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Me invitaron hace un tiempo a escribir una “entrada” sobre desarrollo y ciudadanía.  Terminé mi encargo pocas horas antes de que el terremoto del 27 de febrero me obligase a revisitar todo lo escrito a la luz de la “nueva realidad”.  La tesis original soportó el remezón: no basta con alcanzar el PIB de Portugal, pues si eso no ocurre  en un marco de equidad, integración y participación ciudadana, ni 100 mil USD per capita nos harán un país desarrollado.  Esta claro para todos a estas alturas que el PIB per capita no implica desarrollo para todos pues es un promedio y no una medida de dispersión que refleje equidad en la distribución.

En cuanto al significado de ciudadanía, reconocería tres visiones distintas.  Esencialmente, una liberal basada en los derechos de cada cual frente al Estado y a los otros; una republicana centrada en la participación cívica en las decisiones públicas;  y una comunitarista fundada sobre el sentido de pertenencia y  búsqueda del bien colectivo .  Aunque es un avance que se esté incorporando una dimensión de garantías sociales y económicas a la definición de ciudadanía, otros nos recuerdan –acertadamente a mi parecer- que los derechos son inviables sin una contrapartida de obligaciones de los ciudadanos hacia su comunidad.  Es el principio del contrato social.

Me parece que estas distintas dimensiones necesitan ser re-visitadas  para un debate verdadero sobre las metas de desarrollo en Chile y qué  acciones es posible emprender en ese sentido. El reciente terremoto nos ofrece, dentro de todo, una oportunidad de hacerlo. 
Es cierto que los derechos civiles se han ampliado sideralmente desde aquellos días aciagos en que incluso los más fundamentales no estaban garantizados.  Pero, más allá de defender y promocionar aquellos que ya están –aunque débilmente- instalados en el debate (derechos de las minorías sexuales, libertad reproductiva, identidad cultural de las comunidades indígenas, etc), ¿como haremos para integrar otros que hoy cobran importancia? Pienso en la protección de los ciudadanos ante los conflictos de intereses de las autoridades públicas  (intendentes dueños de constructoras) y la exigibilidad de las obligaciones del Estado (alertar eficazmente un maremoto, por ejemplo).  Un ciudadano desprotegido frente a los “grandes” no puede acceder al desarrollo. Como garantizar esa protección desde la sociedad civil. ¿Es posible ahora revertir la desarticulación progresiva de la asociatividad civil de los últimos 20 años?

La dimensión republicana (elegir, ser electo, participar de las decisiones) pareciera que –a menos que el Diablo meta la cola- también va a sufrir un remezón importante con la nueva ley de inscripción automática y los dos millones de personas que vendrán a rejuvenecer el padrón electoral. Si eso se traduce en mayor participación o bien en un simple aumento de la abstención está por verse, pero la oferta y el elenco tendrán que cambiar para apelar a un electorado más diverso. ¿Cómo hacemos entonces de la Polis un lugar atractivo para las nuevas cohortes de ciudadanos? Será necesario partir por entender sus códigos mas allá de las caricaturas facilistas.   Y en esto  el terremoto también tendrá sus efectos.  Mas allá de las palabras de buena crianza dichas en campaña, buena idea hablar en serio de descentralización. ¿Podemos decidir donde y como se refunda Iloca o Puertecillo sin incorporar a sus habitantes? ¿Cómo competirán las colectividades locales por una atención   y unos  recursos limitados? ¿Habrá en el futuro la misma cándida indiferencia ciudadana al lobby realizado durante los últimos años por altos funcionarios públicos y dirigentes políticos para que en Chile se instalen plantas nucleares? Y desde el lado de la política: ¿Existe voluntad de los dirigentes de jugarse capital político (del poco que va quedando) para potenciar una descentralización efectiva?¿Algún dirigente de primera línea interesado en ser candidato a  Alcalde de Concepción? 

Es posiblemente en  la  vinculación con la comunidad y la búsqueda del bien común que esto nos deje las lecciones más dolorosas.  Por algunos  días, dio la impresión de que en Chile el contrato social fue declarado caduco. Grupos marginales y minoritarios -pero incuestionablemente reales- realizaron saqueos en las ciudades mas afectadas, sembrando temor, incredulidad e indignación entre la población.  Otros tantos no ocultaron que la ejecución sumaria les parecía una retribución justa ante dichos actos.  Una parte de la prensa (ni marginal ni minoritaria) inició una irresponsable lucha  por el rating sobre la base de información parcial, inexacta y efectista. Aparecieron falencias en la gestión de áreas críticas dejadas a la empresa privada (infraestructura vial, energía, telecomunicaciones). El gobierno demoró en asumir que parte del contrato social es que el monopolio de la violencia lo ejerce el estado. Las Fuerzas Armadas relativizaron la subordinación a las autoridades civiles polemizando vergonzosamente en tiempo de catástrofe. ¿Qué tipo de desarrollo nos permitirá volver a reforzar ese contrato, garantizando  libertades, justicia, pertenencia y un piso de bienestar social para una vida digna,  a cambio de un ciudadano que contribuye activamente a que esa comunidad funcione?

En lo personal, prefiero ver la mitad llena del vaso: tenemos en Chile un enorme capital social dormido.  El de la solidaridad cotidiana del vecindario. El de la abrumadora  mayoría que en situaciones extremas no viola la ley.  El de los que salvaron vidas arriesgando la propia.  El de una multitud  de voluntarios  y donantes que no esperan un show televisado para contribuir a paliar el dolor de otros.  El de miles de ciudadanos que utilizan creativamente las redes sociales para hacer circular información relevante cuando los canales tradicionales no dan el ancho.

Construir un desarrollo mas integrador desde ese capital social, obliga a pensar en otras formas de reforzar las distintas dimensiones de la ciudadanía ¿Como hacemos florecer ese voluntariado de manera más orgánica y menos esporádica? Habría que mirar quizá a países como Canadá, en que este  representa una parte importante de la fuerza productiva y es premiado en la vida laboral, política y estudiantil. ¿Cómo hacemos un uso mas inteligente de las redes sociales para promover la participación? La campaña de Obama pareciera haber sido un ejemplo paradigmático del que hemos aprendido muy poco . ¿Algún partido interesado en debatir a través de la web 2.0 –seriamente, profesionalmente, fuera del periodo de campaña- con sus electores y simpatizantes sobre las iniciativas, ideas y proyectos que defenderá? ¿Mucho pedir?
 

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Foto: http://www.flickr.com/photos/alagos/4407928777/