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Política comercial chilena y su relación con la diversidad productiva

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 El 4 de febrero del presente año se firmó el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), una noticia importante para nuestro país ya que forma parte de un acuerdo mega-regional de última generación. Al respecto es preciso señalar que, como en todo acuerdo internacional, hay costos y beneficios que un país firmante debe asumir si éste es ratificado por el Congreso.


La política comercial ha favorecido la profundización de las actividades y no la diversificación de éstas. En casi 20 años, la matriz productiva chilena prácticamente no se ha diversificado. Por consiguiente, el desarrollo productivo continuará siendo una materia pendiente al interior de nuestro país.

Una crítica general en torno a estos temas ha sido el nivel de desinformación que tiene la población al respecto. A pesar que las autoridades chilenas, específicamente las de la Dirección General de Relaciones Económicas Internacionales (DIRECON), han hecho un importante trabajo informativo, en diferentes espacios de la sociedad, aún hay un alto grado de desinformación e ignorancia al respecto. Esto, en algún grado, también se ha debido a la manera tan críptica en que se llevaron a cabo las negociaciones.

Ahora bien, participando en algunas de estas instancias informativas, me he encontrado con ciertas afirmaciones sobre las que me gustaría ahondar, especialmente aquella donde han señalado que “la acumulación de origen favorecerá la diversificación productiva del país”.

Por ejemplo, un insumo importado desde un país del acuerdo, que cumpla con la norma de origen, podrá ser adquirido a un arancel más bajo y utilizado en el proceso productivo de una empresa nacional, permitiendo fabricar un producto “x”. Por su parte, ese producto elaborado en nuestro país, cumpliendo con la norma de origen del mercado de destino, podrá ser exportado a otra nación del mismo acuerdo, ingresando con un arancel especial (incluyendo a la nación de donde se importó este insumo). Por lo tanto, las posibilidades de producción se ven aumentadas con este tratado.

A todas luces, cualquiera que analiza esta oportunidad que se genera pensaría que, evidentemente, es posible lograr una mayor diversificación productiva al interior de nuestro país. Lo lamentable es que esta afirmación omite cierta realidad que, en teoría, no va en sintonía con ese objetivo tan deseado.

Primero que todo, un acuerdo solo es un cuerpo legal que establece normas para el grupo de países que al firmar y, posteriormente, ratificar el acuerdo, reconocen la jurisdicción de éste (es vinculante) y se someten a lo que establece. Dicho de otra forma, el acuerdo en sí mismo no genera mayores flujos de comercio, solo establece las reglas que afectarán a las futuras transacciones internacionales que tendrán los países.

Segundo, nuestro sector empresarial se caracteriza por ser conservador y, esencialmente, sostenedor del status quo. Por lo tanto, a menos que se generen oportunidades suficientemente claras para poder desarrollar nuevas actividades (no solo nuevos productos) la estructura productiva de nuestro país se mantendrá prácticamente intacta. Lo anterior no es solo un pensamiento arbitrario que nace de una ocurrencia pesimista sino que también podemos apreciar visiones similares en expertos (Ricardo Hausmann, Director del Centro Internacional para el Desarrollo de la Universidad de Harvard, por ejemplo)

Tercero, los logros obtenidos en el acuerdo deben ir acompañados por políticas internas que favorezcan la adopción e internalización de los nuevos estándares. Nuestro Gobierno no ha demostrado gran claridad en la elaboración de políticas públicas que sintonicen con lo anteriormente mencionado. No lo hizo cuando inició su estrategia de inserción internacional donde había mayor espacio para establecerlas; no se visualiza que se avance ahora, en el corto y mediano plazo, sin una estrategia de Estado al respecto.

Por último, desde que la política comercial se tradujo en la apertura bilateral y multilateral, en general, la estructura productiva de nuestro país no ha cambiado. Las pocas modificaciones que se aprecian se deben a las consecuencias que tuvo la apertura en la reducción y reconversión de algunas actividades sensibles. La política comercial ha favorecido la profundización de las actividades y no la diversificación de éstas.

Lo anterior se confirma al comparar el Producto Interno Bruto (PIB), a precios corrientes, por clase de actividad económica entre 1996 y 2015. Básicamente, las actividades que han mantenido su participación relativamente intacta son: Agropecuario – Silvícola (de 4% a 3%), Pesca (1% en ambos períodos), Electricidad – Gas –Agua (3% en ambos períodos), Comercio –Restaurante – Hoteles (11% en ambos períodos), Transporte (5% en ambos períodos), Comunicaciones (2% en ambos períodos) y Administración Pública (5% en ambos períodos).

Por su parte, las actividades que han expresado cambios relativos (algunos significativos) son: Minería (de 7% a 10%), Industria manufacturera (de 18% a 12%), Construcción (de 10% a 8%), Servicios Financieros – Empresariales (de 14% a 20%), Servicios de vivienda (de 8% a 6%) y Servicios Personales (de 11% a 13%).

Al mirar los datos en porcentajes ciertamente se omite el nivel de la variable analizada, por ende, la magnitud que estas actividades tenían en el 1996 es completamente distinta a la visualizada en 2015; estamos hablando que de un PIB de $32.049.653 Millones pasamos a uno de $157.130.884. Sin embargo, lo que está en discusión no es el logro en el aumento del nivel de la producción (lo cual es evidente) sino que, más bien, se discute la distribución que ésta ha tenido en las actividades.

Sería extremista e irresponsable de mi parte asociar todos los cambios sufridos a la apertura comercial. Como es de conocimiento general, en las ciencias económicas y sociales, existe una multiplicidad de variables que determinan las variaciones de ciertos fenómenos; el PIB no está exento de ello. Sin embargo, es posible considerar este factor como uno de los más determinantes en aquellas que destinan sus producciones, principalmente, al mercado externo.

Vemos entonces que, en casi 20 años, la matriz productiva chilena prácticamente no se ha diversificado. Aquellas actividades que existían en 1996 han alcanzado un mayor tamaño porque aumentaron su producción y/o su participación relativa. Entre los casos más emblemáticos están la Minería del Cobre que ha alcanzado una relevancia estratégica desde el 2003 y una mayor profundización con el Tratado de Libre Comercio con China (de 84% en 1996 a 90% en 2015, al interior de la Minería), en la Industria textil y de Calzado (de 9% en 1996 a 2% en 2015, al interior de la Industria Manufacturera) y la Industria de Minerales No Metálicos – Metálica Básica (de 9% en 1996 a 5% en 2015, al interior de la Industria Manufacturera).

Lo anteriormente expuesto permite sostener el escepticismo frente a la afirmación de que este nuevo tratado de libre comercio (TPP) aportará a la diversificación productiva. Lo más probable, considerando la evidencia empírica, es que las actividades existentes aumenten su nivel de producción en general (suponiendo un escenario económico estable), profundicen su tamaño y su participación al interior del país siga siendo prácticamente la misma. Por consiguiente, el desarrollo productivo continuará siendo una materia pendiente al interior de nuestro país.

TAGS: Acuerdo Transpacífico exportaciones política comercial

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14 de mayo

Saludos: Comento el aspecto que me ha llamado la atención: Producto que cumpla con la norma de origen, no sufrirá o sufrirá en la nación que lo importa el recargo de un arancel más bajo. He ahí toda la cuestión. ¿Por qué imponemos aranceles a los productos que importamos? Para proteger a los productores nacionales, inflando artificiosamente y con impuestos el precio en nuestros mercados. Eso significa que obligamos a nuestros consumidores a pagar más por determinados productos respecto de cómo se comercializan en el extranjero. A veces para evitar la especulación en la forma de cambios temporales en los precios para sacar de los mercados a los competidores, a veces como venganza contra la nación de origen porque hace lo mismo con nuestros bienes, a veces con el argumento de la necesidad por sostener los empleos. Este último argumento equivale a decir que mandaremos a la gente a barrer las calles con cepillos de dientes con tal de que no esté paralizada. Sumun de la ineficiencia. Las dos primeras circunstancias en cambio, nos hacen ver que nuestros respectivos Estados extraen recursos de los mercados en la forma de impuestos y con ello entorpecen su funcionamiento. La cuestión está, se me ocurre, en que los aranceles debiesen aplicarse de forma que combatan los propósitos especulativos, pero que no se apliquen con fines proteccionistas.

24 de mayo

Hay ciertas barreras arancelarias existentes en productos más sensibles para cierto países aun. Pero, en general, las reducciones arancelarias tienden a ser mutuas (así también es en el TPP), por lo que no hay desembolsos arancelarios en ninguno de los países que firma un acuerdo, en la mayoría de los casos.

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