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Periodista indispensable

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Busco su columna siempre en las madrugadas, con hambre del saber, cuando comienza a despuntar el alba que es mi horario favorito para leer. Acompaña mi taza de café y junto a sus letras veo amanecer el nuevo día. Ha acompañado este auto exilio en el que vivo, la descubrí siendo migrante. Con la lucidez de sus textos entibia mis mañanas de invierno, veo llegar la primavera, cómo despiertan en alegría los días de verano y cómo en el letargo del otoño se desperezan para encarar la rutina del vaivén indocumentado.


¿Acaso no sería menos arriesgado unas finas pinceladas por aquí y otras por allá para darle cuerpo al texto? ¿Por qué ir a la médula, tomar la yugular del lector y no dejarlo respirar? ¿Verlo de frente y cuestionarlo? Porque eso hacen sus textos, obligan a que uno se cuestione.

Es de las intelectuales que no se ufanan, que no rebuscan las palabras para alardear de doctas. Su misión es directa: un mensaje claro, que además de ser leído por la capa erudita de la sociedad también llega y en forma contundente hasta la alcantarilla, y es desde aquí donde yo la leo, en las sombras más oscuras de la discriminación de clase, color y origen. Sus textos no discriminan, deberían por ser ella de una clase social de la cual los ilustrados hacen jactancia.

¿Por qué me cautivaron sus columnas? Por ser sencillas, quien lee a Nía Carolina Vásquez Araya sabe que en cada letra está su alma desnuda, su inocencia de niña y su genio de mujer culta. Comprometida con su voz para denunciar todo lo que el acomodado prefiere callar, ella no descansa; así se le venga el mundo encima, hace frente y respalda cada una de sus palabras. No es columnista de porcelana, aunque parece, su apariencia física engaña. Físicamente es muy hermosa pero su belleza le viene del alma y emana en su forma física, por eso deslumbra. Me he preguntado cuando la leo, ¿por qué insiste en denunciar, en decir las cosas claras, en ir directo a la llaga? ¿Acaso no sería más conveniente ser columnista ficticia y acomodar las letras para quedar bien con el chucho y con el coche? ¿Acaso no sería menos arriesgado unas finas pinceladas por aquí y otras por allá para darle cuerpo al texto? ¿Por qué ir a la médula, tomar la yugular del lector y no dejarlo respirar? ¿Verlo de frente y cuestionarlo? Porque eso hacen sus textos, obligan a que uno se cuestione.

Sus textos me dejan en profundos análisis, son didácticos, políticos y humanos; además, por si fuera poco, entre la amargura de la realidad siempre me deja con esa sensación de esperanza. Toda una cátedra cada uno de ellos. Me dejan con cuestionamientos durante semanas, me invitan a investigar, a seguir buscando, a informarme, a despertar, a pensar en que yo también desde esta marginación puedo hacer algo para aportar a ese cambio que pedimos a gritos los segregados.

Me dicen que es obligación de todos involucrarnos y no ver pasar la vida desde la ventana. Sus columnas tienen en sello característico de quien con bizarría demanda conciencia social, dignidad, arrojo. Sus textos me sitúan en un salón de universidad, en una ladera de cualquier aldea, en un motín, ella tiene la magia de transportar al lector en el tiempo y escena, el realismo mágico en una columna de opinión que también por cruda puede ser amarga y por quimérica dulce. ¿Quién logra esto en un texto de opinión? Muy pocos. Hay que ser humano y sencillo.

Yo no puedo hablar de mi faceta de escritora ni de columnista sin citarla, porque fue ella la que con sus textos despertó en mí esta vena, esta necesidad inagotable de decir desde mi corazón lo que siento, para expresar mi pensar de obrera, de campesina, de indocumentada. De negra, de arrabalera, de marginada. Para sacar ese veneno que había en mí. Sus textos bajaron a la alcantarilla y desde la alcantarilla yo le agradezco esa llaneza suya para ir a donde nadie quiere ir, para ser luz de candil en los lugares donde la oscurana impera. A esos lugares olvidados de los que muchos se aprovechan pero pocos valoran y respetan. Cualquiera puede ser columnista pero no cualquiera puede desnudar el corazón de un lector y lo hace pararse frente a un espejo indagando el relejo, sea cual sea, eso es lo que sus textos han hecho conmigo.

No puedo decir que esto ha sido autodidacta, mentiría, la vida ha puesto en mi camino a una excelente maestra que para mi felicidad también es chilena, como mi gran amor la Violeta Parra. Y no lo sabe, no tiene idea de lo mucho que hacen sus textos en mí, en mi vena de escritora y columnista. Por eso escribo este texto hoy para que lo sepa, para que estas palabras vuelen en los últimos vientos del verano y lleguen hasta su ventana, esa ventana desde donde sus letras salen al mundo a embelesar corazones heridos.

Lo escribo para que sepa que, a miles de kilómetros de esa ventana, la lee una inmigrante, una arrabalera que muy probablemente nunca cruzará palabra con ella, que nunca escuchará su voz, que jamás podrá darle un abrazo y agradecerle lo mucho que ha hecho en su vida. Para decirle que la ha transformado. La ha invitado a creer en que la vida, aún con sus vacíos insondables, es digna de honrarse. Que se honra cuando frente a la injusticia uno se coloca del lado del oprimido y no del opresor y denuncia y cuestiona y actúa: actúa para hacer de este mundo uno mejor.

No acostumbro a escribir este tipo de homenajes, no es esa mi esencia, lo hago solo cuando me nace del corazón, cuando mi alma montuna me lo pide. Cuando mi esencia de niña caprichosa va por ahí saltando en las laderas y acaricia las nubes cuando bajan en los días nublados y se llena de melancolía. Porque no me quiero llevar estas palabras a la tumba, por pena de lanzarlas al viento. Porque sigo aprendiendo de sus textos que son para mí tomos y tomos de estudio ilimitado. Porque me nutren, me llenan, me abrazan. Porque dan alegría a mi corazón. Porque me hacen sentir acompañada en esta soledad silenciosa.

Vuelen estas letras de escritora y columnista de arrabal, desde esta alcantarilla y atraviesen fronteras y lleguen a la ventana de la excelentísima maestra de ojos claros y acento de Santiago, del Sur de mis amores, que la vida puso en mi camino. Bien sabía lo necesitada que estaba yo de una luz de candil. Con esta querencia de agradecimiento infinito para Nía Carolina Vásquez Araya, mi luz de candil. Gracias por ser canto de chicharra y darle alegría a mi corazón.

TAGS: Ciudadanía Mujeres Periodismo

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