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Preparándonos para la guerra moderna

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Pero EE.UU. no es el único que se inventa y hace guerras para mantener su maquinaria de inteligencia funcionando. Chile también lo hace. No tenemos terroristas, pero tenemos delincuentes.

No hace mucho Edward Snowden nos ha regalado su vida y junto con ella, miles de documentos que fue acumulando en su tiempo trabajando para los organismos de inteligencia de EE.UU. En ellos se manifiesta que la NSA (Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos) tiene acceso a los datos (nuestros datos) de prácticamente todas las grandes compañías de Internet, que hace escuchas telefónicas secretas a todos los clientes de un proveedor de telefonía con millones de usuarios y que ha utilizado leyes secretas y aprobadas en tiempos de la guerra en Irak para vulnerar el derecho a la privacidad e inmiscuirse en las vidas de los ciudadanos, no sólo de EE.UU., sino también del mundo. Los gobiernos alrededor del globo han tenido una respuesta, a lo menos, floja, en relación a que los datos de ciudadanos de los cinco continentes están siendo examinados por la potencia norteamericana. Esto demuestra que, o los gobiernos están al tanto, o tienen programas similares (véase a Francia y lo que se reveló de sus programas de espionaje), o la impunidad de Estados Unidos es tan grande que nadie cuestiona que se inmiscuya en los asuntos de ciudadanos que no le corresponden.

Hace mucho tiempo, en el siglo XIX, durante el gobierno de Abraham Lincoln y la guerra de secesión, existió una medida similar: todas las comunicaciones telegráficas de EE.UU. se redirigieron al departamento de seguridad del gobierno y desde allí se orquestó la censura de medios, la detención de personas y se obtuvo información sensible que permitió terminar con la guerra. Eventualmente, el espionaje se hizo innecesario y dejaron de prestarle atención a lo que la gente se telegrafiaba. Hoy, tal como hace más de 100 años, en EE.UU. arguyen que es la guerra (hoy “contra el terrorismo y el narcotráfico”) lo que los motiva a generar este tipo de programas y que éstos han salvado vidas y evitado incidentes graves. El problema es que la guerra de secesión tuvo victoriosos y tuvo un final ¿Cuándo se acaba la guerra contra el terrorismo? ¿Existe realmente una guerra contra el narcotráfico?

Independientemente del negocio político, económico, social y cultural que significan las drogas para el poder, ambas son guerras inventadas. ¿Realmente existen terroristas? No es que los iraquíes, afganos y demás ciudadanos de países musulmanes odien a EE.UU. sólo porque tienen un mejor nivel de vida, o porque sean “razas” sedientas de sangre. EE.UU. lleva tiempo interviniendo política y económicamente su territorio, saqueando sus riquezas e instaurando regímenes totalitarios (historia conocida para nosotros en Latinoamérica). No es como para tenerles cariño y esperarlos con té y pan caliente. La guerra contra el terrorismo es funcional a los intereses económicos de EE.UU. y sus aliados, como también es una excusa para vulnerar derechos dentro de sus propias fronteras, una forma de control político. Por tanto, en este caso, la guerra durará tanto como sea útil obtener petróleo y minerales desde medio oriente, y tanto como les sea útil para justificar el presupuesto y facultades excesivos de las agencias de seguridad; es decir, indefinidamente.

Pero EE.UU. no es el único que se inventa y hace guerras para mantener su maquinaria de inteligencia funcionando. Chile también lo hace. No tenemos terroristas, pero tenemos delincuentes. La “seguridad ciudadana” viene siendo tema en las elecciones y los noticieros desde hace muchísimo tiempo. La guerra contra la delincuencia es otra guerra sin un enemigo fijo, sin un final visible. Si la delincuencia se derrota eliminando las desigualdades educativas, económicas y sociales que la sustentan, ¿por qué llenarnos de carabineros? ¿Por qué darle tanta ínfula a la PDI? Porque son organismos funcionales al control que El Poder quiere ejercer sobre los ciudadanos.

Hoy no es práctico sacar a los militares a la calle, sus trajes de camuflaje llaman demasiado la atención, pero los gobiernos de la Concertación (especialmente Bachelet) y ahora el de Piñera no tuvieron ni tienen problema alguno para enviar a carabineros y a la PDI con armamento de guerra a atormentar a los mapuche.  En las poblaciones hay carabineros con escopetas y metralletas custodiando ferias libres y esquinas, sin que la tasa de consumo de drogas y delitos violentos haya bajado en proporción al número de efectivos con armamento pesado, porque éstos cumplen una función política: hacer saber que existe un poder fáctico permanente.

Los encapuchados en marcha son otro negociado en términos de seguridad para el gobierno. Hay más de una historia circulando por ahí sobre encapuchados que llegan a las marchas en buses de la policía. Organizaciones de DD.HH. como los Observadores de Casa Memoria José Domingo Cañas han constatado que las tácticas de carabineros están orientadas a reprimir, marcar, torturar y horrorizar a los manifestantes, no a los encapuchados. ¿Cómo si no se puede asustar a una generación que no vivió las calamidades de la dictadura si no es enmascarando la represión como una forma de combatir gente antisocial?

Eso sí, hay que agradecerle a Snowden por mostrar al mundo lo que se hace en EE.UU., porque en Chile los archivos de la DINA y la CNI siguen en manos del ejército y la Agencia Nacional de Inteligencia, cuyas prácticas y objetivos también desconocemos. La ciudadanía no se lo cuestiona, y si se llegara a saber algo de las proporciones de lo que existe en EE.UU., no duden que se justificará con una “guerra contra algo”. El terrorismo, el narcotráfico, la delincuencia, los encapuchados no son el problema, el problema son las guerras del siglo XXI.

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Fuente de la imagen: El Ciudadano

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