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El Premio Nacional de Música y el superclásico

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Hemos sido contagiados por Occidente con el virus de la independización de la música como disciplina y como género individual de la sociedad y de la cultura como entorno social. Es en la cultura chilena (que no es ni la chilenidad en melodía ni la vanguardia nacionalizada) donde se deben encontrar argumentos claves para entregar responsablemente este premio.

Podríamos considerar el Premio Nacional de Música como una de las pocas instancias formales y oficiales de conexión entre el Estado, como representante del chileno, de nuestra sociedad o nuestra cultura, y los artistas. Basta hacer un poco de memoria y ver que este premio entregado cada dos años durante las últimas versiones no ha estado exento de polémicas, lo que al menos demuestra el interés del chileno de a pie en la entrega del premio.

Pero, realmente, ¿Quién entrega este premio? ¿Quién es el dueño moral de decidir? ¿Qué se premia? Sabemos ya de la constitución del jurado, pero al ser este un premio otorgado por el Estado, estos jurados ¿Representan la voz de quién? Las respuestas no quedan claras al revisar la ley que determina la entrega de este premio: será entregado “a la persona que se haya distinguido por sus logros en la respectiva área del arte, en alguna de las especialidades que determine el reglamento”. No encontrar respuestas claras se transforma en cada edición del premio en una batalla de argumentos que van y vienen entre los defensores de los distintos candidatos, o incluso de los distintos géneros musicales en cuestión, siendo una discusión que se repite año tras año: ¿El premio es entregado por y para la elite o debe ser entregado a alguien que represente la música chilena?

En esta batalla visceral reside la parte más aliñada dela entrega del Premio Nacional de Música, lo que lo transforma en un superclásico Colo Colo – Universidad Chile que se disputa cada 2 años, donde todos defienden a sus candidatos con argumentos cíclicos y atacan a los seguidores del candidato contrario con preguntas tautológicas.

Actualmente, por ejemplo, existen los defensores de Vicente Bianchi, postulado 16 veces al premio (y aún sin alcanzarlo), que proclaman la chilenidad de la música del compositor y su trabajo por el rescate de nuestra cultura; por otro lado los defensores de la creación de vanguardia, que muchas veces cegados por la palabra “vanguardia” caen en argumentos vacíos y ontológicamente irracionales para suponer que algo puede ser mejor, sin tener siquiera una vara de medición definida.

Es esto último lo grave del premio, no hay líneas definitorias de cuál puede ser el candidato más apto, tampoco hay siquiera líneas definitorias en cuanto al género que debe ser premiado, transformándose en el pitazo de inicio de estos superclásicos bienales.

Algunos aseguran que se debe premiar la innovación, otros lo más representativo del chileno y otros aseguran que toda la música es una sola, y que lo que se debe premiar es el talento, pero en cuanto a este último, además de ser inmedible, y al definirlo como lo que puede ir más allá de un grupo de atributos específicos dependiente de capacidades sensoriales, debemos acotar y extender esta definición hacia lo más importante en nuestro caso: que el talento además extiende su idea a una concepción holista de la cultura misma, cultura o sociedad a la cual pertenece la música.

El arte, y la música siendo un gran pilar de éste, no es algo ajeno a la sociedad. Hemos sido contagiados por Occidente con el virus de la independización de la música como disciplina y como género individual de la sociedad y de la cultura como entorno social. Es en la cultura chilena (que no es ni la chilenidad en melodía ni la vanguardia nacionalizada) donde se deben encontrar argumentos claves para entregar responsablemente este premio.

Y es así, creo yo, que se podría lograr que el Estado sea realmente un intermediario en nuestra valoración de la trayectoria de nuestros artistas. El Estado debe asumir el ser voz y cuerpo para entregar además de privilegios responsabilidades: la música o el arte como constructor de sociedad, como constructor de identidad chilena. Pero ¿Qué sería entonces la identidad chilena en música?

En la edición de este año del premio, por parte de los candidatos y del vencedor, sólo se han leído manotazos de argumentos en la prensa respecto a su importancia más profunda, algunos bastante irracionales y otros que, incluso a veces sin quererlo, cuestionan de manera interesante el corazón del premio.

Creo que, en este caso, lo que queremos oír es una discusión que amerite el premio que se está dando, en donde se cuestione realmente nuestro concepto de identidad: ¿Por qué realmente no ha sido considerado Bianchi? ¿Por qué el compositor apoyado por instituciones como la U. de Chile no lo ha recibido? Una conversación argumentada le haría bien al país, es seguro, pero aunque así fuese, no podemos seguir sin delimitar las reglas del superclásico.

Por último, ¿Qué aporta a esta conversación el ganador? Sería gratificante y enriquecedor oír su opinión, por ejemplo, sobre la identidad cultural chilena, siendo él residente de Israel hace décadas, y siendo además ésta una temática que claramente interesa a nuestro medio.

Si queremos afirmar que el premio es entregado por nosotros y el Estado es nuestra voz, es urgente definir al menos algunos límites, algunas reglas básicas, ya que si no, terminaremos los hinchas de cada equipo peleándonos agresivamente cada dos años, con el riesgo de pasar por alto los remansos entre cada premio donde convivimos sin ningún problema.

¿Por qué no definir entonces las reglas del superclásico?

TAGS: Músicos Premio Nacional de Música

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