diseña la política educacional de nuestro país. Demás está decir que, así como van las cosas, este no será el último episodio que veremos a propósito de este tipo de intentos por rescribir mañosamente la historia en las escuelas, y por tanto es de esperar que algo haya cambiado entre nosotros los profesores para cuando esto se vuelva a repetir.

——

Foto: Sentidos Comunes

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