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A mis queridos profesores

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Antes que todo, debo aclarar que soy un agradecido de todo lo que los profesores han aportado a mi vida, que ha sido mucho. De hecho, yo sería un hombre muy distinto de no mediar su valiosa intervención. Ejercen la profesión más importante de todas, porque aportan a la formación de una sociedad civilizada. Tengo amigos y familiares docentes, y yo mismo ejerzo la docencia -aunque en el nivel universitario, que es evidentemente más sencillo-.


Los docentes solicitan al Estado que tenga confianza en ellos, en circunstancias que muestran malos resultados, y en un contexto en el que ellos mismos manifiestan dudas acerca de su propio proceso formativo.

He seguido la discusión de la reforma, así como el petitorio que ustedes llevaron como gremio y les reconozco el derecho de participar en un cambio tan significativo en la política educacional del país. Sin embargo, hay ciertos puntos de su petitorio que aportan poco o nada a la seriedad de la discusión. He querido recalcar los más importantes, sin ánimo de agotar la discusión, ni reducir su reclamo. Tampoco quisiera atribuir dicho pecado a todos los profesores, sino al Colegio que los agrupa, organización responsable de producir el documento que me dispongo a criticar. Exponen ustedes en la presentación enviada a la Presidenta de la República tres argumentos que me parecen altamente cuestionables desde el punto de vista del ciudadano común y corriente:

1-Que el proyecto está basado en la desconfianza en el profesorado. Un instrumento de política pública que implica una evaluación periódica de ciertos profesionales sin duda que no parte de la premisa de que las cosas están bien y si lo estuvieran, no sería necesaria esta reforma. Coincido con ustedes, también, en que son parte esencial de esta transformación y que necesitamos mejorar la calidad del profesorado, pero parece iluso pedirnos a los ciudadanos que confiemos en ustedes si el nivel que existe no es el deseable.

La desconfianza que se denuncia, viene dada también por los magros resultados del sistema público que, cada vez, se aleja más de los rendimientos de los colegios particulares, a pesar de haber experimentado ligeras mejoras en el último tiempo. Ustedes mismos nos dan un argumento excelente para que el Estado desconfíe de su preparación profesional y sea necesario evaluarlos. Sostienen, en la misma carta -que se cita más arriba- que existen serios problemas en la formación de los profesores (algunos formados por institutos profesionales, en programas de fin de semana o en instituciones universitarias de dudosa calidad formativa), por lo que aquello debe ser revisado. Yo me pregunto, si ustedes mismos desconfían y dudan del proceso formativo de sus colegas, ¿cómo nos piden a nosotros que confiemos ciegamente en sus resultados? ¿Por qué razón debiéramos confiar en un profesional surgido de esta formación pésima -que ustedes mismos denuncian y que yo comparto- y que, por arte de magia, se titula e inscribe en el Colegio de Profesores? En síntesis, los docentes solicitan al Estado que tenga confianza en ellos, en circunstancias que muestran malos resultados, y en un contexto en el que ellos mismos manifiestan dudas acerca de su propio proceso formativo.

2- Entre las razones de forma que denuncian ante la Sra. Presidenta de la República: mencionan haber recibido un “Informe sobre las conversaciones entre el Ministerio de Educación y el colegio de profesores respecto de la Política Nacional Docente, sin timbres, sin firmas y sin responsables”. Si bien ustedes hacen bien en clasificar esta motivación como un argumento “de forma”, ello no lo hace menos relevante que los demás fundamentos en la estructura de su presentación.

Pero ¿creen ustedes en verdad que, en la sociedad de las comunicaciones y de la información, donde todo o casi todo se transmite por internet, esta es una observación plausible sin generar serias dudas acerca de su seriedad? Perdónenme, pero con todo el cariño que les tengo, les digo que esta sensibilidad de piel y la importancia que se atribuye a un problema insignificante, a un baladí, me hace desconfiar profundamente de las motivaciones de su reivindicación.

3. La negación a someterse al Código del Trabajo, me parece desmesurada. También, me parece arrogante, a pesar de su importancia, considerarse a sí mismos como una especie de trabajador privilegiado, que se niega a someterse a las reglas por las cuales todos los demás trabajadores comunes regulan sus relaciones laborales. Me parece, también, una broma de mal gusto para todos quienes llevamos años trabajando a honorarios y soñamos con algún día disfrutar de todos los derechos que implica ese cuerpo normativo, que de aplicarse a todos los trabajadores del Estado en forma transversal, dotaría a la sociedad de un grado de igualdad y singular justicia en el trato laboral.

Primero, creo que la estabilidad laboral absoluta es perjudicial para cualquier sistema, así como lo es la precariedad laboral que podría implicar que los contrataran de marzo a diciembre de cada año. Sin embargo, el quitarle al directivo la posibilidad de mover las piezas con las que hace funcionar su diseño institucional, lo hace inoperante e innecesario. Segundo, hay que tener conciencia de que las necesidades son infinitas en un sistema tan complejo y cada peso que le damos a los profesores debe estar razonablemente bien invertido, dado que siempre tiene un costo de oportunidad (o destino alternativo), porque se lo estamos sacando a otra posibilidad de inversión que genere bienestar social. En el sistema educacional los profesores son esenciales, pero no son el único elemento y el Estado debe pensar como país, no como gremio.

Tengo que decirles también que concuerdo con ustedes en que la evaluación individual de cada profesor, no parece comprender a la escuela como una comunidad educativa y los invito a proponer un instrumento de evaluación colectiva, donde midamos a la escuela completa; y si existiera un elemento del profesorado atornillando al revés, el propio sistema debiera ser capaz de mejorarlo, reubicarlo y -si no mejora- expulsarlo. Porque sí, habrá profesores malos y tendrán que dedicarse a otra cosa, porque el futuro educacional del país es más importante que su carrera. Así de simple.

Espero que no me odien después de esto, porque yo los quiero mucho. Algunos de ustedes fueron determinantes en mi vida y los recuerdo con mucho cariño. Pero tenemos que ponernos a pensar en el sistema educativo del país y los paros.

La carta del Colegio de Profesores a la que se hace referencia, se puede encontrar en el siguiente aquí: http://www.colegiodeprofesores.cl/images/pdf/cartamichellebachelet.pdf

TAGS: #ColegioDeProfesores #PolíticasPúblicas #Reforma Educacional Formación Docente

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