Educación de primera infancia en Noruega

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El día de hoy tuve la suerte de poder visitar un jardín infantil en Trondheim, ciudad que alguna vez fue la capital del Reino Vikingo y que se ubica junto al río Nidelva, en la mitad de Noruega. La experiencia fue muy interesante debido a las diferencias y semejanzas que pude observar con la realidad chilena. En este sentido, el objetivo de este artículo no es comparar ambas realidades, sino más bien señalar algunos aspectos que me parecen relevantes de compartir.

El jardín infantil se ubica en medio de un bosque, muy cercano a la Norwegian University of Science and Technology o NTNU. Nace con el objetivo de ayudar a los estudiantes de pre y postgrado de la universidad, para que mientras realizan sus estudios, sus hijos puedan aprender en un lugar de excelencia. De esta forma, se crearon diversos Barnehage o Kindergarten ligados a la Universidad, cercanos a los lugares en donde los estudiantes se encuentran: las facultades, bibliotecas y cerca de donde viven. Así, los estudiantes pueden dejar a sus hijos en un lugar cercano, a cualquier hora entre las 7.00 AM y las 17.00 PM y donde éstos aprenden y se desarrollan por sí mismos.

Lo primero que llama la atención es que a pesar de que la temperatura ronda los 5°C, los niños juegan en el exterior, en medio de la naturaleza. Hace frío y hay humedad. De cada rama de los abedules cuelgan gotas de agua. A pesar de esto, los niños disfrutan de los más diversos juegos al aire libre, algunos construidos por ellos mismos con ramas de los árboles especialmente amontonadas por los educadores. Es una alternativa a los juegos tradicionales, y el estar en la naturaleza y el construir es un signo de creatividad e independencia que los noruegos valoran. Esto también puede observarse en el interior del jardín, donde casi todo está al alcance de la mano de los niños y, además, gran parte del mobiliario es móvil, para que ellos puedan esconderse y jugar libremente.

El modelo educativo de este jardín, y el de la gran mayoría de los jardines noruegos, como me comentó la educadora de párvulo encargada, está inspirado en las experiencias de Reggio Emilia y María Montessori. Consiguientemente, el proceso de aprendizaje está íntimamente ligado a la vida cotidiana de los niños y se basa en un constante acompañamiento del niño o niña y de la observación sistemática por parte de las educadoras y educadores de párvulos (según me contaron y pude constatar in-situ, hay un auge de hombres en este tipo de trabajo tradicionalmente femenino). De esta manera, el proceso de aprendizaje es una responsabilidad compartida entre el adulto y el niño, quien tiene la iniciativa debido a su curiosidad natural de querer descubrir el mundo. El educador/a solamente acompaña en este proceso, ayuda a desarrollar proyectos con los niños, entregándoles confianza y autoestima, pues son sus ideas las que son desarrolladas conjuntamente.

Los proyectos pueden ser de lo más diversos. Por ejemplo, sucedió que los niños comenzaron a hablar frecuentemente sobre los buses o micros. A raíz de esta observación por parte de un educador y luego de conversarlo en el grupo de educadores, se llegó a la conclusión de que ese era un proyecto interesante de desplegar. Acto siguiente, este tema se fue conversando con los niños y diseñaron una estrategia de aprendizaje y el proyecto “la micro”, en donde intentaron enfatizar las siete áreas claves de los jardines infantiles noruegos:

1.- Comunicación, lenguaje y texto; 2.- Cuerpo, movimiento y salud; 3.- Arte, cultura y creatividad; 4.- Naturaleza, medio ambiente y tecnología; 5.- Ética, religión y filosofía; 6.- Comunidad local y sociedad; 7.- Números, espacios y formas.

Los niños querían construir una micro y los adultos los ayudaron consiguiendo cartones, pinturas y corcheteras. Por supuesto que siempre hubo acompañamiento de adultos, por lo que hubo mínimos riesgos de accidentes. Mientras construían su nuevo ”juguete”, los niños aprendían a describir y escribir los diferentes elementos de una micro, como los asientos, el pasaje y su precio, las labores del chofer, entre muchos otros, y así mejoraron su lenguaje y aumentaron su vocabulario. También el diseño y la pintura que pusieron sobre los pedazos de cartón están alineados con el área de Arte, cultura y creatividad. Finalmente, los niños fueron de paseo en micro y pudieron entablar una pequeña conversación con el chofer en el terminal, pero siempre siendo acompañados por los adultos, quienes intentaban ligar las diferentes actividades a las áreas claves.

Por otro lado, el concepto de disciplina escolar es considerado anticuado y ha sido reemplazado por el establecimiento de reglas. La disciplina está asociada a una estructura determinada y a la uniformidad de procesos, lo que está en contra del mundo actual, que pide innovación y creatividad. Debido a esto, se han establecido las reglas claras, las cuales entregan a los niños confianza y seguridad, pues al saber cuáles son los límites estos también saben que pueden ser acogidos.

Finalmente, la libertad de los educadores es amplia y mientras se cumpla el programa establecido en las áreas claves, éstos pueden desarrollar casi cualquier tipo de proyectos con los niños. La novedad era que habían instaurado una actividad de spa. Cada martes, los niños van al baño y los educadores llenan unas tinas de plástico con agua, bajan la intensidad de la luz y prenden unas velas, “porque a los niños les encanta el agua”. Después de esta experiencia me preguntaba, así ¿quién no quiere aprender?

* Matías Knust, participante del equipo AILEM-UC. Actualmente (c) Master en Sociología de la Infancia, Norwegian University of Science and Technology (NTNU). (mknust@uc.cl)

Matias Knust