Columna en Ciudadanía
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Unidos por la palabra

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David Bohm, un físico que hizo trabajos sobre la teoría de la relatividad, teoría cuántica y otros temas de esta índole, -y que además se relacionó con Jeddu Krisnamurti, maestro de la india, filósofo espiritual sobre el ser-, recuerda en su libro sobre diálogo que el término viene del griego. Es una palabra compuesta por “logo” que significaría palabra (o lenguaje o habla quizás) y el prefijo “dia” que significaría a través (y no significa entre dos). Por lo que diálogo sería a través de la palabra y puede ser entre más de dos.


El diálogo, es exponerse a las experiencias de otro con el propio ser, a través del arte del habla, con lo físico, mental y espiritual, cayendo en conciencia de la realidad que otros viven, y haciéndola parte de nuestra identidad.

Para dialogar tendría que aceptarse las visiones de los demás, afrontar un mundo que no es parte de nuestra identidad, de sus valores o creencias lo que no es posible sin considerar las emociones. Las emociones, están asociadas con la memoria, las imágenes e ideas, propias a cada una de ellas. Las emociones permiten la imaginación por su acceso a la memoria, a aquellos contenidos con los que se asocia cada recuerdo de las experiencias anteriores.

Emoción, es un estado de relación particular del organismo con el medio ambiente según la condición total en que alguien se encuentra en ese momento, que implica sus propias reacciones. En este sentido las respuestas necesarias para escuchar contenidos a otros, incluyen emociones con las que se estaría reaccionando ante los relatos, el habla o el lenguaje ajeno a que se comparece. Sin embargo, la alta intensidad emocional puede llevar a un funcionamiento rígido del pensar, del imaginar e ideacionar etc., perjudicando y hasta cerrando la comprensión, la predisposición al diálogo, que es crear mundo a través de la palabra.

El diálogo, implica emoción en determinada intensidad para vivenciar mejor las sugerencias del discurso escuchado, de la comunicación recibida. Hay emociones favorables al diálogo y otras no. Según Humberto Maturana -lo que comparto- cada emoción va acompañada por un conjunto propio de acciones. Un sentimiento de identificación con otra persona, cosa o circunstancia, tiene conductas de acercamiento, contacto y afecto: tocar, acariciar, abrazar. Una emoción de rabia conductas de rechazo, imágenes mentales, ideas y conductas de alejamiento o agresión.

Contribuiría a mayor comprensibilidad y aceptación al diálogo, en aparente contradicción a lo anterior, un silencio emocional y corporal, para discurrir livianamente, sin inercia, en la comprensión; sin carga excesiva provenientes de conexiones con el resto del cuerpo, a que llevan las emociones y los actos corporales. Por eso en la reflexión o en el análisis, el prototipo sea la parsimonia y la paciencia.

Es el caso de la meditación, en que se suspende el “yo”, se silencian todas las experiencias que han quedado en la memoria, que progresivamente fueron formando la identidad de la persona, y estructuraron un “ego: hábito en su forma de ser, observar e interpretar; lo que impide estar alerta y percibir al mundo real, tal cual es. No se podría tener un estilo de ser, una identidad, un “yo”, un “ego” que es un patrón de repetición, y pretender estar bien adaptado al mundo que está cambiando permanentemente. La meditación, recupera ese mundo que deviene, sin estar mirando desde lo que ya ha sido, configurado en anteriores experiencias y confundido con algo así como “el yo que soy”. Obviamente el “yo” existe, y es un fenómeno natural innegable, inevitable e insustituible. Pero, es virtual en medida que es consecuencia de lo que a cada uno le tocó vivir, podría haberle tocado vivir otra cosa, y tener otro yo.

La relación emociones y diálogo lo podemos asociar con el descubrimiento de una respuesta normal del sistema nervioso a través de un grupo de células llamadas “neuronas espejo”. Gracias a ellas imitamos con nuestro cuerpo, fisiología, emociones, ideas y conductas a los otros con quienes tenemos relación. Sabemos lo que una persona nos cuenta, y lo que ha vivido, cuando nuestro organismo se hace espejo de lo que vemos en ella, convirtiéndonos en reflejo de lo que nos trasmite sabemos lo que vive y por ende quien es (en su ser virtual igual que nosotros). Por eso, las emociones se pegan, se trasmiten por el aire, crean clima.

El diálogo, es exponerse a las experiencias de otro con el propio ser, a través del arte del habla, con lo físico, mental y espiritual, cayendo en conciencia de la realidad que otros viven, y haciéndola parte de nuestra identidad.

Ahora, no caigamos en la idealización, en una retórica del diálogo. Las experiencias son más fuertes que las palabras. Estas, trasmiten estímulos sonoros que simbolizan una realidad, no es lo mismo que vivir esa realidad.

Sin embargo, la forma en que una persona se relaciona con su mundo, se crea también por valores o creencias basados en transmisión de contenidos verbales o culturales, simbólicos, que no son experiencia directa. Ejemplos son la religión y la política. Por lo demás la palabra puede caer fuera de lo real, construir fantasías, falsedades monstruosas o simples mentiras. La mentira acuchilla la esencia del diálogo.

La palabra es una herramienta de poder que algunas personas, grupos o comunidades logran manejar, y por tanto pueden “re-crear” el universo con diálogo, más allá de lo que la mente evidentemente se puede imaginar y, abren puertas que dependen del corazón de cada cual.

Todos dialogamos, no se niega a ninguna clase social ni condición particular, en algunos el diálogo parece verdadero don, muchas veces necesitamos parcharlo, actualizarlo, transformarlo, porque sin el simplemente nos caeríamos del planeta.

Pero si se me permite la analogía con el futbol no todos son con la pelotita un Pelé, un Maradona, un Zinedine Zidan, un pibe Valderrama, un Messi. La mayoría tiene la pasión pero anda en la pichanguita de barrio. Con más frecuencia de lo que desearíamos tenemos que sentarnos al borde de la cancha a curar, con una lagrimita, algún rasmillón en la canilla, o hacemos que otro tenga que hacerlo: porque el diálogo simplemente no está, no estuvo, o no funcionó.

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