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Un camino a las nubes y la desigualdad económica

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Las familias pobres son vulnerables porque tienen menores niveles de educación y al no poseer las destrezas y habilidades requeridas por los mercados laborales se les hace difícil la obtención de trabajos formales, bien remunerados. Esta realidad las encierra en un círculo vicioso, que se amplifica cuando las familias pobres pertenecen o provienen del medio rural.

“Un camino a las nubes” (“O Caminho das Nuvens) es una película brasileña del 2003, dirigida por Vicente Amorim y protagonizada por Claudia Abreu y Wagner Moura. Basada en un hecho real, la película discurre por la travesía de dos mil kilómetros en bicicleta que realiza una familia pobre desde el estado de Paraíba, en el nordeste brasileño hasta Rio de Janeiro, en el sur, en busca de trabajo, de una vida mejor. Un road-movie donde a lo largo del camino Romao, Rose y sus cinco hijos se enfrentarán a peligros, padecerán hambre y humillaciones. Romao piensa en Río como la tierra prometida y que al llegar allá encontrará el trabajo que le permitirá sostener a su familia con holgura. Pero, siendo pobres y sin educación, al arribar a Río la familia solo consigue trabajos informales (cantar y vender souvenirs a los turistas que visitan el Cristo del Corcovado), pasando a engrosar la población marginal de la ciudad.

La película retrata el drama social de la pobreza y de la desigualdad económica. América Latina es la región del mundo con la mayor desigualdad económica. Datos del 2011 revelan que en Brasil el quintil más rico captura el 60% del ingreso total, mientras que el quintil más pobre apenas alcanza a recibir el 2,8% de dicho ingreso y el Índice Gini es 0,56. Aunque en la última década un buen número de naciones latinoamericanas ha logrado disminuir en alguna medida las enormes brechas de desigualdad económica, se trata de un mal atávico, persistente. Chile, por ejemplo, ha tenido un crecimiento sostenido durante al menos dos décadas, no obstante, el hecho de que el quintil más rico se lleve el 57,4% del ingreso, el quintil más pobre reciba el 4,4% y el Índice Gini sea de 0,52, convierten a la desigualdad económica prevaleciente probablemente en el mayor obstáculo para que este país alcance el desarrollo económico efectivo.

Las causas de la desigualdad en América Latina son en parte atávicas porque históricamente, desde el pasado colonial, la estructura económica se conformó para reproducir y reforzar ciertos patrones de desigualdad. Pero, sin desdeñar el peso de la historia, las amplias disparidades de ingreso entre las familias ricas y pobres se deben principalmente al precario acceso que tienen los pobres a servicios públicos, a salud y educación, a empleos formales y a la falta de políticas efectivas para revertir estas barreras. Las familias pobres son vulnerables porque tienen menores niveles de educación y al no poseer las destrezas y habilidades requeridas por los mercados laborales se les hace difícil la obtención de trabajos formales, bien remunerados. Esta realidad las encierra en un círculo vicioso, que se amplifica cuando las familias pobres pertenecen o provienen del medio rural.

Por su parte, no deja de llamar la atención que la desigualdad económica ha aumentado en los países ricos. Según un informe de la OCDE del 2011, la brecha de ingresos entre familias ricas y pobres se incrementó en la últimas tres décadas en la mayoría de las naciones desarrolladas. El incremento de la desigualdad ha sido marcado en los Estados Unidos e Israel, pero también se ha manifestado, aunque de forma menos aguda, en naciones tradicionalmente igualitarias como Alemania, Suecia y Dinamarca. Estados Unidos tiene uno de los mayores índices de desigualdad de ingresos entre las naciones ricas, desigualdad que es aún mayor si se mide en términos de riqueza y ha tendido a agravarse incluso en épocas de crecimiento. Con referencia a este último aspecto, Paul Krugman, en su artículo “Rich Man’s Recovery“, observa que los ingresos generados a partir de la recuperación económica del 2009 se tradujeron en un empeoramiento de la desigualdad, pues el 1% de los más ricos obtuvo el 95% de dichos ingresos.

Una de las dimensiones en las que se manifiesta la desigualdad es la diferencia en el ingreso por habitante y en el desarrollo económico entre distintos territorios de un mismo país. Brasil es una nación que exhibe importantes desigualdades territoriales. Hace unas dos décadas atrás era común escuchar a los brasileños referirse a su país como “Belindia”, para describir que una pequeña parte de la población, una pequeña porción del territorio, especialmente de la región Sur, tenía niveles de vida y de ingresos equiparables a los de Bélgica, mientras que una alta proporción de la población, una gran parte del territorio, especialmente el Nordeste, tenía niveles de vida y de ingresos similares a los de la India. Estas disparidades regionales son las que impulsan a los nordestinos Romao y Rose junto a sus hijos a buscar oportunidades hacia el Sur, hacia Río. Las migraciones internas frecuentemente reflejan los desequilibrios económicos territoriales.

Sin embargo, es sabido que a lo largo de la historia la llegada de los “bárbaros” al territorio relativamente próspero casi siempre se ha encontrado con la hostilidad de la población y de las autoridades asentadas allí. Al respecto, Hernando De Soto comenta en su libro “El Otro Sendero” (1987, Editorial La Oveja Negra) que en 1946 un legislador peruano presentó un proyecto de ley para prohibir el ingreso de provincianos a la ciudad de Lima. Y en la novela “Angosta” (2003, Seix Barral), una obra de ficción con visos de parecerse a la realidad de algunas ciudades latinoamericanas, del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, se describe una ciudad-estado perfectamente delimitada en tres zonas y tres castas sociales, donde la clase social dominante (los dones) aplica una política de apartheid deliberada, con estrictos controles de acceso a su zona para las otras dos castas (segundones y tercerones). La desigualdad y la exclusión social reinante se convierten en el caldo de cultivo para la violencia económica y política desatada en aquel lugar.

En otro orden de ideas, algunos modelos de crecimiento suponen que las desigualdades de ingreso per cápita entre países y entre territorios pueden, a largo plazo, achicarse. La llamada hipótesis de la convergencia fue postulada inicialmente por Alexander Gerschenkron, quien percibía ciertas ventajas en el atraso económico, en la medida que los países atrasados pueden, dadas ciertas condiciones, crecer más rápidamente que las naciones adelantadas, de suerte que en algún momento del largo plazo sus niveles de ingreso se equipararán. Aunque no están exentos de críticas y cuestionamientos metodológicos, los modelos de crecimiento de Robert Barro y Xavier Sala-i-Martin, entre otros, han corroborado la hipótesis de la convergencia condicional para un grupo de países. También han encontrado evidencia empírica de convergencia en el nivel del ingreso para el caso de los estados norteamericanos y para los territorios de los países de la Unión Europea.

Por el contrario, la hipótesis de la convergencia del ingreso por habitante entre las regiones de Brasil ha sido descartada, corroborándose más bien la ocurrencia de una mayor divergencia. Este fenómeno también se constata, en mayor o menor medida y especialmente analizando los datos respectivos de las dos últimas décadas, cuando se evalúa la convergencia regional de las provincias de las otras tres naciones que conforman el grupo BRIC: China, India y Rusia y para el caso de los estados mexicanos. En México históricamente ha existido una brecha en el nivel del ingreso y en el desarrollo económico entre los relativamente ricos estados del norte, fronterizos con los Estados Unidos, como Nuevo León, y los empobrecidos estados del sur (Chiapas, Oaxaca). Algunos estudios recientes confirman que esta brecha se ha ensanchado.

Romao, Rose y sus hijos pasan a engrosar la población marginal de Río porque muchas ciudades latinoamericanas reproducen condiciones económicas estructurales que se traducen en un círculo vicioso de pobreza y desigualdad para una parte de sus habitantes. Las oportunidades que en una gran ciudad puede encontrar una familia pobre están muy restringidas, especialmente el acceso a empleos formales, servicios públicos, salud y educación, tanto en cantidad así como en calidad. Esta situación ha cambiando con la implementación de políticas públicas contra la pobreza y la exclusión social que han resultado ser relativamente efectivas, como las transferencias condicionadas de efectivo: Bolsa Familia en Brasil, Progresa en México. No obstante, el ritmo de cambio parece lento para la gran cantidad de demandas sociales no satisfechas, acumuladas durante décadas. Es como si estos cambios se observarán desde la perspectiva de una familia pobre que viaja en bicicleta y aún le falta por recorrer miles de kilómetros para llegar a su destino.

* Entrada escrita por Isaías Covarrubias Marquina, columnista invitado por Democracia Activa.

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Foto: Wikimedia Commons

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