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Contenedores. Y contenidos

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Son numerosos los rincones que conforman la red básica de bibliotecas que cubre la extensa y accidentada geografía de Abya Yala. Bibliotecas (llámense públicas, populares, rurales, campesinas, indígenas, escolares…) que proporcionan servicios en grandes ciudades y áreas rurales, barriadas urbanas y pequeños pueblos, pero también en regiones aisladas, zonas conflictivas o de difícil acceso, a menudo olvidadas por los gobiernos y desatendidas por las mismas organizaciones que gestionan fondos internacionales para atenderlas.

Los contenedores donde se llevan a cabo esas actividades, es decir, los edificios en los que las bibliotecas señaladas desempeñan sus funciones, no acostumbran suscitar mayor interés. Sin embargo, hay ocasiones en las que tales contenedores son tan vistosos, tan llamativos, tan mediáticos, que se hacen con el rol protagónico que deberían tener sus contenidos, concentrando toda la atención pública (y, a menudo, también la académica y la profesional) y arrebatándole visibilidad a lo que ocurre o deja de ocurrir en su interior. Probablemente un caso paradigmático sea el de una de las comunitecas levantadas en el municipio de Tecpán (departamento de Chimaltenango), en las tierras altas del sur de Guatemala. 


"Resulta maravilloso saber que un puñado de comunidades ―da igual que sean urbanas o campesinas― pueden gozar de una biblioteca hermosa. Pero no hay que olvidar que siguen existiendo demasiadas comunidades que no disponen de biblioteca, demasiadas bibliotecas que apenas cuentan con lo mínimo para desarrollar su función, y demasiados bibliotecarios trabajando en condiciones precarias."

Las comunitecas forman parte de un proyecto del PAVA, el Programa de Apoyo a los Vecinos del Altiplano. Se trata de tres pequeñas bibliotecas que, además de albergar sus respectivas colecciones de documentos (libros, revistas, etc.), ofrecen a las comunidades un lugar de reunión en el que desarrollar determinadas actividades culturales y formativas: desde obras de teatro a cursos o charlas (p.ej. sobre maternidad y salud). Asimismo, apoyan la educación, colaborando estrechamente con los maestros rurales de la zona. Asentadas en áreas con mayoría de población indígena Kaqchikel, son atendidas por jóvenes nativos de las distintas localidades, que han sido capacitados para que los servicios bibliotecarios y los proyectos educativos y culturales sean sostenibles en el tiempo y respondan a las necesidades puntuales de los usuarios desde sus propias perspectivas.

Las actividades mantenidas hoy en las comunitecas se desarrollaban anteriormente en espacios cedidos por otras instituciones, generalmente escuelas. En 2013, el arquitecto guatemalteco Axel Paredes, de la firma Paredes+Alemán, donó al PAVA los planos para levantar una biblioteca en la comunidad de Paxixil. Si bien la construcción es pequeña, la estructura resulta muy ingeniosa y su aspecto es ciertamente atrayente: la fachada está compuesta por paneles móviles hechos de gruesas cañas coloreadas, en un intento de imitar los patrones tradicionales de los textiles indígenas. La biblioteca permite acceder a 3000 volúmenes y a una serie de programas de capacitación a unas 200 personas.

Paredes+Alemán también proporcionó el diseño (igualmente llamativo en términos visuales) de la segunda comuniteca del PAVA, ubicada en la comunidad de La Loma, en donde residen unos 70 habitantes. La tercera se encuentra en el caserío de Panimachavac, en la aldea de Chajalajyá, y hasta agosto de 2016 funcionaba en un espacio cedido por la escuela oficial rural mixta local. En la actualidad se acaba de mudar a sus nuevas instalaciones, un edificio que en este caso no tiene mayores pretensiones arquitectónicas, y desde el que se quieren dar mejores servicios de (in)formación a una comunidad de 250 personas.

En estos últimos años la comuniteca de Paxixil se ha vuelto muy famosa: aparece citada en revistas especializadas de arquitectura, como Domus, y resultó ganadora de la Bienal de Arquitectura de Guatemala (2016). Sin embargo, la proyección mediática y el reconocimiento alcanzados por el edificio contrastan con la escasa atención prestada al trabajo que se desarrolla en él, a veces en condiciones difíciles o que no son las más adecuadas.

La de Paxixil no ha sido la única biblioteca rural en ganar una Bienal de Arquitectura. La biblioteca pública “La Casa del Pueblo”, situada en la vereda de Guanacas (municipio de Inzá, departamento del Cauca), en Colombia, hizo lo propio en su país en 2004. Diseñada por dos estudiantes de arquitectura de la Universidad Javeriana de Bogotá (María Cristina Perea y Simón Samper) a petición de funcionarios de Inzá, la biblioteca fue financiada con dinero de la Embajada de Japón y levantada por los propios vecinos en el transcurso de un año. Está construida con piedra, cemento, una compleja estructura interna hecha de gruesa caña guadua del Quindío, y un techo de paja de Pisimbalá. A pesar de que dista mucho de reflejar la arquitectura tradicional de la zona ―como en ciertas ocasiones se ha querido creer―, el diseño aprovecha muy bien los espacios y los materiales disponibles.

Esta biblioteca provee todo tipo de servicios tradicionales ―lectura, préstamo, apoyo escolar― a las comunidades de la zona, entre las que se encuentran algunas pertenecientes al pueblo indígena Paez. Pero sus actividades suelen quedar eclipsadas por la historia de su construcción comunitaria y, sobre todo, por su sugerente aspecto.

Las bibliotecas con edificios arquitectónicamente innovadores o interesantes reciben innumerables elogios y una amplia cobertura. Sin embargo, la celebración del contenedor no suele revertir, por lo general, en la mejora (o el simple mantenimiento) de los contenidos, ni visibiliza sus problemas y sus necesidades.

Resulta maravilloso saber que un puñado de comunidades ―da igual que sean urbanas o campesinas― pueden gozar de una biblioteca hermosa, y que algunas de ellas, además de diseños atrayentes, presentan estructuras sostenibles, ajustadas a las posibilidades y necesidades de sus usuarios. Pero no hay que olvidar que siguen existiendo demasiadas comunidades que no disponen de biblioteca, demasiadas bibliotecas que apenas cuentan con lo mínimo para desarrollar su función, y demasiados bibliotecarios trabajando en condiciones precarias.

La realidad de las bibliotecas de Abya Yala dista mucho de ser la deseable. Y seguirá así hasta que se comprenda la importancia de los programas y los servicios bibliotecarios, y la de las personas que los impulsan y sostienen. Hasta entonces, las miradas y las cámaras seguirán enfocadas, casi extasiadas, en el brillo de unos pocos contenedores. Mientras más coloridos y mediáticos sean, mejor.

Serie Palabras habitadas [05]. Saberes, libros y voces latinoamericanos. Una compilación de experiencias bibliotecarias desde Abya Yala.

Lecturas

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