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Quilapayún, Jamiroquai y la crítica al colonialismo cultural

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«Ya basta de música extranjerizante o de música que no nos ayuda a vivir, que no nos dice nada, que nos entretiene un momento y nos deja tan huecos como siempre». Víctor Jara

“El mal gusto no es propio del pueblo, ha sido impuesto por los medios de comunicación en poder de la burguesía”. Inti Illimani (1)

Aclaración: La siguiente columna pretende responder respetuosamente a un artículo publicado por Cristian Fernández Bull a propósito de los dichos de Eduardo Carrasco, fundador de Quilapayún sobre la banda inglesa Jamiroquai. He preferido publicar esto a través de El Quinto Poder y no en la misma página de Fernández, para difundir la misma y estimular a que más lectores puedan leer ambas, comparar y opinar. Vaya para Cristian mi reconocimiento y fraternidad.

Esta reflexión inicia con una cita a Víctor Jara, quien fuera el primer director artístico de Quilapayún e imprimió en el grupo una estética característica que se nutrió de su experiencia e intuición como hombre de teatro. La elegí no por considerarla acertada o afín a mis ideas, sino más bien para ilustrar el acerbo ideológico que sirve de sustrato a la trayectoria creativa de los Quila (es también preciso anotar que Carrasco cuenta con una dilatada bibliografía en donde expone sus reflexiones sobre arte, política e identidad) y que obedece claramente al contexto de producción de sus obras, al fragor de la lucha social y política que caracterizó el desarrollo de la Nueva Canción Chilena y conjuntamente el proyecto cultural de la Unidad Popular.

Las coordenadas ideológicas de todo este proceso pueden ser entendidas oscilando entre dos polos de tensión. Por un lado, la búsqueda de una cultura nacional-popular autónoma en choque frontal frente al imperialismo anglosajón y, por otro, la imposibilidad de renunciar al carácter iluminista que marcaba a las izquierdas políticas de la época. El Chile nuevo que los Quilapayún ayudaron a soñar con su trabajo creativo, estuvo marcado por esta solución imposible entre una izquierda de molde europeo con una tradición ilustrada y un rescate de los contenidos identitarios propios, nacionales y populares -imagen mental: compañeros del Partido Socialista de Chile, entonando una versión adaptada de “La Marsellesa” envueltos en gruesas mantas de Castilla-.


¿No somos nosotros, creadores latinoamericanos, herederos de la tradición occidental tanto como pueden serlo los músicos y poetas del otro lado del Atlántico? ¿No fueron los mismos padres jesuitas que educaron a Descartes los que impulsaron decididamente las primeras escuelas en nuestro continente e influyeron en el desarrollo del canto a lo poeta?

De lo anterior he de desprender dos días a propósito de los dichos de Carrasco y del texto de Fernández:

1.- Dos horas para dos acordes, lo mío es mejor que lo tuyo: Si bien el texto de Fernández refiere estrictamente a una breve cita de la opinión de Carrasco y se desarrolla a partir de los problemas epistemológicos asociados a la contradicción entre el yo occidental y el otro marginal, punto que ha sido matizado en el blog del propio columnista, no puedo resistirme a reflexionar en torno al problema de contextualizar la cita en referencia a la intención del autor. Creo que la opinión de Carrasco resulta más rica a la reflexión desde una interpretación en la que el problema fundamental no es enfrentar complejidad musical v/s valor artístico, sino abordar el problema desde la pertinencia y la visibilidad en el espacio cultural determinado por el Festival de Viña.

Lo que moviliza la crítica de Carrasco atiende a observar cómo ciertos grupos, estéticas y valores musicales adquieren mayor visibilidad y preponderancia frente a otros. El episodio que desencadena esta publicación es el contraste entre una “noche anglo” que cuenta con grupos extranjeros, frente a la presentación del conjunto Illapu a altas horas de la noche y ante una Quinta Vergara casi vacía. Dicho esto y atendiendo al conjunto de valores culturales que moldean el ideario de Quilapayún (las ideas fuerzas del proyecto cultural de la UP, que hemos esbozado someramente) me parece bastante obvio que, desde la perspectiva de Carrasco, “lo mío” (o nuestro) sí tiene -al ser propio y atingente al sistema de ideas y estéticas nacionales populares- un valor intrínseco que lo hacen, para Carrasco, para el Quila, para Víctor, mejor que lo venido de afuera.

2.- Criticando lo ajeno con valores ajenos: El siguiente punto de Fernández me parece mucho más fecundo a la hora de proponer un debate en torno a la pertinencia o no de las opiniones de Carrasco a propósito de la crítica a la simplicidad del otro utilizando un marco conceptual e ideológico europeo. Como vimos anteriormente, la izquierda chilena no logró (y es difícil decir lo que haya hecho) evadirse de su tradición cultural humanista e ilustrada, por lo que no debería ser mayormente problemático ver a un representante de la cultura izquierdista establecer una crítica en dichos términos. Pero, ¿es acaso posible sustraerse de dicho acerbo? O más bien, y en esto radica mi diferencia con Fernández, ¿es estrictamente necesario?

Me parece poco acertado homologar semióticamente los valores de simple/originario y complejo/extranjero como si la complejidad, el virtuosismo y la experimentación fueran patrimonio exclusivo del Occidente. Es más, ¿no somos nosotros, creadores latinoamericanos, herederos de la tradición occidental tanto como pueden serlo los músicos y poetas del otro lado del Atlántico? ¿No fueron los mismos padres jesuitas que educaron a Descartes los que impulsaron decididamente las primeras escuelas en nuestro continente e influyeron en el desarrollo del canto a lo poeta? Manifestaciones culturales como el Barroco de Indias, el muralismo mexicano o el creacionismo huidobriano ¿no son expresiones de una identidad periférica profundamente complejas, vanguardistas y experimentales?

Dicho lo anterior me parece de especial cuidado el caer en reduccionismos que puedan asociar mecánicamente lo propio a lo sencillo y lo ajeno a lo complejo para, en pos de una crítica al colonialismo epistémico que campea en nuestra sociedad, proceder de forma igualmente eurocéntrica y colonizada. Claramente el problema de la identidad es mucho más complejo y ciertamente existen muy pocos espacios para debatir y reflexionar públicamente sobre categorías como cultura, identidad y creación, más aún desde una perspectiva crítica.

Obviamente Carrasco cae en un error al no comprender la relación entre la música funk y el proyecto de la Nueva Canción Chilena, los encuentros y concordancias entre ambas manifestaciones culturales, su carácter periférico, su rescate de la etnicidad. Claramente es mucho más lo que ambas tradiciones culturales tienen en común y pueden y deberían dialogar en forma soberana, fraterna y fructífera. Los Quila desde sus inicios han mostrado una especial preocupación por experimentar con el diálogo entre estéticas y musicalidades diversas, incorporando instrumentos, ritmos y temáticas de todas las latitudes, cantando en italiano, en francés, en inglés (junto a Víctor, esa hermosa versión de Hush a Bye) por lo que me parece injusto reducir la opinión de Carrasco a un estado de Facebook, lugar que se presta para la ironía y el humor pasajero, pero que afortunadamente nos permite debatir y reflexionar con mayor profundidad sobre estos temas.

(1) Conjunto Inti Illimani, “¿terrorismo musical?”, La Quinta Rueda, n°4, Santiago, Quimantú, enero-febrero 1973, p s/n

Columna de Cristian

Dussel

TAGS: #FestivalDeViña #Jamiroquai #Quilapayún

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