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El silencio de los pedagogos

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En medio de la mediática polémica por los bajísimos resultados de las pruebas que evalúan las competencias profesionales de los futuros profesores, las pruebas INICIA, los expertos en generar esas competencias han permanecido en silencio. Han hablado economistas, con el ministro Beyer a la cabeza; sociólogos como el decano Cristian Cox de la Facultad de Educación de la PUC ; ingenieros como Mario Waissbluth, iniciando una fuerte campaña en pro de la educación pública y criticando a las universidades “charchas” que forman profesores; pero hasta ahora no han hablado los especialistas en temas de aprender y enseñar.  Por lo mismo, los análisis y propuestas se han centrado en las condiciones sociopolíticas que facilitan u obstaculizan  procesos de aprendizaje, pero no en los procesos mismos, no en lo que ocurre (o más bien en lo que no ocurre) en las aulas.

Cuando Waissbluth señala que Chile es uno de los países con mayor discriminación social a nivel de las aulas, con establecimientos segregados a tal grado que se puede hablar de un verdadero apartheid, y que esta situación  no facilita el aprendizaje de los estudiantes pobres y vulnerables, tiene toda la razón desde un análisis macro.  Cuando el Ministro Beyer o el decano Cox señalan que el hacer de las pruebas Inicia instrumentos determinantes para permitir o no el ejercicio de la docencia podría mejorar lo que ocurre en la formación de profesores, ello parece correcto desde una perspectiva de formulación de políticas.

En suma,  concordamos en que hay condiciones sociopolíticas que facilitan o dificultan los aprendizajes. Pero más que cerrar el tema, ello deja preguntas pendientes: ¿cuán determinantes son estas condiciones?  La correlación entre los resultados de la prueba Inicia y la PSU es casi perfecta, y como sabemos, la correlación entre los resultados de la PSU y el origen socioeconómico de los estudiantes también lo es.  Entonces, ¿lo que ocurre en las aulas y las escuelas; en este caso, las facultades o institutos de formación de profesores, no tiene efecto alguno?  Si ningún psicólogo educacional, curriculista, pedagogo habla de ello en medio de la polémica, es que no tiene nada nuevo que decir, y quiere decir que efectivamente su quehacer y la organización de sus instituciones se limita a reproducir las condiciones de entrada del alumnado a nivel micro.

El silencio del establishment formador de docentes no es de extrañar.  La organización de las escuelas, facultades e institutos  –salvo honrosas excepciones- se ha constituido en el templo del academicismo formal, de la formación libresca, memorística, enciclopedista. Ni siquiera del academicismo del “publish or perish” de las facultades norteamericanas o europeas, sino de la sinecura y la apropiación por la vía de luchas burocráticas de parcelas de poder, horas de clases, materias, cursos, cursillos o seminarios.

La gran tradición fundante de la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile, presidida por y desde la filosofía en todas las áreas del saber, y por la pedagogía y las didácticas en el Instituto Pedagógico,  fue remplazada en la década de los sesentas del siglo pasado por el marxismo como filosofía predominante y por el conductismo y el taylorismo pedagógico y su versión de desarrollo del curriculum. Después, cuando la facultad fue destruida, solamente las facultades de educación de la PUC y de la Universidad de Concepción mantuvieron cierta coherencia, al tiempo que al alero de las leyes del  mercado surgían cientos de instituciones y escuelas, en donde las ciencias del aprender y el enseñar se fueron fragmentando en múltiples parcelas de poder/saber que siguieron degenerando hasta concluir en organizaciones formadoras de profesores con docentes (Magister y Doctores, porque así lo exigió en su momento el MECESUP) mal pagados. Es decir, profesores taxi que van de facultad en facultad y que tienen todos los males del compadrazgo, las luchas intestinas, la apropiación de las horas, etcétera.

En estas condiciones, ¿desde donde pueden sacar la voz los pedagogos? O, más trascendente aún, ¿pueden los educadores interrumpir la reproducción de las condiciones de entrada del capital cultural de sus estudiantes, sea en las escuelas básicas, los liceos o las facultades de educación? ¿Lo que ocurre en las aulas podría tener efectos más potentes que los condicionantes sociales?

Felizmente los educadores chilenos tenemos una respuesta. Tenemos desde dónde sacar la voz y transformar lo que ocurre en las aulas.  Sus bases fundacionales son interpretaciones que nacieron también en la Universidad de Chile en los años setentas y ochentas. No en la Facultad de Filosofía y Educación que fue destruida por la dictadura, sino en la Facultad de Ciencias, y más específicamente,  en su área de Biología.  Nos referimos a la producción de Humberto Maturana y Francisco Varela, a la “Biología del Conocimiento” que entrega nuevas bases acerca de lo que es “saber”, “conocer”, “aprender”. Esa interpretación nos permite observar la relación entre lenguaje y emociones y así construir la “motivación por el aprender” que tanto requieren nuestros estudiantes. Esa interpretación, ensamblada a  corrientes anglosajonas contemporáneas de la filosofía del lenguaje en los años ochentas por el ingeniero y político Fernando Flores,  entonces en el exilio, posibilitaron que éste declarase que la crisis de la educación,  más que con las condiciones de los sistemas e instituciones tenía que ver con la comprensión de lo que es educar. Esa tradición interpretativa, a la que se deben sumar los aportes de Rafael Echeverría y el coaching ontológico, denominada “Escuela Santiago”,  posibilita miradas/acciones transformadoras a lo que ocurre en las aulas.

También la respuesta surge de los requerimientos que la sociedad de la segunda década del siglo XXI, y que las décadas venideras imponen a las instituciones escolares. Entre otras, el desafío de los llamados “aprendizajes del siglo XXI”, y la revolución. Uno de los cambios más importantes es el hecho de que lo que ocurre en las aulas, en la relación entre profesores y estudiantes no es, no puede seguir siendo un acto privado, una cátedra. Una clase es el eslabón principal de una cadena de acontecimientos pedagógicos (situaciones de aprendizaje) que ocurrieron en los meses y  años anteriores, y de modo paralelo en las demás aulas de la escuela o la facultad y cuyos hilos conductores son la programación curricular diaria, colectiva y pública y la evaluación sistemática y permanente de lo que se está (o no está) aprendiendo.

Entre el silencio de la pedagogía (y demás ciencias como la psicología) en las discusiones de agenda pública, y la cacofonía de las luchas por las horas de clase en las facultades, los educadores no podemos aceptar que nuestro quehacer no tenga efecto transformador alguno sobre estudiantes que no tienen ni tendrán capital social o cultural, a menos que nosotros creemos las condiciones, los climas y los procesos para revertir el darwinismo socioeducativo a que parecen haberlos condenado los “mercados” y sus políticos.

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Foto: Fortimbras / Licencia CC

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Comentarios

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09 de mayo

Fe de erratas:
Los duendes de la redacción me jugaron una mala pasada. Donde dice “revolución” a secas, debe decir “revolución tecnológica”. Por favor, considerar.

10 de mayo

Querido profesor: estoy muy de acuerdo con sus pertinentes declaraciones.La sinceridad política es incorrecta, nos hemos acostumbrado a realizar discursos cada vez más desencarnados, piruetas intelectuales y la realidad ha permanecido igual,Quizás necesitemos de una brutal autocrítica como educadores, pues sólo hemos facilitado un aporte sustancial al consumo, pero hemos negado la formación de seres independientes y autónomos. La educación se ha transformado en un gran riesgo, podríamos generar seres libres y por ello debemos asegurar formas de dependencias, Desde la mirada de Maturana y la ontología, se establece una concordancia por la íntima relación existente entre las acciones y los resultados, cuando se interviene en el hablar se impactará directamente en la creación de resultados, ya que Maturana postula que lo humano se constituye en el entrelazamiento de lo emocional con lo racional. Sostiene que el lenguaje es mucho más que un sistema de símbolos para comunicarnos, que tiene que ver con las emociones y que estas son decisivas para la convivencia humana. No haremos realidad esto, mientras sigamos dando cátedra de cómo hacerlo mejor, pero negando construir una sociedad más equitativa.Sólo así
la educación será el mayor constructo político para la transformación de un país más justo y solidario.
Mar y Sol del valle.

Helmut Kauffmann

14 de mayo

Andando por la capital, por ahí obtuve una cuña del Ministro de Educación Harald Beyer, desde una radio satelital, asegurando al igual que yo, sentirse dolido porque no todos tengan las mismas oportunidades de acceso a la educación (o sino pregúntenle a las nanas que buscan una matrícula en el sector alto de Santiago, aunque haya sido una simulación, que retrata a ciencia cierta nuestra realidad educacional chilena, segmentada en clases sociales y esto confirmado por la OCDE), y planteó que esas desigualdades se corrigen en la enseñanza preescolar, a pesar que eso se viene diciendo hace 20 años en nuestras reformas educacionales.
Beyer confiesa: “Éramos tres hermanos, yo tuve una beca, y después pude estudiar en la Universidad con crédito fiscal, dice conocer esa historia. Tuvo la suerte de estar en un buen colegio y llegar bien arriba, entonces, puntualiza que a él, le duele cuando “no todos los jóvenes tienen esa oportunidad”.
Su sueño, mientras dura su periodo es “tener una educación más igualitaria”, lo que significa que independientemente del origen, los niños y niñas tengan la oportunidad de cumplir sus sueños, de llegar bien arriba, y “eso hoy en día no ocurre”, expreso en estricto rigor, el secretario de Estado.
Bueno Sr. Ministro, es cosa de querer y derribar murallas autoimpuestas por el egoísmo y el elitismo y nosotros los educadores de tomo y lomo, no hablamos desde el resentimiento, sino más bien de fundar los cimientos de nuestra nación en una mayor justicia social y mis amigos(as) profesores decirles que no somos babysitter, por tanto debemos reinventarnos como en otras profesiones y acceder a nuevas maneras de aprender y enseñar.
En Educación, este gobierno estableció compromisos, donde se remarca el Proyecto de ley que aumentará en un 20% la subvención preferencial; aumento en la asignación de excelencia pedagógica, que premia a los buenos profesores; incrementos de sueldos y nuevas atribuciones para los directores de colegios. Medidas que han sido bien recibidas por el magisterio nacional, sin embargo a la fecha, en términos de puntaje según calidad, cumplimiento e impacto, estos anuncios están en el nivel 1 (de 2), lo cual significa positivo, pero que aún se está tramitando.
Cabe destacar y lo hemos reiterado en nuestras opiniones aquí, en este espacio, que el director, es la figura clave en cualquier tipo de educación. Son líderes que trabajan mucho con el cuerpo (movilizan energía), contagian emociones positivas a los otros, son capaces de construir una visión y misión con el colectivo de profesores, discentes y apoderados. Guían a sus docentes en temas de enseñanza y aprendizaje de los estudiantes. Este hecho es al mismo tiempo un desafío y una posibilidad, que el director, adquiere autoridad moral ante sus pares docentes teniendo la capacidad de resolver con éxito, el quiebre socioeducativo que presenta nuestra educación chilena.

Pedro Perez Rivera

27 de mayo

bien alfredo, no esperaba menos de ti

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