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Marcha 14-J: Nuestra obligación es disentir

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Una democracia que funcione correctamente exige el vibrante enfrentamiento de las posiciones políticas democráticas. (…) Un excesivo énfasis en el consenso, unido al rechazo de la confrontación, conduce a la apatía y al distanciamiento respecto de la participación política”. (Chantal Mouffe, “La paradoja democrática")

La ciudad es nuestra. Sus calles nos pertenecen. Adquieren vida apenas imaginamos algo distinto y nuevo para ellas y nuestro futuro. El día del plebiscito de 1988 escribí que ese había sido uno de los momentos más felices de mi vida. Tenía 13 años y la sensación de un cambio profundo a partir de ese minuto. Creo que pasaron más de dos décadas hasta que encontré el cuaderno y leí lo que había escrito. Primero me reí, pero luego sentí una pena inmensa. La idea de país que supuestamente iba a surgir con el retorno de la democracia comenzó a quedar atrás. Se abrió otra ciudad y un país distinto al que imaginaba. El día que ganó Piñera sentí algo similar pero al revés. Algo cambiaría para siempre. Nuestro país había sufrido transformaciones tan radicales –y en algunos casos tan difíciles de asimilar- que la derecha volvía a gobernar. Los autos bajaban por Providencia con las bocinas fuertes, un poco perdidos hacia Plaza Italia, entre medio de escasos peatones en las calles. No dejaba de ser simbólico. ¿Qué vendría en los próximos meses y años? ¿Nos quedaríamos inmovilizados o disputaríamos la calle? ¿Qué era lo que en definitiva cambiaría? Si es que había dos almas en la derecha-así como en la Concertación-, ¿cuál de ellas primaría?

Vivir –sobrevivir o malvivir- con la derecha al mando del poder político ha provocado que nuestras aprensiones iniciales se hayan ido comprobando en los más domésticos aspectos de la vida. Bajo la nueva forma de gobernar, algunos sectores avivaron ese modo de ser apatronado y autoritario que nunca se fue del todo con la democracia, que estuvo como agazapado y reapareció con fuerza en su primer año en La Moneda. O que creció en estos veinte años por razones que debemos comenzar a descifrar muy pronto.

Mientras escuchábamos al Presidente referirse a la gente decente, transmitiendo un tipo de liderazgo que podía impulsar a que cualquier persona se sintiera con el derecho de calificar, condenar, enjuiciar y denunciar a quienes no lo eran, algo comenzó a hacer ruido. La cultura de la decencia, del orden, del siéntese con las piernas juntas y no hable muy fuerte, por favor, tomaba fuerza de diversas formas. Las caretas comenzaban a caer. Una derecha voraz  ya no matizaba sus argumentos y el temor a que nuestros derechos y libertades se restringieran se hacía más fuerte. Aunque es cierto que lo hizo desde la oposición durante 20 años, ahora sonaba distinto con el poder de La Moneda detrás. El más reciente ejemplo está en las declaraciones de Larraín, quien criticó la emisión de la serie “Los archivos del Cardenal” en TVN y dijo que “la izquierda es presentada como víctima, y eso es lo que le da pábulo para actuar en política con cierto sentido de superioridad".

Pero el año 2009, cuando la entonces presidenta Bachelet visitó la casa de Ana Frank en Amsterdam, el mismo Carlos Larraín señaló: “Ana Frank era una niña y fue perseguida sólo por haber nacido judía, tremendo pecado. Michelle Bachelet era mayor de edad y ya manifestaba opciones políticas antes de 1974. Su prisión fue abusiva, pero sobrevivió y prosperó”. (…) “Ella (la Presidenta) se refugió en Alemania Oriental y lo pasó bomba! Mientras los comunistas y los nazi andaban de la mano precisamente cuando se invadió Holanda, porque los comunistas y los nazi eran hijos de la misma perra”. 

Si bien hace dos años las palabras de Larraín fueron condenadas, quizás se necesitó más coraje en las interpelaciones. Y lo más importante: faltaron espacios para dar expresión a quienes criticamos la incapacidad de la derecha para reconocer sus responsabilidades en la dictadura. Lo de Larraín es sólo un ejemplo. Durante los veinte años de Concertación, el objetivo de proteger los consensos frenó y acalló las ideas y disensos más críticos y potentes. Hoy ya no parece una locura ni una demanda de sectores marginados proponer cambios profundos a nuestro sistema político o el fin al lucro en la educación. Sin embargo, hace apenas dos años atrás si nombrabas “Asamblea Constituyente” te convertías inmediatamente en una marciana o en un señor de ideas muy radicales o anticuadas. Porque durante 20 años estos sí fueran temas de discusión en algunos sectores de la ciudadanía. Muchas organizaciones de la sociedad civil impulsaron debates, generaron argumentos y propuestas, convocaron a foros y marchas para discutir sobre democracia y modelo de desarrollo.

En los últimos meses las calles comenzaron otra vez a ser tomadas por la ciudadanía y las marchas de los estudiantes también demostraron que los diversos grados de adormecimiento eran temporales. De pronto una cadena de eventos hizo que los jóvenes supuestamente despolitizados o con bajo interés en la política estén ahora movilizando a distintas generaciones. La demanda es claramente de corte estructural, pero también está detrás el sentimiento de haber sido estafados por un sistema educacional que con una alta escolaridad tiene deficiencias enormes. Y de alguna forma, quienes marchamos con ellos, además de pedir más derechos y libertades, más igualdad y más democracia, también nos sentimos estafados.

Eran demasiadas las conversaciones pendientes y la sed de habitar una esfera pública vibrante. Después del autoritarismo, la discusión fue interrumpida, silenciada o marginada. Hoy es un deber estar atentos a las señales, hacer memoria, contestar y dejar de estar de acuerdo de una vez por todas. Nuestra obligación es disentir. Marchas como las de hoy son una gran oportunidad.

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Foto: Kena Lorenzini

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