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Es inevitable no ver los gestos del presidente Sebastián Piñera por darle un tono moderado al teatro de circunstancias nacionales, especialmente  en lo que dice relación con la imagen que proyecta su gobierno, y su relación con los líderes de gobiernos anteriores. Esta es una muy buena señal para el fortalecimiento democrático, sin importar para nada cualquiera sea su intención o la lectura que cada uno haga en grupo o por separado.
 
Si uno despeja el prejuicio (o la convicción) que la Alianza llego a La Moneda por un camino lateral, o más bien por deterioro de la Concertación que por méritos propios o buenas ideas , puede entender que cualquier cambio pasa por mantener el respeto que merecen las instituciones, el irrestricto imperio de la ley y desde luego la dignidad de las personas, pero para esto desde el gobierno la intencionalidad de los gestos debe venir acompañada de un empleo cuidadoso del vocabulario, así como de un manejo apropiado en situaciones críticas, mas propia  de la investidura de los cargos públicos que ocupan .
 
Es lamentable que las autoridades recurran a la táctica de un monótono discurso incendiario para todo tipo de manifestaciones ciudadanas, sobre todo cuando es tan evidente que están esencialmente destinadas a exacerbar los ánimos de aquellos dispuestos a condenar la violencia en tomas escolares,  pero al mismo tiempo condonar y hasta homenajear a individuos recluidos de por vida por torturas y otros abusos de lesa humanidad.
 
El efecto que exploran estas reacciones acaloradas tiene poco o nada que ver con la solución a los problemas que ellos voluntariamente prometieron resolver. Tampoco encuentra justificación en la milenaria táctica de dividir para conquistar, porque el gobierno aun cuando fue elegido por el 50% del electorado es el gobierno de todos los chilenos y no una fuerza de ocupación extranjera. Ni mucho menos un eco incesante de lo mal que lo hicieron los gobiernos anteriores, porque después de todo, esa podría muy bien la única razón por la cual hoy ocupan La Moneda. 
 
Un General de Carabineros visiblemente fuera de sí, disparó a las cámaras coléricas acusaciones en contra, de los por ahora supuestos responsables de los incendios forestales,  y los acusó de asesinos. ¿No sería mucho más aconsejable que este señor, como cualquier otro simple ciudadano, esperara la acción de los tribunales, la constitución en terreno del fiscal regional y la investigación profesional de la policía y la del cuerpo de bomberos de Chile?
 
Es perturbador que las autoridades sientan la obligación de montar un manto permanente de justificación o trompetear la amenaza de la aplicación de una ley especial de seguridad que lo único que refresca en la memoria es la enormidad de detenciones, tortura, muerte y desapariciones en mano de una organización criminal hoy desmantelada y sus líderes cumpliendo condenas en penales también del Estado.
 
Carabineros de Chile y su unidad de servicios especiales tienen el deber y la obligación de controlar las acciones de individuos encapuchados que no solo destruyen propiedad pública y particular a los ojos de las cámaras, si no desvían el foco de atención que protestantes pacíficos esperan de sus demandas.
 
Es obvio que ni el vocero ni el presidente han sido capaces de controlar los impulsos oratorios de Lobos, van Rysselberghe, Mañalich, Longueira, Ravinet y ahora Hinzpeter, quienes mientras el primer mandatario invita a ex presidentes o estudiantes protagonistas de ocupaciones "ilegales", a un té y galletas en la Moneda, ellos borran con la boca todo su esfuerzo pluralista, reflexivo y conciliatorio.
 
La gente quiere ver un gobierno que gobierna, no uno que amenaza, que regenta, que acusa apresurado y que ocupa mucho más tiempo en parecer, que en construir las soluciones que el país necesita,  a un vocero y no a un numero impredecible de individuos cuyas declaraciones deben ser razón de interminables como innecesarias explicaciones y un desfile de renuncias voluntarias.
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