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Duelos y Mitos en la memoria sísmica chilena.

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El reemplazo del rito de pérdida por la pornografía de la muerte.

“El símbolo es un pivote social muy importante, sobre el que se apoyan otros procesos de simbolización. La subjetivación de una pérdida consiste en ir localizando para sí y luego al mismo tiempo públicamente, ese trozo de sí que se llevó el muerto con su muerte. Se trata de una pérdida suplementaria: el muerto más lo que se perdió con él” (Araceli Colin: 97)*

 

La noche del 27 de febrero quienes habitamos entre Temuco y Valparaíso vivimos una situación límite; pensamos –sobre todo en los sitios donde la intensidad del sismo fue más fuerte que lo usual- en nuestro fin. Vivenciamos, de un modo u otro, nuestra muerte y algunos(as) nos entregamos a eso que el historiador Rolando Mellafe denominó el “acontecer infausto de Chile”. Dependiendo de los “años de terremoto en el cuerpo”, quien más y quien menos sufrió la angustia de la pérdida, de la propia, de los suyos y de las materialidades que lo rodean. Arrojados/as a la pura contingencia, el terremoto nos democratizó por unos minutos, por un lapso la muerte asoló a ricos y pobres, por instantes el tejido social entero se rasgó porque la muerte –una en particular o cualquiera en general- desorganizó lo que la trama de la cultura hila incansablemente.

Sin rito –entendido como solución a una contradicción indisoluble- es muy difícil elaborar personal y socialmente el duelo que sigue a toda pérdida. Eso lo sabían y saben los mapuche. El mito del Kai Kai y Ten Ten se ha narrado por siglos en las tierras del sur de Chile. De modo esquemático, el relato alude a la lucha entre Kai Kai, la fuerza de los espíritus del mar y de las aguas y Ten Ten las de la tierra y las montañas, simbolizadas ambas en dos culebras, una que anega y ahoga y otra que salva a las personas elevando la tierra. La aniquilación de casi todos los mapuche fue ocasionada por esa contienda telúrica y líquida y, quienes sobrevivieron encaramados a los cerros, tuvieron que propiciar a esos espíritus por medio de un ritual sacrificial. Sólo así se calmaron las inundaciones y pudo devenir una segunda generación que repobló la tierra. La memoria de terremotos y maremotos se ha ido transmitiendo a través de Kai Kai y Ten Ten y los ritos asociados han ido conjurando, pero al mismo tiempo, recordando esas pérdidas en la repetición del lenguaje de los cuerpos orantes y de las ofrendas sacrificiales.
 

Nada parecido tuvimos los/as ciudadanos urbanos y modernos (es decir individualizados en la soledad de nuestras opciones) del Chile afectado, ni rituales colectivos católicos, ni mapuches, ni siquiera ceremonias new age: sólo la pornografía de la muerte a través de la televisión. Ese fue el espacio que sustituyó, los primeros días del “acontecer infausto”, a cualquier discurso oficial-estatal, a cualquier relato religioso,  a cualquiera representación que mitigara el traspaso de los límites. Sin un ritual social y público que ayudara a frenar el desorden simbólico que trajeron consigo las pérdidas, la pantalla y la mercadotecnia se apoderaron del lenguaje del duelo convirtiéndolo en un reality show más, banalizando la muerte (precisamente porque ya no es una particular) y reproduciendo la necrofilia que los canales saben muy bien alimenta el rating (“es lo que pide la gente”): eternas repeticiones de un saqueo, como una pesadilla de la cual no se puede despertar; elogio al “flaite” que hemos visto por años convertido en el héroe de los medios de comunicación. Al son de las reiteradas imágenes pornográficas, se construían ante nuestros ojos los/as damnificados/as (ellos/as y nosotros/as) como entes transicionales, ni vivos ni muertos, porque lo habían perdido todo y  ningún rito de pasaje los/as (nos) hacía transitar de un estado de carencia a uno de plenitud humana. Tardíamente se decretó un duelo nacional  cuyo corolario ritual fue el superficial espectáculo de la beneficencia mediática: la Teletón con toda su carga de expiación y lavado de conciencia. El “don” dentro de una economía de mercado tiene una expresión empresarial que anula cualquier reciprocidad y por tanto cualquier equilibrio entre el donante y el receptor.
 

Si los mitos sirven para pensar, los terremotos y maremotos también, sobre todo porque los últimos, con su mensaje de muerte y desolación, destejen las armazones sociales. En Chile han quedado al descubierto múltiples fisuras y se han desleído muchos maquillajes, la televisión nos ha mostrado cadáveres a punto de corromperse que representan otra descomposición: la del tejido social remecido por la furia de Kai Kai y Ten Ten. Ante esto no ha habido verdadera respuesta colectiva sino pura levedad pornográfica, dejando entre paréntesis la urgente necesidad de simbolizar las diversas muertes que han sobrevenido y que -como dice Colin- podrían permitirnos a los deudos reconocer no sólo que perdimos a un ser o a una cosa sino lo que perdimos con ellos.

Paralela a la lucha de las dos culebras míticas, otra situación ha quedado sin ceremonias de duelo: la pérdida del poder gubernamental de la Concertación.  Quiebres desde la naturaleza y quiebres políticos anegan el alma de un buen número de chilenos/as. Es  este, entonces, un buen momento para que el acto de pensar movilice la memoria, para ejecutar esos ritos que Durkheim denominó “piaculares” y que se realizan en medio de la tristeza y la inquietud, pero que suturan simbólicamente las catástrofes. Entre los escombros de la vieja cultura chilena se encuentran, sin duda, fórmulas a las que recurrir y entre las ruinas de la nueva, algunas hebras para tejer significaciones que unan lo “fracturado estructuralmente”. Tal vez así la orfandad simbólica a la que nos hemos visto arrojados mute en rituales que evoquen genealogías profundas y duraderas y no sólo la conformidad “resiliente” de la figura del chileno /a como eterno/a damnificado/a, como sempiterno/a carenciado/a.

 

*  En Antropología y Psicoanálisis. Un diálogo posible a propósito del duelo por un hijo en Malinalco, UAM, 2005.

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Foto: Manuel Morales

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24 de marzo

Estupenda columna. La compartí con un grupo de amigos que, como yo, sintieron completa identificación: ¿seremos capaces de recuperarnos de este terremoto simbólico?

Con el dolor propio de la situación (y no sin complacencia al ver la profecía cumplida que tantos habían advertido), hemos sido testigos de hechos que aún nos siguen dejando perplejos por toda su violencia:

Una Concertación incapaz de ofrecer una oferta política realmente diferenciadora de la derecha, un país que entra a la OCDE pero que es incapaz de coordinar una alerta de maremoto, símbolos de desarrollo del país (inmobiliarias y concesionarias) que pueden hacer y deshacer sin que haya control alguno, saqueadores y acaparadores que no tienen ninguna noción del bien común, la caridad como único hilo de unidad que las políticas públicas reconocen, y por sobre todo, esa inquietante sensación de desprotección. Desprotección de la fuerza de la naturaleza y, una que no tiene explicación científica, la desprotección del Estado.

Y todos mis amigos, que votamos y hasta creímos en la Concertación, ahora nos preguntamos: ¿cuál fue el proyecto social que ayudamos a construir en estos 20 años? ¿Crecen nuestros hijos en la sociedad que queríamos?

Y con la columna de Sonia nos nace un nuevo cuestionamiento: ¿habrá algo más allá que el nacionalismo banal en nuestra memoria chilena, que nos ayude a reconstruirnos?

28 de marzo

Me gustó el artículo. No profundizaré en aquellos temas develados por el terremoto, que ya han sido abundantemente tratados, como la precariedad en los sistemas de autorización y fiscalización de nuestra infraestructura (edificios, carreteras etc…), la falta de planificación urbana (nuestros planes reguladores son poco respetuosos del entorno), y la escasa ética profesional y empresarial de algunos personajes vinculados al rubro de la construcción, extrapolable también a otros giros de la actividad económica, como lo demostró la especulación de precios post terremoto.
También se ha hablado acerca de otra fisura, quizá aún más grave, la de nuestras almas y que se expresó en esa triste postal de un joven arrancando con un plasma sobre el hombro, después de haber saqueado una multitienda. Poco se ha dicho acerca de lo que ocurrió en nuestro mundo ABC1: allí hubo saqueo, de otra naturaleza, reflejado en esa señora saliendo apresurada del supermercado con tres carros repletos de mercadería, “apertrechándose” frente a la amenaza de días duros, y esos respetados caballeros llenando sus estanques a los que sumaban varios bidones de gasolina “por si acaso”, produciendo una escasez artificial de combustibles, acaparando para ellos lo que podía alcanzar para todos. La única diferencia con las zonas más afectadas es que estos señores(as) pagaban. En el plano ético, ¿es esa una diferencia suficiente? ¿Qué pasado con nuestros valores tras ese incremento de nuestro ingreso per cápita de casi US$10.000 de los últimos 20 años?, ¿dónde quedó nuestro ser comunitario?
A lo que sí quiero referirme es al artículo del señor Villegas, opinólogo de la plaza que, aprovechándose del estado de ánimo de una población atemorizada, se dio el gusto de disparar contra la “hegemonía ideológica de las doctrinas acerca de los derechos humanos”, y tras hacer una apología del autoritarismo, responsabiliza a la Concertación de los saqueos que, según su particular punto de vista, son consecuencia de haber creado una cultura de respeto a los derechos humanos, que debilitó el concepto mismo de “orden público”. Sólo quiero señalarle al señor Villegas que ese discurso ya lo conocemos, no es nuevo, ha inspirado a todos los regímenes dictatoriales y aquellos que vivimos la supresión total de nuestros derechos, la indefensión frente a un régimen que disparaba y luego preguntaba, no vamos a aceptar retrocesos en esta materia (a propósito, qué bueno habría sido conocer la acerada pluma de Villegas en esos aciagos días). Villegas levanta un dilema falso, es perfectamente posible combatir la delincuencia y mismo tiempo respetar los derechos humanos. ¿Habría Villegas escrito el mismo artículo si al otro lado de la pistola del carabinero habría estado él?

16 de abril

Me sorprendió la certera pluma, muy bueno, agradecido por tu aporte

16 de abril

Pues yo debatiría el hecho de que estemos carentes de ritos que nos permitan terminar con el sufrimiento y reencausarnos en la vida cotidiana, en este sentido creo que si hemos estado en presencia de ritos que han marcado la superación de la contradicción, que han generado solidaridad y que incluso pueden entenderse desde una perspectiva sacrificial, como la teletón.
Más allá de las críticas y aprehensiones que personalmente tengo con respecto a este tipo de eventos y a esta idea de concebir la solidaridad como un aspecto meramente vertical, creo que significó para el país una forma de cierre, un momento de paso desde un período de duelo y sufrimiento a un período de reconstrucción.
Sería interesante analizar cómo el país se mantuvo en un estado de suspenso, como el paso del tiempo se vió interrumpido por varios días y semanas, para luego, a partir de ciertas prácticas colectivas, se pudo volver al tiempo, a la historia.

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